¿Es misionera la iglesia africana?

Por En Clave De África

(JCR)
La misa del Domund del domingo pasado, en la parroquia centroafricana a la que suelo acudir, me pareció una maravilla. Nunca había visto una cosa igual cuando, en el momento de la procesión de la Palabra de Dios, vi a una mujer llevando el libro de los Evangelios atado a la espalda, como si de un bebé se tratara, escoltada por acólitos que portaban velas y jarrones de flores. Aquí la misa dominical dura siempre dos horas y media, como Dios manda, y es una experiencia única sumergirse en esta oleada de júbilo expresado con cantos que entona todo el mundo mientras baila y da palmas. Entiendo muy poco Sango, pero escuché al sacerdote bastantes veces pronunciar el nombre de los distintos continentes, me imagino que para hablar del mensaje propio del domingo que la Iglesia dedica a las misiones.

Una liturgia preciosa, emotiva y bien cuidada. Nada que objetar desde ese punto de vista. Lo malo es que mientras los fieles escuchaban que el Evangelio tiene que ser anunciado en los rincones más lejanos del mundo, y mientras en el altar había dos sacerdotes concelebrando, a solo cinco kilómetros de allí un centenar de refugiados congoleños se reunían en la capilla de su campo para rezar con su catequista porque hace muchos meses que ninguno de los sacerdotes de la parroquia ha ido allí a ofrecerles los sacramentos. He acudido a hacerles compañía tres domingos y me ha impresionado siempre la gran religiosidad con que celebran el domingo, en una mezcla de varias lenguas. Son gente muy pobre que han sufrido mucho y no hace falta conocer a fondo el Lingala para darse cuenta de que son personas a las que su fe cristiana les da fuerzas y sostiene. Lo hacen con la oración del catequista, que está bien, pero creo que no está de más recordar lo que dice el Vaticano II –cuyos 50 años se conmemoran ahora- al hablar de la Eucaristía como “el principio y la cima de toda la vida cristiana”. Los congoleños de este lugar no pueden participar en la Eucaristía, simplemente porque ningún cura se acerca a celebrarla. Alguna vez he preguntado discretamente, y sin querer interferir, si tienen previsto ir algún domingo, y siempre me he encontrado con la misma respuesta: “es que el coche no funciona bien y estamos bloqueados”.

El coche de la parroquia no funciona. Pobrecitos. Se entiende que para un sacerdote de 30 ó 40 años de edad recorrer cinco kilómetros a pie es un esfuerzo sobrehumano que podría causarles serios problemas de salud, además de un trauma profundo. Si los misioneros que trajeron el Evangelio a estas tierras de África hace varias décadas hubieran funcionado con esa mentalidad aquí seguirían sin tener ni un cristiano. Servidor de ustedes llegó a África por primera vez, aún como joven seminarista, en 1984, y una de las primeras estampas que se me quedaron grabadas fue la de ver a misioneros italianos que pasaban ya de los 70 años yendo en bicicleta a visitar capillas que estaban a varios kilómetros de la misión central. Yo mismo me he pasado varios años en Uganda acudiendo a visitar comunidades cristianas a puro pinrel en caminatas que me podían llevar tres y cuatro horas, pero no hablemos de este particular, que ponerse uno mismo de ejemplo no viene al caso.

He conocido muchas situaciones semejantes en varios países africanos y me temo que una historia como la que estoy contando se repite demasiado a menudo: a una buena parte del clero africano se le ha formado en una mentalidad de poder, y no de servicio, y con una idea de Iglesia que tiene mucho más que ver con sentarse a esperar que la gente venga que con ser enviado a los más lejanos. Y, claro, si esto sucede con los católicos que viven a cinco kilómetros, imagínense ustedes con los no católicos. En donde vivo hay un barrio habitado por musulmanes de distintas procedencias: Chad, Camerún, Sudán, y otras provincias de Centroáfrica, además de nómadas Peul. Nunca he visto a ningún sacerdote visitar a esas familias u organizar actividades para que cristianos y musulmanes –que viven en mundos muy separados- reduzcan sus prejuicios y se entiendan mejor. En bastantes lugares de África que conozco, la Iglesia publica documentos pastorales muy bonitos sobre la convivencia y la tolerancia religiosa (y, seamos justos, sufre los ataques de fanáticos islamistas que le hacen la vida imposible), pero he visto muy pocos casos de curas africanos que se tomen la molestia de tener contactos personales con comunidades no cristianas o incluso no católicas, de las que por otra parte suelen hablar bastante mal. ¿No se darán cuenta de que al hacer ciertos comentarios están añadiendo más leña al fuego y haciendo que las brechas de separación se ahonden, en lugar de acortarse?

Con situaciones así que uno puede ver a diario, cabe preguntarse si la Iglesia africana es misionera o no. Desde luego, hay un buen número de africanos en congregaciones misioneras que ejercen su labor en otros países del mundo. Nada que objetar en este aspecto. También hay algunas diócesis en África que se toman en serio el envío de sacerdotes “Fidei Donum”, aunque no tampoco son muchos casos. El problema es que la gran mayoría del clero en África parece haber salido de los seminarios con ideas y prioridades que tienen muy poco que ver con acercarse a los más alejados o ir a los lugares más difíciles, y por supuesto si se estropea en coche se queda uno en casa y punto, que uno no se ha ordenado para mancharse los zapatos de barro. Hace algunas décadas la diócesis de Masaka, en Uganda, envió a algunos de sus curas a trabajar como misioneros en Karamoya, una zona semi´desértica habitada por nómadas pastores de ganado muy refractarios al Evangelio. Hoy no queda ni uno. La mayor parte de los sacerdotes diocesanos que conozco en Uganda, Kenia o Burundi –por hablar de casos que conozco- que se presentan como “misioneros” trabajan en lugares como Sudáfrica o Estados Unidos, lo que equivale a decir destinos económicamente más apetecibles.

Los que nos siguen en este blog desde hace ya cinco años conocen de sobra nuestro empeño por destacar lo más positivo de las Iglesias de África. Pero hay también asuntos que marchan francamente muy mal y que deberían ser corregidos por quienes tienen la autoridad sobre el clero. Y la falta de espíritu misionero es uno de ellos. Aunque se cubra el expediente con liturgias bonitas.