Enseñanza a un rey

Por David Porcel
En un lugar no muy lejano había un joven que se enorgullecía de todo lo que había amado. Por donde iba pregonaba la fuerza de su amor. Si recorría poblados llegaba a oídos de sus gentes, si atravesaba llanuras y montañas, eran las flores las que sabían de su amor, y si alguna vez llegaba a orillas de algún mar, cada ola sin remedio se llevaba su testimonio.
Tal fue la virulencia con la que se propagó su voz que llegó a oídos de un rey interesado en conocer sus secretos. A su llamada el joven le confesó la historia de su amor. El primero, comenzó contándole, había sido tan puro que le descubrió la blancura de la luz y los pliegues del viento. Y había sido tan duradero que, aún hoy, en las frías noches de invierno, allá donde la vida apenas florece, seguía iluminando las lunas y los días. El segundo amor, siguió diciéndole, le descubrió el calor de los cuerpos, la humedad de los cabellos y la vergüenza en los rostros. El tercero, más reciente, le enseñó la sal de las lágrimas, el ayer y el anteayer, el quizá y el seguramente...
Cuando el joven concluyó su historia el rey le preguntó: ¿por qué lo que me cuentas demuestra la grandeza del amor?
Porque por él, su majestad, usted puede reinar y nosotros ser reinados.