Revista Cultura y Ocio

Enfrentarse

Por Jorgeaussel @jorgeaussel
Enfrentarse
Subí las escaleras como si estuviese atrapado en una armadura de osmio. Las subí como si las escaleras tuviesen doscientos setenta y siete escalones y cada escalón representase un paso más en la bajada hacia un averno donde no encontraría llamas ni demonios, sino la atmósfera algente de las morgues y una presencia femenil mucho más aterradora, para mí, que la de un ángel caído, con dos cuernos y una horquilla. Me refiero a la presencia de esa soledad que se diferencia de entre todas las demás soledades por su carácter arbitrario. La soledad no buscada.
Metí la llave en el bombín de la puerta con una linga al cuello y el corazón oprimido por la incertidumbre, mientras un agujero de gusano se abría y comenzaba a crecer en la boca de mi estómago.
Giré el tambor de la cerradura con los dedos agarrotados como si hiciese varios grados bajo cero, aunque las manos me sudaban igual que un vaso de agua helada en un día caluroso.
Estaba a punto de abrir la puerta del abismo. Ese abismo que ahora era mi casa.
Mi casa era un abismo y yo, un ser insignificante e incrédulo petrificado en su limen, que no hallaba el coraje para entrar. No me animaba a atravesar la puerta de mi propia casa a la plena luz del día.
Una parte de mí fantaseaba con encontrárselo tomando mate en la cocina.
Todo aquello tenía que ser una pesadilla dantesca. Cuando empujara la puerta, seguramente despertaría, saltaría de la cama e iría corriendo a buscarlo para darle un abrazo y llorar lo mismo o más de lo que había llorado en el sueño. Pero al abrir fue evidente que la secuencia de múltiples estelas del humo de su cigarrillo no estaba, al igual que siempre, sobrevolando el perímetro como si una escuadra de aviones militares hubiese realizado recientemente una exhibición área allí.
El destino, a las estelas, se las había fumado en dos pitadas.
Desde esa posición observé que él estaba en todas partes y en ninguna parte al mismo tiempo.
Su camisa de jean, su chaleco polar azul navy y su pañuelo de seda colgaban lánguidamente del respaldo de una de las sillas de algarrobo del comedor, tal y como había dejado las prendas dos días atrás. Sentí que moverlas sería semejante a profanar un elemento sacro o manipular algo que, de ser alterado, aunque fuese sutilmente, jamás podría devolverse a su estado original. Mover cualquier cosa que él hubiese dejado en un sitio determinado, era asumir y emprender lo irreversible. Pero más allá de todo, no quería moverle absolutamente nada porque sabía que no le gustaba que nadie moviese sus cosas del lugar donde las había dejado y porque luego podía arrepentirme de haber o habérselas movido.
Pero moverle a quién. A quién, si él, de alguna forma, había desaparecido. De alguna o de todas formas. Porque incluso dudaba de que una parte suya hubiese ido a alguna parte, como decían muchos que se había ido. Dudaba por más que todos pareciesen estar convencidos de su paradero y saber algo que yo en ese momento ignoraba por completo, con bronca de ignorarlo y, fundamentalmente, de no poder creerlo.
No podía creer que él estuviese en algún lado. Pero tampoco podía creer lo contrario. Me resultaba increíble que todo se acabara así, sin más. Ambas ideas eran absurdas. Y posibles. Tanto una como la otra.
Lo único que tenía claro era que él no volvería a poner ninguna cosa en el mismo espacio donde la había dejado. Ni volvería a poner ninguna cosa en ningún lado. Sus pertenencias ya no le pertenecían. Ni a él ni a nadie. Tampoco a mí.
Todavía en la puerta, pude ver, además, la mitad de su cama con las sábanas corridas y pude verlo a él, tirado en el piso de la pieza, pidiéndome ayuda en otra línea de tiempo.
También pude verme y sentí desesperación por no poder ayudarnos más y mejor en esa situación desesperada.
Un escalofrío de cuchilla rozándome la piel me recorrió toda la columna vertebral y el agujero en mi estómago se ensanchó de repente como la boca de una orca a punto de devorar a su presa.
Hice todo lo que pude hacer. Creo que hice todo lo que podía. Más no pude. ¿Qué más podría haber hecho?, pensaba. Pero tan sólo un instante después me preguntaba si realmente habría hecho todo lo que podía y qué hubiese sucedido de haber actuado de tal o cual otra forma.
Aquél fue el comienzo de un camino en ocho que recorrería por largo tiempo.
Notaba cómo lo que fue y lo que pudo haber sido libraban una lucha descarnada en el campo de batalla de mi mente. Yo contemplaba cómo volaban cabezas y la sangre oxidaba mis pastizales neuronales pero no podía hacer nada para impedirlo. Del mismo modo que no puede hacerlo Dios cuando los hombres se matan entre los hombres.
La historia contrafáctica desplegaba un arsenal de armas virtuales, aunque poderosísimas, contra la invariable realidad que, sin embargo, tenía todas las chances de ganar esa guerra aleve. Pero aún era demasiado pronto para aceptarlo.
Quería cruzar el maldito marco de la maldita puerta pero las piernas no me respondían. No sabían atender al llamado del valor. Aunque me sostuviesen, no las sentía. No podía sentir mis propias piernas, como tampoco las sintió él la madrugada que me pidió auxilio.
Flotaba como una partícula de polvo desolada y suspendida en medio de la desolación; como antaño flotaba en el comedor ese humo de los cigarrillos que mi padre fumaba a toda hora. Me había convertido en una especie de fantasma buscando, y, al mismo tiempo, temiendo la presencia de otro fantasma.
Quizás estaba en el umbral del limbo y yo, o alguna parte de mi ser, también acababa de morir.

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