Y con la maestría de la izquierda occidental a la hora de manejar las mentes “colectivas”, se van forjando los preparativos para la siguiente fase, la que acabamos de pisar. La desvergüenza se da cuando se llega al más descarado nepotismo y el favoritismo o directamente el espionaje al servicio del partido alcanza a la cima de los mecanismos correctores de las desviaciones inevitables en toda comunidad humana. El poder se mueve entonces entre el abuso y la desesperación. Sabe que se encuentra en terreno pantanoso y que las arenas movedizas se lo pueden tragar si no eleva su apuesta al máximo. Y es lo que está haciendo entre nosotros. Por otra parte, y si nos desplazamos al terreno siempre pedagógico de la historia, es lo que este sector ha hecho toda la vida: crear la sensación, bien arraigada, de que ellos y sólo ellos tienen la razón y la justicia de su parte, lo cual les autoriza para llegar hasta donde les apetezca. La desvergüenza.
Sin embargo, como señalaba Churchill en otro terreno en realidad paralelo a éste, el de la guerra, primero se aferraron al poder a toda costa sin perder del todo la dignidad¸ después se quedaron sin lo que les quedaba de esta cualidad con tal de retener y ampliar el poder. Y puede que finalmente se queden sin ambos, el poder y la vergüenza, descabalgados del primero por su dependencia de los rastreros del 3 por ciento o de los tiros en la nuca y la bomba en el pecho y de la segunda por razones obvias relacionadas directamente con aquél. Si no es así, si el futuro de España está escrito con letras de sangre y corrupción irremediables, en un mundo que parece despertar al sentido común y la decencia, tendremos una nación sumida, otra vez, en el abismo.
Ángel Pérez Guerra