Hoy el cursor parpadea como un reproche. He pasado treinta minutos frente a la pantalla y lo único que he logrado es notar que el polvo se acumula en las teclas. El bloqueo creativo no es la ausencia de ideas, sino un exceso de ruido que impide que la voz propia baje a las manos. Se siente como intentar sintonizar una radio antigua en medio de una tormenta en donde hay estática, fragmentos de frases que no terminan de armarse y esa urgencia de decir algo “importante” que termina por asfixiar lo que realmente es genuino.
Escribo esto no para producir, sino para atestiguar. A veces, la escritura tiene que ser un acto de fe, un movimiento de tierra donde no buscamos diamantes, sino simplemente recordar cómo se siente el peso del lápiz o el tacto del teclado. Para entender este vacío, siempre vuelvo a Lispector. Ella entendía que el lenguaje tiene límites y que, a veces, la verdad habita en lo que no se puede decir. En una de sus crónicas, Clarice mencionaba: “Escribo como si fuera a salvar la vida de alguien. Tal vez la mía propia.”
Pero para salvarse a través de la escritura, primero hay que aceptar el naufragio. Lispector no temía a la “no-palabra”; ella sabía que el bloqueo es, en realidad, el proceso de maduración de una idea que aún no está lista para ser tocada. El bloqueo es el derecho a no ser una máquina de producción constante. Quizás el error está en exigirle a la página que siempre esté llena, como si el vacío no fuera también una forma de presencia. Hoy decido hacer los términos de paz con este silencio. Si las palabras no quieren salir a la luz, me quedaré aquí, sosteniendo el cuaderno, esperando a que se sientan lo suficientemente seguras para regresar. Después de todo, escribir también es saber mirar el espacio en blanco sin salir corriendo.
Miró mis manos y me pregunto en qué momento empecé a exigirles genialidad en lugar de honestidad. Recordé que escribía por el puro placer sin juzgar el resultado, sin este miedo sordo a no ser lo suficientemente profundo. Quizás este silencio de hoy no es un castigo, sino una tregua que mi propio cuerpo me pide; un recordatorio de que no soy un canal inagotable, sino alguien que también necesita llenarse de mundo antes de poder volcarlo en palabras. Me permito, por fin, soltar los hombros y respirar en este cuarto lleno de cosas.
Nos leemos cuando la marea vuelva a subir.