Pedro Sánchez encarna hoy, de forma casi profética, esa advertencia maquiavélica. El presidente del Gobierno español es pitado, abucheado e insultado en cada acto público al que acude. Ya no se trata de protestas puntuales: es un rechazo creciente, profundo y transversal de una parte mayoritaria de la sociedad española, que lo ve como un líder sin credibilidad y, sobre todo, despreciable.
Sánchez llegó al poder prometiendo regeneración democrática, honestidad y estabilidad, pero ha entregado lo contrario: un rosario interminable de mentiras y dosis insoportables de corrupción y bajeza moral.
Prometió no pactar con Bildu ni con independentistas y lo hizo. Juró que no indultaría a los condenados por el procés y los indultó. Aseguró que la amnistía era inconstitucional y la impulsó. Dijo que España era un ejemplo de convivencia y ha fracturado la nación como nunca en democracia.
El pueblo no olvida. Recuerda cómo Sánchez convirtió la mentira en método de gobierno. Y ese recuerdo se traduce en pitidos ensordecedores cuando aparece en un desfile, en una visita a una ciudad o en cualquier espacio abierto.
Peor que las mentiras son las traiciones. Sánchez ha traicionado a su propio partido (devorando a rivales internos sin piedad), a sus votantes tradicionales (entregando el poder a quienes quieren romper España) y al interés general del país. Ha gobernado de espaldas a la mayoría, sustentado en socios separatistas, filoetarras y populistas radicales que exigen precio cada vez más alto: más cesiones, más impunidad, más división.
A esto se suman las suciedades: escándalos de corrupción que salpican a su entorno familiar y político, investigaciones judiciales, enchufes, tramas y un partido que parece más preocupado por blindarse que por servir a España.
Mientras el PSOE encadena derrotas electorales en regiones clave —Andalucía, Extremadura, Aragón, Castilla y León—, Sánchez se aferra al sillón con uñas y dientes, negando la realidad y hablando de “estabilidad” cuando lo que ofrece es parálisis y degradación.
Hasta sus antiguos aliados empiezan a ver en Sánchez un lastre electoral insoportable.
El pueblo español ha empezado a reaccionar. Lo abuchea en la calle, lo castiga en las urnas regionales y lo rechaza en las encuestas. Es la consecuencia lógica de años de arrogancia, de tratar a los españoles como súbditos, de anteponer su poder personal a la nación.
Sánchez ha cometido el pecado mortal del príncipe: hacerse despreciable. No por debilidad, sino por soberbia. Ha elegido el camino de la astucia barata, la manipulación permanente y la traición calculada.
Y el pueblo, que soporta mucho, acaba por despreciar a quien lo toma por idiota.
Como decía Maquiavelo, un príncipe puede sobrevivir al odio si mantiene el respeto. Pero cuando cae en el desprecio, su fin está cerca.
Francisco Rubiales
