Existe un mito persistente en muchos hogares, la idea errónea de que inscribir a una hija en artes marciales es exponerla al peligro. "Es que no quiero que las vayan a golpear", dicen algunos padres con una preocupación genuina, pero quizás mal enfocada.
La respuesta correcta a ese temor no es el aislamiento, sino el empoderamiento. Precisamente para que nadie las golpee, hay que enseñarles a defenderse. Vivimos en una lamentable realidad donde la seguridad personal no es un lujo, sino una necesidad básica.
La paradoja del karate, y de disciplinas similares, es que, aunque se entrena para combate físico, el objetivo primordial es evitarlo. Al contrario de lo que dicta el prejuicio, el Dojo no es un espacio de violencia gratuita. Es un santuario para desarrollar la confianza y control.
Cuando una niña aprende a bloquear un golpe y a mantener la distancia, está adquiriendo algo mucho más valioso que una simple técnica de combate, está desarrollando una consciencia situacional que la mantendrá a salvo mucho antes de que un puño se cierre contra ella.
¿Qué es lo que realmente aprenden las niñas en el Dojo? No es solo a dar golpes y patadas; son herramientas de vida. Aprenden a conocer la frontera del respeto, aprenden a decir "no" y a establecer límites físicos claros. Una niña que sabe que su cuerpo es un territorio que ella controla es menos vulnerable ante el acoso.
Aprenden gestión del pánico, pues sabemos que el miedo paraliza, pero el entrenamiento enseña a respirar bajo presión y a concentrarnos, permitiendo que la mente tome decisiones racionales en momentos de estrés extremo.
Y lo más importante, desmitificamos a la fuerza. El karate enseña, y demuestra, que la técnica supera a la fuerza. Esto elimina el sentimiento de inferioridad física frente a un posible agresor de gran tamaño.
Obviamente, la mejor defensa es la que nunca se tiene que usar. El auténtico practicante de artes marciales debe de ser la persona menos conflictiva de la comunidad. La confianza y seguridad en uno mismo se proyecta en lenguaje corporal que, por lo general, disuade a quienes buscan una víctima fácil.
No entrenamos para pelear; entrenamos para tener la libertad de no tener que hacerlo. Evitar que las hijas entren al Dojo por miedo a un moretón accidental es dejarlas desarmadas ante las agresiones, a veces mucho más duras, que puede dar la vida real.
La protección correcta no es evitar el conflicto, es poder estar listo, o lista, para resolverlo. Por eso, si el miedo es que las golpeen, la solución no es enajenarse en los videos del celular, es ir a entrenar y ponerse el cinturón blanco.
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