El pollo de goma y La letra escarlata

Publicado el 18 septiembre 2026 por Nerysantosgomez

Hace poco visité en Indiana, Estados Unidos, una fábrica de caravanas (motorhomes). Mientras recorríamos las distintas estaciones de trabajo —electricidad, carpintería, fontanería, montaje—, nuestro guía sonrió al ver sobre una mesa una curiosa figura: un pollo desplumado de goma. Nos explicó que, cuando alguno de los trabajadores cometía un error, recibía el pollo y debía cargar con él hasta que otro compañero se equivocara y heredara la peculiar mascota. Todos reímos. Era una broma laboral destinada a recordar los fallos sin convertirlos en tragedia. Sin embargo, mientras continuábamos la visita, pensé que aquel mecanismo tenía algo antiquísimo: la necesidad humana de hacer visible la falta.

Recordé enseguida The Scarlet Letter, de Nathaniel Hawthorne, y a Hester Prynne obligada a llevar sobre el pecho la letra «A» que anunciaba públicamente su adulterio. No bastaba con imponerle un castigo por lo ocurrido; había que prolongarlo mediante una señal que la acompañara ante los ojos de todos. La diferencia parece pequeña, pero es enorme: ya no era una mujer que había cometido adulterio, sino «la adúltera». El acto terminaba convertido en identidad.

En España conocemos bien este mecanismo. Todavía decimos «colgarle a alguien un sambenito» cuando una persona recibe una fama o una acusación de la que resulta difícil desprenderse. El origen de la expresión fue literal: el sambenito estuvo asociado a las penitencias públicas de la Inquisición y convertía la culpa en algo visible. Siglos después desaparecieron aquellas vestimentas, pero no necesariamente nuestra inclinación a marcar al otro. El Cobrador del Frac ofreció una versión contemporánea y casi teatral del mismo principio: una deuda privada podía hacerse socialmente reconocible mediante la presencia de un personaje inconfundible junto al deudor. En algunos países latinoamericanos existen incluso cobradores disfrazados de animales o figuras estridentes que buscan precisamente provocar vergüenza pública.

Las sociedades modernas han establecido límites para proteger la intimidad, el honor y la dignidad, pero seguimos inventando formas menos visibles de la letra escarlata. Marcamos al divorciado, al inmigrante, al desempleado, al que estuvo en prisión, al que cayó en bancarrota, al alumno que fracasó alguna vez. Muchas veces la falta queda atrás, pero la etiqueta permanece.

Y volví a pensar en aquel pollo de goma. También él convertía un error en una marca visible, aunque fuera dentro del juego y por un tiempo limitado. Tal vez la diferencia más importante estaba precisamente allí: el pollo cambiaba de manos. Nadie podía apropiarse para siempre del papel del que se equivoca, porque tarde o temprano otro fallaría. Quizá esa sea la reflexión que vale la pena conservar: todos podemos cargar alguna vez con la marca del error; lo injusto comienza cuando dejamos de ver a la persona y solo vemos la marca.