Recibo la siguiente carta: Soy una mujer de 38 años, bella, inteligente en una justa medida, activa, serena y feliz de vivir. Tengo un marido como se dice, maravilloso al que amo de una manera serena, después de un gran amor.Colaboro con él en su trabajo, estoy a su lado, le ayudo si es necesario, lo estimulo si lo veo decaído, lo cuido si está enfermo, lo sereno si está de mal humor y lo dejo en paz cuando quiere estar solo.Tenemos una relación ideal, hablamos, tenemos intereses comunes, amamos casi las mismas cosas. Digamos un matrimonio perfecto hasta que él ha bajado su actividad sexual hasta casi la total inactividad. El tema por algún tiempo no me preocupó: tengo la necesidad sexual de una persona sana en cuerpo y mente. Pero después me di cuenta que mi carácter comenzaba a cambiar, estaba histérica, ansiosa, agria y nuestra relación empezaba a romperse.La solución llegó a través de una relación puramente física con otro hombre. E vuelto a encontrar la serenidad y el equilibrio que tanto me faltaban y la verdad que paradojalmente debo decir que salvé mi matrimonio acostándome con otro hombre.Presumo que Ud. no tendrá deseos que yo repita las teorías de modernos sexólogos y que ciertamente conoce por que en cualquier revistita semanal el tema se trata hasta el hartazgo. Sabido es que los sentimientos románticos como el amor están regulados por una especie de central química llamada hipotálamo, como también sabrá que es más fácil mezclar en un laboratorio oxígeno, hidrógeno y carbono, que develar el misterioso encuentro bioquímico entre un hombre y una mujer; esto al menos es lo que sostienen sexólogos, psicólogos, fisiólogos y endocrinólogos.Según ellos el matrimonio monogámico tiene una autonomía limitada: el hipotálamo es voluble y reacciona en términos neuroeléctricos, tendiéndonos continuas trampas.Además del substrato bioquímico del amor, se debe tomar en cuenta la cultura, la educación y la moral del individuo. Le diré lo que he pensado al leer su carta:
Recibo la siguiente carta: Soy una mujer de 38 años, bella, inteligente en una justa medida, activa, serena y feliz de vivir. Tengo un marido como se dice, maravilloso al que amo de una manera serena, después de un gran amor.Colaboro con él en su trabajo, estoy a su lado, le ayudo si es necesario, lo estimulo si lo veo decaído, lo cuido si está enfermo, lo sereno si está de mal humor y lo dejo en paz cuando quiere estar solo.Tenemos una relación ideal, hablamos, tenemos intereses comunes, amamos casi las mismas cosas. Digamos un matrimonio perfecto hasta que él ha bajado su actividad sexual hasta casi la total inactividad. El tema por algún tiempo no me preocupó: tengo la necesidad sexual de una persona sana en cuerpo y mente. Pero después me di cuenta que mi carácter comenzaba a cambiar, estaba histérica, ansiosa, agria y nuestra relación empezaba a romperse.La solución llegó a través de una relación puramente física con otro hombre. E vuelto a encontrar la serenidad y el equilibrio que tanto me faltaban y la verdad que paradojalmente debo decir que salvé mi matrimonio acostándome con otro hombre.Presumo que Ud. no tendrá deseos que yo repita las teorías de modernos sexólogos y que ciertamente conoce por que en cualquier revistita semanal el tema se trata hasta el hartazgo. Sabido es que los sentimientos románticos como el amor están regulados por una especie de central química llamada hipotálamo, como también sabrá que es más fácil mezclar en un laboratorio oxígeno, hidrógeno y carbono, que develar el misterioso encuentro bioquímico entre un hombre y una mujer; esto al menos es lo que sostienen sexólogos, psicólogos, fisiólogos y endocrinólogos.Según ellos el matrimonio monogámico tiene una autonomía limitada: el hipotálamo es voluble y reacciona en términos neuroeléctricos, tendiéndonos continuas trampas.Además del substrato bioquímico del amor, se debe tomar en cuenta la cultura, la educación y la moral del individuo. Le diré lo que he pensado al leer su carta: