Si pensamos en los dioses como seres idolatrados por multitudes, perfectos (al menos en la visión de la multitudes) e intocables, entonces Solari es un dios. Con minúscula, porque su endiosamiento no quita que sea un hombre. Un músico. Un cantante, si vamos sacando capas de la cebolla.
Solari cuenta desde siempre con dos grandes ventajas: su voz y sus letras. Es innecesario aclarar por qué, simplemente es así. A partir de estas dos virtudes, a veces parece que en sus canciones ya arranca con el marcador a favor. Nos sirve de ejemplo escucharlo en canciones ajenas. Aun cuando la canción no es gran cosa, apenas escuchamos su garganta cascada el tema sube 10 puntos.
A lo que voy: no se si las canciones de Solari (hablando particularmente de su ultimo disco, El Perfume de la Tempestad) serían gran cosa si no fuera por los dos ases que tiene bajo la manga. Porque el sonido rockero se vuelve predecible, los solos repiten lo que ya estaba dicho, y entre una canción y otra no parece haber mucha diferencia.
Seguramente el ricotero ortodoxo querrá crucificarme por bastardear a su dios. Pero creo que es un gesto sano escuchar la palabra de ese dios y analizarla un poco, sin dejarse llevar por los gritos ensordecedores (en todo sentido) de sus fieles.
Cambiando de pivot, sé que quedarme en la crítica sería una tontera de mi parte, siempre es bueno rescatar lo valioso. Y lo más valioso que encontré en el disco fue Submarino Soluble. Melodía extraña, ritmo intrincado, y el relato en primera persona de un... capitán? comandante? astronauta? piloteando una nave fuera de control, desesperado frente al encierro, la soledad y la certeza segura de estar volando hacia la nada. Cualquier similitud con la realidad...