Después del pesimismo de Baroja necesitaba algo con lo que recuperar el ánimo. Regresé a Steinbek y a The Short Reign of Pippin IV: A Fabrication. Sin ser el mejor libro para devolver la fe en la humanidad, sí que sirve para reírse de ella, al menos de la clase política. El protagonista es Pippin, un hombre tranquilo que no desea más que esa tranquilidad para poder contemplar las estrellas con su telescopio. Durante la 4ª república, la situación política en Francia es caótica pero, a pesar de ello, o quizá por ello, todos los partidos concluyen, aunque por motivos muy distintos, que hay que restaurar la monarquía. Nada mejor que remontarse a la línea Carolingia para lograr su propósito, y el inocente heredero de esa línea es Pippin IV. Pippin no desea ser rey pero no le queda más remedio que resignarse y aceptar el cargo, por el bien de Francia. Con la monarquía regresan los nobles, todos arruinados y todos dispuestos a recuperar su papel en la corte y a instalarse en el antiguado, y muy poco acogedor, palacio de Versalles. En su nuevo rol, Pippin no es feliz, sabe que es una marioneta, un muñeco que lucir ante el resto del mundo, pero su sangre ancestral de reyes no se conforma con ese cometido.
Steinbeck se ríe con ligereza de las ansias de poder de los políticos para los que cualquier táctica es válida con tal de mantener su puesto. Su estupidez es evidente durante sus reuniones, cuando a la hora de tomar decisiones prestan más atención a la forma que al fondo. Ni siquiera un rey bueno y preocupado por su pueblo logra cambiar las cosas, aunque nunca se sabe. Este mismo tema lo trata, aunque de modo más serio, en El invierno de nuestro descontento.
Una historia ligera, divertida con un gran toque de ironía, muy entretenida, con un protagonista de lo más entrañable y, por supuesto, muy bien escrita. Me llamó la atención la anécdota que refiere del robo de la Monalisa del Louvre, que se devolvió un año más tarde sin atrapar al culpable. Durante ese año se vendieron nada menos que ocho Monalisas "auténticas" a coleccionistas sin demasiados escrúpulos. Está claro que alguien hizo un gran negocio a costa del robo y que "quien roba a un ladrón..." Sin ser muy ético, hay que reconocer que fue un plan brillante.