Recuerdo cuando aún no era ni parque, solo un descampado con montones de arena que teníamos que atravesar para ir a la piscina cargados con la tortilla de patatas, la sandía, y el biberón de mi hermana.
Pronto llegaron los árboles, el césped, los columpios... mis primos nos llevaban a los cuatro canijos los domingos por la mañana vestidos con nuestras mejores galas, es decir, el traje de los domingos.
Cuantas volteretas en el aire ayudada por los barrotes del tobogán grande, me creía una gimnasta: "¡mira mama, mira lo que hago!".
Mediados de los 80, y como cualquier otro parque de la periferia, éste no se libró de las jeringuillas junto a los árboles más alejados ni de los cristales de litronas esparcidos por doquier. Por suerte eso pasó.
Fue el mejor lugar para las primeras quedadas con amigos alejados de las miradas de los padres, para los primeros besos, para los primeros botellones cuando aún ni los llamábamos así y por supuesto para las pellas del instituto y las celebraciones de "el día de las notas".
Aunque en las canchas dónde antes se jugaba al fútbol hoy se juega al voleibol, hay cosas que nunca cambian, y es que los abuelos siguen jugando a la petanca en el mismo sitio.