A pesar de los 13.000 policías movilizados, los 40.000 registros domiciliarios y los 72.000 controles de carretera, la cárcel de Moro nunca fue hallada. El 9 de mayo, la indignación moral de los italianos colmó el vaso cuando su cadáver fue encontrado en el maletero de un coche abandonado en el centro de Roma, a pocos metros de la sede de la Democracia Cristiana. El cautiverio de Moro había durado 55 días. Las detenciones de los brigadistas se produjeron entre 1979 y 1981. Desde entonces, ha habido cinco procesos y 127 condenas –27 a cadena perpetua–, pero el misterio persiste. Ninguno de los nueve miembros del comando sigue preso, ni siquiera Mario Moretti, entonces jefe de la banda terrorista y autor material del asesinato. La mayoría se ha beneficiado de la reducción de condena, algunos sólo van a dormir a prisión y otros están en libertad.
Las Brigadas Rojas pretendían utilizar a Moro como prenda de trueque para liberar a sus correligionarios en prisión, pero el Gobierno se negó a negociar. Nunca se ha sabido exactamente dónde estuvo encerrado (al parecer, en la parte baja del barrio judío), pero un confidente apuntó que la central roma na de las Brigadas Rojas estaba en el número 96 de via Gradoli. La policía registró todos los pisos del edificio, excepto el que ocupaban los terroristas: después de llamar varias veces al timbre, “nadie respondió”.
En 1992, la comisión parlamentaria que investigaba el caso denunció la desaparición de toda la documentación existente en el Ministerio del Interior. Muchos sugieren que Moro, con su talante aperturista, se había ganada la enemistad de la derecha de su propio partido. Y no faltan acusaciones contra Francesco Cossiga, titular de Interior cuando se produjo el secuestro y asesinato de Moro, como las vertidas por el ex diputado comunista Sergio Flamigni en su libro “Los fantasmas del pasado”, donde señala las implicaciones del ex presidente en la creación en los años 50 de Gladio, una fuerza de asalto contrarrevolucionaria que participó en acciones terroristas de la extrema derecha. ¿Saldrá algún día a la luz todo lo que oculta el caso Aldo Moro? William Colby, ex di rector de la CIA en Italia y después director general de la agencia, escribe en “Mi vida en la CIA”: “Italia ha sido el mayor laboratorio de manipulación política clandestina. Mu chas operaciones han sido inspiradas en la experiencia acumulada en este país”.
Johannes Kramer, en uniforme del Bundeswehr, con su hijo Andreas y una de las dos hermanas de éste, a los 7 años de edad
Andreas Kramer podría ser un personaje de John le Carré. Este hombre de 48 años, sensible, historiador interesado en Bizancio y de hablar un tanto atropellado, ha jurado este mes ante un tribunal de Luxemburgo que su padre, Johannes Kramer, un oficial de los servicios secretos alemanes (BND) que trabajaba para los grupos terroristas de la OTAN (Gladio-stay Behind), fue el autor no solo de la mayoría de los 24 atentados con bomba registrados en el Gran Ducado entre 1984 y 1985, sino también del más mortífero atentado terrorista de la Alemania de posguerra: el de la Oktoberfest de Munich, el 26 de septiembre de 1980, con 13 muertos y 213 heridos, una carnicería nunca aclarada con niños entre las víctimas y muchos miembros amputados. Esta información ha causado revuelo en Luxemburgo, en lo que se conoce como el “juicio del siglo”, pero no en Alemania. Ningún juez alemán se ha interesado por el asunto, ni ha llamado a declarar a Kramer. Nadie le ha acusado de mentir, ni de ser un charlatán. Ningún medio de comunicación importante se ha hecho eco. Según Kramer, su padre era oficial de coordinación de Gladio-Stay Behind y tenía el encargo de la ACC (Allied Clandestine Commission) de la OTAN de preparar un atentado. Para eso necesitaba utilizar a otros, gente a la que embarcar como autores. Mi padre los llamaba “tontos útiles”. Mi padre tenía contacto con círculos de extrema derecha e implicó al “Grupo deportivo militar Hoffmann” (la banda neonazi Wehrsportgruppe Hoffmann) en el asunto. Mi padre contactó con Karl-Heinz Hoffmann como camarada, los dos eran de 1937, y se ofreció a ayudarle en su guerra contra la República Federal Alemana. El grupo de Hoffmann estaba a punto de ser ilegalizado. También conocía a Gundolf Köhler (autor del atentado de Munich y único culpable indentificado, fallecido al estallar la bomba) desde la época del Das Kommando, un periódico que editaba el grupo. En una edición de los setenta se ve a Köhler con un casco nazi. Mi padre decía que Köhler era el tipo ideal y que daba igual si moría. No se identificó como agente de la OTAN porque si Hoffmann lo hubiera sabido le habría mandado a sus matones contra él. "Mi padre creó un equipo con dos oficiales del BND, cuyos nombres no voy a dar, además de Köhler y Naumann, y confeccionaron la bomba en un garaje de Donaueschingen. Mi padre era el principal porque era especialista en explosivos. La bomba tenía que ser fácilmente manipulable y verosímil, en el sentido de que se creyese que gente como Köhler la hubiese podido fabricar. Construyeron varias, hicieron pruebas. Tardaron año y medio. El detonador vino de Uelzen, el explosivo de la Naval Weapons Station de Den Helder (Holanda) y fue entregado por el servicio secreto holandés, donde mi padre tenía contactos con oficiales del Gladio-Stay Behind. Ellos trajeron el explosivo junto con el extintor que se usó. El extintor venía de Inglaterra, era material del MI-6 de los años cincuenta. El explosivo fue transportado en coches particulares, incluido el de mi familia, matrícula BN-AE 500, hasta Donauschingen. Mi padre me informó a lo largo de año y medio de los preparativos. El día del atentado, cuando salió la noticia por la tele, mi padre estaba ante el televisor con nosotros y dijo, “yo no quería eso”. Salimos de la sala, fuimos a otra habitación a hablar, le dije, “¿por qué lo hiciste?”. “Déjame en paz”, me respondió. Estuvo dos días sin hablar."Cuando España entró en la OTAN en 1982, el servicio secreto militar español CESID (Centro Superior de Informacion de la Defensa) estaba integrado en el Comité Aliado Clandestino (ACC), que fue una rama secreta de la OTAN, donde los comandantes nacionales se reunían “stay-behind” (“a espaldas”, término utilizado en inglés para operaciones o actuaciones secretas) periódicamente. Cuando sin embargo, en 1990 la red de Gladio se descubrió, el CESID dijo al ministro de Defensa Narcís Serra que nunca existió un ejército secreto “stay-behind” en España y que no había vínculos con la OTAN. Esto no era cierto, pero Serra presenta esta historia en el parlamento español y el director general del CESID, Alonso Manglano, se negó a responder a cualquier pregunta. Hasta hoy nunca ha habido una investigación exhaustiva sobre la historia y estructura de los agentes españoles implicados en este tipo de actividades. Algunos parlamentarios, entre ellos Antonio Romero de IU, trató de arrojar algo de luz sobre el tema e hicieron preguntas en el parlamento, pero no tuvieron éxito.