Conozco a muchos socialistas que pierden los nervios y sienten vergüenza cuando les hacer ver que su partido es aliado de miserables como Otegui, Puigdemont y Quim Torra. Se les ve incómodos en esa posición y libran en su interior una dura batalla moral para decidir si siguen apoyando a su partido, a pesar de sus vilezas y traiciones, o si se quedan en sus casas o votan en blanco o nulo para no colaborar con el baño de suciedad que el socialismo español está preparando para que el ambicioso Sánchez y su equipo sin escrúpulos sigan en la Moncloa.
De hecho, el cambio de rumbo del PSOE y sus nuevas alianzas con los que odian a España es el hecho político más relevante y peligroso de lo que va del siglo XXI en España, más que el fin del bipartidismo, el nacimiento de nuevas opciones políticas como VOX y Podemos y la expansión de la más feroz de las corrupciones por los partidos e instituciones públicas.
Hay quien dice que el PSOE nunca ha amado a España como lo demuestran hechos históricos tan duros como su elevado protagonismo y culpa en el estallido de la guerra civil de 1936 y el robo masivo del oro del Banco de España, enviado a Moscú durante la guerra, que dejó a España sin fondos y en la ruina.
Pero la imagen de los socialistas, forjada gracias a su eficaz aparato de propaganda, siempre ha sido la de un partido español y fiel a la Constitución y a las leyes, valores que ahora se tambalean cuando la sociedad española contempla, en vivo y en directo, las alianzas de Pedro Sánchez para gobernar con lo más traicionero y desleal a España y con la parte más podrida por el odio.
A muchos analistas y cultivadores del pensamiento político nos consta que hay miles de socialistas agazapados, entre ellos muchos barones y próceres del pasado, en espera de que Pedro Sánchez fracase, para saltarle al cuello y defenestrarlo de nuevo y para siempre, reconduciendo los restos del socialismo español hacia el constitucionalismo, el amor a la nación y la decencia, valores y conductas que nunca se debieron abandonar.
El camino equivocado del socialismo español fue lo más relevante del debate, una contienda de cuatro gallos en la que Albert Rivera fue el más hábil y brillante y Pedro Sánchez el más triste y torpe. Las conclusiones surgen fáciles: ninguno merece el voto, pero mejor votar a los que prometen bajar los impuestos y ampliar las libertades ciudadanas (PP y Ciudadanos) que a los que pretenden gastar más y freírnos con excesivo poder e impuestos abusivos que ahuyentan la felicidad y la riqueza.
Francisco Rubiales