Revista Psicología

Estar triste aquí | Oración por el hijo que nunca va a nacer

Por Yanquiel Barrios @her_barrios
Estar triste aquí | Oración por el hijo que nunca va a nacer

Es triste estar aquí, cuando se aparece el mismo tono verde, los mismos zapatos del año que pasó, el mismo piso, la misma señora que cuida el baño y las mismas intenciones.

Es triste ver las camisas planchadas, los portafolios negros que al abrirlos se encuentran ordenados los bolígrafos a los extremos. Los mismos nombres, el mismo aire, los mismos ruidos.

Es triste reír aquí, donde no hay razón para hacerlo, donde las risas se sobran, donde los bustos no tienen lenguas.

Es triste pensar que se pertenece aquí, al lugar de los pantalones a la cintura, del peine en el bolsillo, de las expresiones encartonadas. Las mismas figuras de siempre, geométricas con colores que no salen de los bordes, como les enseñan a los niños de preescolar en la técnica de la naranja: con la crayola dar vueltas y vueltas dentro del círculo negro.

Qué triste estar triste aquí, sin agua para las lágrimas, sin alma para suspiros, sin años para la muerte, sin un poco de muerte para poder vivir.

Por: Elaine Roca

Estar triste aquí | Oración por el hijo que nunca va a nacer

Oración por el hijo que nunca va a nacer

Éramos tan pobres, oh hijo mío,
tan pobres
que hasta las ratas nos tenían compasión.
Cada mañana tu padre iba a la ciudad
para ver si algún poderoso lo empleaba
-aunque tan sólo fuera para limpiar los establos
a cambio de un poco de arroz-.
Pero los poderosos
pasaban de largo sin oír quejas
ni ruegos.
Y tu padre volvía en la noche,
pálido, y tan delgado bajo sus ropas raídas
que yo me ponía a llorar
y le pedía a Jizo,
dios de las mujeres encintas
y de la fecundidad,
que no te trajera al mundo, hijo mío,
que te librara del hambre
y la humillación.
Y el buen dios me complacía.

Así fueron pasando años sin alma.
Mis pechos se secaron,
y al cabo
tu padre murió
y yo envejecí.
Ahora sólo espero el fin,
como espera el ocaso a la noche
que habrá de echarle en los ojos
su negro manto.
Pero al menos
gracias al buen Jizo
tú escapaste del látigo de los señores
y de esta cruel existencia de perros.
Nada ni nadie te hará sufrir.
Las penas del mundo no te alcanzarán
jamás,
como no alcanza la artera flecha
al lejano halcón.

Por: Luis Rogelio Nogueras


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