Alberto Vázquez-Figueroa
Cabría imaginar que soy un indeseable y al que no le importa que árboles y cultivos mueran o las personas y los animales sufran, pero quien pierda un minuto en conocer mis motivos los entenderá y los compartirá. Hace veinticuatro años cuando una gran sequia nos llevo al borde del abismo invertí todo mi capital en idear y desarrollar un sistema capaz de desalar ingentes cantidades de agua de mar a treinta céntimos los mil litros, devolviendo energía eléctrica y sin producir salmuera. No viene a cuenta explicar cómo funciona; baste saber que el gobierno invirtió millones en diseñar plantas que abastecerían a los agricultores de cinco regiones con graves problemas hídricos. Me sentía orgulloso y entusiasmado pero las empresas embotelladoras corrompieron a los políticos. Por un litro de agua embotellada pagamos trescientas mil veces más que por un litro de agua desalada y por lo tanto existe trescientas mil veces más dinero a repartir. Me consideré estafado y estuve al borde del suicidio. Lo había perdido todo y consiguieron que me convirtiera en objeto de burla de quienes - como borregos camino del matadero - se sometieron a pagar un euro por una botella de agua de un tercio de litro; es decir, tres veces más que por la gasolina. ¿En qué cabeza cabe pagar tres veces más por el agua que por la gasolina?