El soldado Theodore Irvine

Por José Angel Barrueco

Al principio solo parecía una herida cutánea de poca importancia, pero se resistía a curarse y al final la infección llegó hasta el hueso. De manera que me amputaron el pie, esperando frenar así la infección, y durante un tiempo creí haberlo conseguido. Poco después, todavía lleno de esperanza, el hueso volvió a pudrirse de nuevo e hizo falta una segunda operación. Y la situación siguió empeorando; nada era capaz de impedir que se pudriera el hueso. Al cabo de seis años, me habían cortado la pierna, loncha a loncha, hasta la rodilla. Dije: “¡Cuando me desarticulen los huesos de la rodilla, dejará de pudrirse!”. Pero la gangrena continuó subiendo por encima de la articulación hacia el muslo y los médicos siguieron serrando detrás de ella.Durante diez años he vivido como un pedazo de ternera en el tajo de un carnicero. A estas alturas ya ni recuerdo cómo es la vida sin dolor. A todo el mundo le maravilla mi buena voluntad para soportar el martirio que sufro a todas horas. Mi madre y mi esposa ya no soportan ver cómo padezco. Ni siquiera los médicos son capaces de aguantarlo: van dejando sobredosis de morfina cerca de mi cama, una insinuación muda que me niego a captar.Nunca me curaré, pero pienso vivir todo el tiempo que pueda. Con solo estar aquí tumbado, respirando, consciente de la vida que me rodea, tengo suficiente. Con solo ver cómo se mueven mis manos y contemplarlas, mientras pienso: “¿Lo ves? Estoy vivo. Muevo las manos”, tengo suficiente. Voy a vivir todo el tiempo que pueda y lucharé por el último suspiro que dé. ¡Mejor sufrir los dolores más extremos del infierno que conseguir la libertad en la nada!
William March, Compañía K