Después, en un banco del parque vi a una chica enfrascada en la lectura de un libro, relajada, ajena a cuanto ocurría a su alrededor. Siempre que veo a alguien concentrado en la lectura me produce una sensación de placidez, de envidia sana. Me trae a la memoria momentos impagables en los que yo también me he zambullido en una historia y me he olvidado del mundo. Algo parecido a lo que me ocurre cuando escribo, aunque sin esa tensión, entre el placer y la angustia, que produce escribir una novela.
Es paradójico que cuando más inmersa estoy en el mundo literario no me quede tiempo para disfrutar de la lectura...
Así que he decidido que tengo que ponerle remedio a esto y será uno de mis propósitos para el año próximo: reorganizarme, reservarme un tiempo para mi, darme permiso para disfrutar de uno de mis mayores placeres, precisamente el que me llevó a escribir.