Esta España nuestra: Lanzarote, una Navidad entre volcanes (V)

Por Salpebu

Recorriendo la obra de César Manrique: Los Jameos del Agua, la Cueva de los Verdes, el Mirador del Río; y descubriendo peculiares restaurantes, como los Tele-Clubes de Lanzarote
El cuarto día de estancia en la isla exigía sumergirse en el conocimiento de la obra diseñadora, arquitectónica y conservadora del genial lanzaroteño César Manrique (invito a seguir su biografía en Internet). Porque decir Lanzarote es decir César Manrique y viceversa. Decidimos efectuar la primera visita a los Jameos del Agua, en le zona nordeste de la isla, a cuyo fin nos desplazamos por la Lz-20 hasta las cercanías de Arrecife (la capital) y en la circunvalación tomamos la autovía Lz-10 que sigue hasta Tahiche y
prospera hacia el norte llegando hasta Arrieta, para desviar por la Lz-1 en dirección a Órzola, y sobrepasada Punta Mujeres se llega a los Jameos del Agua. Esta atracción (por llamarla de alguna manera, ya que es una obra colosal) es algo sorprendente, porque se ha aprovechado unas oquedades volcánicas en las que había unos lagos para construir una estructura adaptada al interior del volcán, con jardines de cactus, iluminaciones que producen contrastes bellísimos, y hasta dotar de servicios de restauración. Hay tres lagos a diferentes niveles (junto al segundo un gran auditorio) y el visitante se siente en el mundo casi irreal del interior del volcán o de la estructura volcánica, con esas rocas de lava, esos materiales que parecen repelar cualquier forma de vida, mientras en el primero de los lagos se aprecian los diminutos cangrejos blancos —ciegos, porque vivían en la oscuridad—y sobre cuya aguas se reflejalos arcos del techo de la cueva.Después de sobrepasar el segundo espacio acuático, cuando se alcanza el tercero, se comprueba que se ha accedido a nivel de superficie, pero el lago está al aire libre, rodeado, como todo, por bellas plantas de cactus.Al salir al exterior se tiene la sensación de haber estado en un mundo irreal pero
muy bello. El segundo atractivo es la llamada “Cueva de los Verdes” (según se nos explicó debe su denominación a que ese adjetivo era el apellido de los propietarios), cuya espelunca se utilizó en tiempos pasados para que las poblaciones cercanas se refugiaran de las invasiones piratas provenientes de África. La cueva constituye una especie de tubo (del que era continuidad el actual Jameos del Agua), por el que evacuaban al cercano mar, primero las lavas, y luego las aguas del volcán de la Corona, del que forma parte. La cueva se ha iluminado convenientemente y se han habilitado escalera y pasadizos (a veces de acceso dificultoso y poca altura) que permiten contemplar figuras sugestivas y especialmente sentirse en el interior de un volcán, en el que la vida parece estar ausente. Con un guía bilingüe, atento y versado en la materia.Esta cueva es aparentemente menos atractiva pero debe ser visitada. Y tras sumergirnos en las profundidades del volcán, respirando ya en la superficie el oxigenado aire lanzaroteño, por las carreteras Lz-201 y 203 llegamos al Mirador del Río, situado en la punta más al norte de la isla, frente a Isla Graciosa, de la que el risco de casi quinientos metros de altura queda separado por un canal (“el río”).En esa punta César Manrique ideó, atravesando la montaña, una amplia sala en la que hay instalada una ca
fetería y en su exterior un amplio mirador que permite vislumbrar las tres islas situadas en la cercanía, especialmente Isla Graciosa, con sus poblaciones de pescadores y pequeños puertecillos. No puede olvidarse la enorme riqueza piscícola de la zona.A la izquierda del mirador, toda la zona montañosa situada sobre la Caleta de Tamara, que es la más alta de Lanzarote, rondando los setecientos metros, y que es otra preciosa vista. Tuvimos la mala suerte de que el día estaba absorbido por la calima africana y el viento era fresco y desagradable, lo que limitó nuestro paseo y nos indujo a retirarnos y a surcar la montaña hasta Haría, y descender con bonitas perspectivas hasta Arrieta, típica localidad costera junto a la de Punta de Mujeres, que ofrecen otros bellos panoramas, aunque lo grisáceo del día no invitaba a demasiadas actividades al aire libre.

Así que optamos por curiosear sobre otro de los atractivos que se nos habían anunciado, y era la restauración casera que se daba en los llamados “Tele-Clubes”, que no eran sino las Casas de la Cultura que en la mayoría de poblaciones existían, reminiscencia de aquellos “tele-Clubes” que antes de los años setenta se establecieron por toda España, en torno a un televisor, y que congregaba a los pobladores para “ver la tele”.Nos dirigimos a Tao, población en el centro de la isla, entre Mozaga y Tiagua, pues nuestra anfitriona de la casa en que morábamos nos había recomendado las excelencias del establecimiento. Y a fe que fue cierto, pues hallamos una amplia sala-restaurante, con una barra de bar bien dispuesta, y se nos dio pronto acomodo por quien parecía regentar el sitio, recitándonos una amplísima lista de platos que integraban el menú. Nos inclinamos por elegir unas sopas de marisco y pescado, que estaban deliciosas, pedir cabrito frito de Lanzarote (una enorme bandeja con unas sabrosas carnes) y pescado a la plancha, que resultó ser un bocinegro delicioso. Una mousse de gofio cerró la magnífica comida, cuyo precio, inferior a 12 Euros por persona (bebidas incluidas) nos llamó tanto la atención que decidimos repetir.No nos olvidábamos que el siguiente día era Nochebuena, y decidimos celebrarla en parejita ennuestra casa, mas para ello nos proveímos en el supermercado de Tinajo de buenos vinos de Lanzarote, y especialmente compramos un espectacular trozo de atún (que se nos dijo abundaba en la isla de La Palma) y hasta un choco (sepia) fresquísimo. Antes de irnos para casa, aún nos acercamos hasta La Santa, población cercana a Tinajo y Muñique, cuyas pocas calles en torno a blancas casas recorrimos, llegándonos hasta el diminuto puerto, en el que dos o trs barcas de pesca denotaban que ese era uno de los puntos de entrada del pescado que disfrutábamos. Se agotaba el día, por lo que retornamos a la casa de nuestros sosiegos, en la que charlamos un rato con la propietaria (que el día siguiente partía de viaje a la península con sus hijos, un chavalín de 10 años y una niñita espabiladísima de 5 años) y más tarde con una pariente suya, que nos completó informaciones sobre la zona. En fin, otro día lanzaroteño lleno de atractivos, de belleza y de nuevas sensaciones. Estábamos en la isla solamente cuatro días y nos parecía que ya éramos como moradores asiduos de ella, los llamados “conejeros”.
Y esp que no se nos había explicado del todo el motivo y el origen del apelativo...SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA