La Reina despertó sola, como cada mañana. No era algo de lo que se quejara, de hecho, era deseo expreso de Su Majestad. Ella solía “disfrazar” la explicación y lo justificaba diciendo que disfrutaba de la soledad. En realidad, no era más que una dosis de maquillaje con el que nadie podía ver sus miserias, sus verdades. Era una estratega.
Aunque la Reina contaba con miles de súbditos fieles a sus buenas maneras y supuesta elegancia, empezaron a brotar aquellos a quienes les “rechinaba” cómo había podido llegar tan alto. Eran esas personas que más momentos habían compartido con Su Majestad y que habían podido atisbar detalles que daban lugar a, cuanto menos, dudas de su autenticidad.
Era una reina imponente, eso era indudable. Era bonita, sabía sacar partido a su físico y tenía una mirada segura y penetrante. Sabía manejarse en los discursos, manejaba aparentemente bien el lenguaje y podía convencer a una gran mayoría del pueblo. Era lo que se conoce por alguien carismático. Todo esto había hecho que se acostumbrara al halago, al aplauso, a los vítores. La irrupción de un charlatán en palacio que la colmaba de consejos, halagos y promesas vacías incrementó el deseo de la reina por recibir mimos y alabanzas y así, la costumbre poco a poco se convirtió en una adicción. Apenas podía vivir sin la adulación constante y esto afectó a su carácter.
Parte del pueblo, aquel “pueblo” más inquieto que había viajado más y conocido reyes y reinas similares de otros lugares, comenzaron a observar cómo su Reina llenaba de buenas (y al mismo tiempo falsas) palabras a personas de las que había escupido sapos y culebras en otros momentos o cómo mentía sobre las personas que la hacían sentir amenazada al ver peligrar la fidelidad de algunos de sus acólitos y comenzaron a desconfiar. Observaron cómo los discursos casi diarios de la Reina empezaban a ser repetitivos, muy vacíos y con ideas manidas que comenzaban a retumbar molestamente en sus cabezas. Eso ocasionó que empezaran a sonar notas discordantes en el reino. Opiniones críticas que iban extendiéndose cada vez más.
Cuando esto llegó a oídos de la Reina, montó en cólera. Su ego estaba herido, alguien había descubierto que no era tan perfecta, que mentía con asiduidad y que su vida no era la que hacía ver que era.
La Reina estaba en pie de guerra sin darse cuenta de que, en realidad, el pueblo ya se había alejado de ella. “Desnuda” no era una reina tan bonita.
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