Los partidos se han infiltrado en todos los ámbitos de la vida y han podrido todo lo que han tocado, desde la universidad a las grandes instituciones, desde la sanidad a la educación, sin olvidar los poderes básicos del Estado y los grandes valores que sostienen al país.
El deterioro logrado por los partidos es especialmente intenso en dos sectores que son vitales para la salud de una nación y para la vigencia de la democracia.
Uno de ellos es la Justicia, donde los jueces y magistrados han reproducido, de manera vergonzosa, en su propia organización, las ideologías y los partidos, agrupándose en asociaciones conservadoras y progresistas, unas dominadas por la derecha y otras por la izquierda. De ese modo, los jueces se han politizado y ya no son fiables porque algunos son más fieles a sus partidos que a la Justicia y la democracia.
El otro son las Fuerzas Armadas, donde han prostituido la carrera militar haciendo depender las promociones y ascensos de la fidelidad a un determinado partido. De ese modo han conseguido que buena parte de los generales sean fieles a partidos políticos, lo que constituye un suicidio para una nación soberana. Los políticos han prostituido también el concepto de lealtad, que según ellos los militares se la deben al gobierno, no al pueblo soberano, ni a la Constitución. La tesis de los políticos es que ellos, como representantes del pueblo, siempre deben mandar sobre los militares y las armas, pero esa tesis es frágil y ofrece demasiadas dudas y fisuras peligrosas ¿Qué ocurriría si un gobierno corrupto y miserable ordenara matar a los ciudadanos en las calles? ¿Tienen los militares que obedecer y acribillar a su pueblo? ¿Qué ocurriría si un gobierno decidiera entregar a otro país parte del territorio de la nación? ¿Tendría que quedarse quieto el Ejército, creado para defender la integridad de la patria?
España necesita cambiar las reglas del juego y ser desparasitada de políticos que violan las reglas de la democracia y que se han entregado de lleno a la corrupción y al abuso de poder. España necesita instaurar una verdadera democracia donde dimitan los que cometan errores, donde la ley no la hagan ellos para su propio beneficio y donde tengan vigencia los frenos, cautelas, controles y contrapesos que la democracia ha establecido para controlar a los políticos y evitar que su poder se desborde y se convierta en tiránico.
España tiene que evitar, sobre todo, que un indeseable, un psicópata o un inmoral tirano pueda colocarse al frente del Estado y nos haga trizas la nación.
Francisco Rubiales