Feminizar a los hombres. Masculinizar a las mujeres. Sexualizar a los niños. Confundir la identidad. Destruir la familia tradicional. Apartarnos De Dios. Convivir con la corrupción. Promover la invasión de ilegales. Medicar emociones. Inundarnos con distracciones. Eliminar libertades y derechos.
Esto no es progreso es decadencia.
¡Basta ya de romanticismos baratos y mentiras piadosas! El anticomunismo es avance, es decencia, es la única forma de avanzar hacia sociedades donde la dignidad no sea un lujo para unos pocos y un suplicio para las masas. Quien lo defienda con uñas y dientes no es un reaccionario: es un patriota de la libertad que se niega a repetir los horrores del siglo XX.
¡Qué vergüenza, qué indignación infinita provoca recordar el error criminal que se cometió al final de la Segunda Guerra Mundial! Los países más justos y decentes del planeta, aquellos que hoy prohíben el comunismo sin titubeos, están corrigiendo la cobardía histórica de Occidente. Porque el comunismo fue infinitamente más asesino que el nazismo: decenas de millones de muertos en gulags, hambrunas provocadas, purgas y campos de exterminio que el nazismo nunca igualó en escala ni en duración.
En nazismo tuvo su condena en el juicio de Núremberg, pero el comunismo no fue condenado. ¿Por qué? Porque el miedo a la Rusia de Stalin paralizó a los aliados, que prefirieron mirar hacia otro lado, mientras el monstruo rojo se tragaba naciones enteras. ¡Inaceptable!
Esa omisión fue una traición a las víctimas y a la verdad, y hoy los valientes que lo prohíben están cerrando con justicia esa herida abierta.
Países que han sufrido en carne propia el yugo comunista, como Ucrania, Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, República Checa, Hungría, Rumanía y Georgia, han tenido el coraje moral de prohibir el comunismo, sus símbolos, su propaganda y sus partidos, declarando ilegal esa ideología asesina que les robó generaciones enteras.
En Asia, Indonesia mantiene desde hace décadas una prohibición férrea contra toda expresión comunista, castigando su difusión con penas drásticas, mientras Corea del Sur blinda su libertad frente al monstruo comunista del Norte.
Prohibir el comunismo no es represión, es autodefensa civilizada, es el rechazo rotundo a una doctrina que ha demostrado que solo deja ruinas, hambre y fosas comunes. Los países decentes que lo hacen demuestran que la libertad vale más que cualquier utopía sangrienta, y que quien ama la justicia no puede tolerar la existencia legal de una ideología que esclaviza y mata en nombre de la “igualdad”.
El verdadero progreso no se mide en promesas utópicas ni en puños en alto o banderas rojas ondeando sobre ruinas. Se mide en la valentía de combatir la tiranía dondequiera que se esconda, sea roja, marrón o del color que sea.
¡Basta de hipocresía! Luchar contra el comunismo y su hermano camuflado, el socialismo, no es odio, es defensa de la vida misma. Es entender que toda dictadura, por muy disfrazada de “igualdad” que venga, termina en miseria, opresión y tumbas anónimas.
El anticomunismo es la única bandera que merece ondear con orgullo en este siglo, porque significa rechazar la esclavitud disfrazada de paraíso.
Francisco Rubiales