Por Hogaradas
Salgo a la calle a que me dé un poco el aire, pero sobre todo, a descargarme los malos humores, que ya se sabe, a veces, por mucha intención que una ponga, parece que acaban encontrándote. Estoy tan convencida de que si sigo aquí lo único que voy a conseguir es sentirme todavía peor, que me lanzo a la calle, donde nadie me conoce, por la que caminaré mientras paso totalmente desapercibida, en la que espero que mis malos humores consigan evaporarse entre los rayos de sol, el ir y venir de transeúntes y este ambiente primaveral que ha llegado sin que nadie lo haya invitado y que parece que está dispuesto a quedarse.
La calle bulle de gente que viene y va, al trabajo, del colegio, a la compra; de madres paseando tranquilamente con sus bebés, de mayores haciéndolo también, acompańados ellos de su ya inseparable e imprescindible bastón, mientras en el aire se van mezclando las notas musicales de ese acordeón que escucho todas las mańanas y cuya música no consigue más que entristecerme.
No me gusta el acordeón, me parece que en él cualquier melodía consigue empaparse de tristeza, la que no posee siendo interpretada por ningún otro instrumento, pero cerca, alguien todos los días, y a la misma hora, como si de un trabajo se tratara, se instala con su acordeón, y ameniza la mańana del barrio con su música.
Me olvido del acordeón porque entro ya a realizar mis compras, algo que siempre aprovecho a hacer en estas jornadas intensas en las que tengo todo el mediodía libre para dedicarlo a mí y a mis cosas, entre ellas hacerme con algún producto de belleza. Mis compras suelen ser rápidas, así que tardo más en pagar que en realizarlas, y mientras espero miro a la calle, donde sigue el ir y venir de gente, muchos seguros animados por este buen tiempo, y a alegría que produce el levantarse y ver que el sol luce ya tras la ventana.
Salgo y decido dar un pequeńo paseo más, aunque sea solamente una vuelta a la manzana, y entro en otra tienda, sin motivo, sólo por echar un vistazo, y vuelvo a descubrir el placer perdido, ese que solamente produce el estar con una misma entre “trapitos” que van y vienen, tocando de aquí para allá, sin pensar en nada, o al menos en nada más que no sea justo lo que tienes delante. No hay mejor terapia que ir de compras, pocos momentos pueden igualarse a estos si lo que necesitas es evadirte de todo y dejar tu mente completamente en blanco. No busco nada, pero lo encuentro, un precioso vestido azul, además de rebajas, en mi talla; entro al probador, y lo pruebo como a mí me gusta hacerlo, un poco a lo loco, segura de que si así le encuentro posibilidades, la sorpresa con la que me encontraré cuando lo haga en casa, ańadiéndole todos los complementos necesarios, será fantástica.
Vuelvo a la oficina con mis productos de belleza y mi vestido, el cual me ha hecho recapacitar sobre la necesidad urgente de eliminar todos los excesos gastronómicos desde ya; salí acompańada de mi mal humor, pero ahora entro sola, sin esa pesada y molesta carga.
Enciendo el ordenador y se obra el milagro, la buena noticia que estaba esperando está allí, en negrita, esperando abrirse; la leo, respiro tranquila y me pongo a trabajar.