Con un debut tan sorprendente como el que tuvo su director, Paul Wendkos, aquella "The burglar" de 1956, y otro policiaco muy notable rodado a continuación, "The case against Brooklyn", lo lógico es que hubiese tenido un lugar entre los realizadores importantes de la década siguiente, pero en lugar de ello su nombre pasa a posiciones secundarias en cuanto arrancan los años 60 y ahí se ha quedado para siempre. Un western poco visto, "Face of a fugitive", algunas películas juveniles o un nuevo bélico ("Battle of the coral sea") son casi los últimos momentos de continuidad que le quedarán antes de afianzarse definitivamente en las series de televisión.
Poco misterio hay en la falta de inspiración, en el desánimo prematuro o en las elecciones cómodas de un director por grande que sea su talento, pero no deja de ser una coincidencia inquietante que "Tarawa beachhead" en 1958 no recibiese apoyo alguno de la US Marine Corps, disgustase profundamente a los directivos de la Columbia y se llevase también casi por delante la carrera de su guionista Richard Alan Simmons, que al menos pudo volver a brillar cuando firmó el libreto de la fabulosa "The trap" de Norman Panama en 1959.
Sólo Godard que yo sepa se atrevió en su día no sólo a alabar el film, también a "incluirlo" en su "Les carabiniers", rimando con los suyos a este muerto insignificante que escupe el mar y con sus absurdos a este valeroso teniente que vuela por los aires nidos de ametralladoras y contribuye más que nadie a ganar la guerra sin dejar de ser un maniaco. La misma decencia aplicada al mayor de los malentendidos humanos y la misma farsa improvisada que eleva a categoría heroica a la monótona hazaña de matar o morir.
Wendkos no se afanará en mirar a una justicia "superior" y combinará la historia con otra amorosa - y con ribetes de thriller hitchcokiano - involucrando a la viuda (interpretada por Julie Adams), preocupándose sólo de controlar el incendio provocado por el episodio de la ejecución repugnante del soldado, cuando los hechos lo demanden, más bien haciendo entender a quien enarbola la venganza cómo son las cosas que escenificando arrepentimiento o castigo hacia el asesino, un poco como hubiese hecho un cineasta tan valiente como para arriesgar así su carrera nada más empezarla, Cy Endfield.
El espacio que queda en medio, rellenado abusivamente por permisos en que hombres que han estado sometidos a atroces condiciones, salen de divertida borrachera o hasta encuentran el amor, al menos está aquí cargado de tensión y no regresa luminosamente para descanso y reconciliación.
En su lugar tenemos un momento extraordinario. Brady, ido, sale del refugio a cumplir una misión aún más suicida ante el asombro de su presunto juez, que contempla su acción de nuevo como compañero, temiendo por su vida.