Hace años un roble crecía imponente en la soleada ladera de un monte. A lo largo de ella, varias fuentes daban vida a toda la vegetación de la zona. Un tupido carrascal le protegía de la amenaza del hacha y había conseguido vivir más de mil años.
Cuando las cosas iban bien y estaba perfectamente unido al resto de flora y fauna de la zona, decidió que era el momento de probar otras aguas. Primero poco a poco y después de manera descarada, fue viviendo su vida por su cuenta, y acercando sus raíces a las desconocidas fuentes de la otra cara de la montaña. Fuentes de las que nadie antes había bebido, porque su composición era brutalmente salina.
Su voluntad había concluido que era bueno lo que a él le apetecía y que estaba cansado de vivir en aquel grupo, y por tanto estaba dispuesto a romper la tradición y a ser el orgullo del mundo.
Las raíces entraron golosas en la fuente salada, y el veneno entró en su savia que lo extendió hasta la última rama. En un año, el roble milenario, orgullo del la montaña se secó. Ennegrecido, quemado por la sal, su tronco enorme, sin hojas ni frutos, yace seco en su soberbia.
Y es que adentrarse en aventuras en solitario no suele traer buenos resultados. Solos no vamos ni a la esquina. Juntos, somos más fuertes.