Este vicioso cabaret: La carta del Kremlin. Hustoniana III

Publicado el 19 marzo 2013 por Esbilla

Ya está disponible en Cinearchivo la segunda entrega del especial dedicado al cineasta John Huston, esta vez acogiendo una antología de sus trabajos entre 1961 y 1987: http://www.cinearchivo.com/site/recomendados.asp

En esta ocasión me encargo del oscuro título de espionaje La carta del Kremlin, para lo cual he podido reelaborar una vieja entrada aparecida en este mismo blog:  http://www.cinearchivo.com/site/Fichas/Ficha/FichaFilm.asp?IdPelicula=137&IdPerson=15929

“I should be drinking a toast to absent friends
Instead of these comedians”

Elvis Costello,  The Comedians

“No existen medidas, no formas, ni reglas”. El personaje interpretado por Richard Boone le explica con esta sencilla fórmula que contiene toda una filosofía de vida lo que en realidad significa el espionaje y ser un espía a Rone, el nuevo recluta sacado de la Marina al cual da vida Patrick O’Neil. Sus métodos consisten en la extorsión, el secuestro, la prostitución (femenina y masculina), la intimidación, el asesinato y la traición. El propósito es prevalecer, el bando no importa, la misión es secundaria, la información equivale a dinero y poder. Los nombres son El salteador –un Dean Jagger irreconocible-, El brujo –George Sanders de viejo homosexual-, La puta –el gran característico inglés Nigel Green ejerciendo de conexión con el submundo-, El montador –Barbara Parkins como especialista en robos y escuchas que debe sustituir a su padre, el excelente Niall MacGinnis-, La virgen –el mencionado O’Neil-, El juguetero –Raf Vallone como especialista en caracterizaciones- La dulce Alice –el enlace del grupo encarnado por un genial Micheál MacLíammóir-… y Ward.

Ward es Richard Boone y no tiene alias aunque su nombre significa el guarda o el custodio. Ejerce de guía de La Virgen, lo adiestra y dirige toda la operación. Ward sintetiza en el mismo todo lo que John Huston quiera decir en La carta del Kremlin: la vida es una puta y luego te mueres.

Aunque quizás Ward no sea Ward, sino Stuydevant; un mítico agente que operaba desde la 2ª GM y que supuestamente se suicidó. Suydevant es descrito como brutal, sádico y un asesino si escrúpulos y el mejor espía individual del mundo. Pero a lo mejor solo es un cuento para asustar por la noche a los niños espías. Una máscara más del villano definitivo, o del antihéroe, que nunca está clara la diferencia. El personaje interpretado de modo superlativo por ese monstruo que fue Richard Boone se mantiene como un enigma, mascarada, tras mascarada, engaño tras engaño. Solo es el exterior sonriente de un monstruo en un mundo monstruoso al cual el agente novato Rone, quien en el camino quedará destruido por lo ve, hace y experimenta.

Ward es el personaje lúcido que ha ido y vuelto varias veces. Es inescrutable, amoral hasta extremos inimaginables, cínico y encantador. Boone lo interpreta con aire distendido, hablador y humorístico, como si todo se lo tomase como un juego. En realidad así se lo trama, porque él es uno de los jugadores más expertos, uno de los que inventaron unas cuantas trampas. No en vano a lo largo del film varios personajes se refieran al espionaje como El juego. En la serie televisiva de la HBO The Wire también es común que tanto traficantes de droga como policía hable de El Juego. Se trata no de una convención, sino de una explicación de orden moral. En un juego se participa sabiendo a lo que te expones. No reclames luego si el resultado no te gusta y apréndete los atajos para ganar. Aunque las victorias sean momentáneas porque El Juego nunca acaba.

La lucidez del personaje de Boone lo iguala también a creaciones del autor de cómics Alan Moore, en especial a El Comediante. Uno de los protagonistas de Watchmen que en una realidad contrafactual ejerce como contratista para el Gobierno USA en labores de espionaje, asesinato y lo que haga falta desde un apostura de cinismo absoluto. Como El Comediante y otros personajes similares escritos por Moore, Ward siempre ríe. Disfruta de su trabajo y ve la realidad con los rayos X de quien está justo en el centro de todas las cosas y las ve que a su alrededor todo es podredumbre y maldad. Ward ve lo engranajes moverse, ve las conexiones, las pasiones, las miserias… todas funcionando como piezas que se empujan en un movimiento perpetuo e imparable. Y se divierte metiendo de tanto en tanto piedras en mitad de esos engranajes a los cuales él mismo pertenece, como otra pequeña pieza más. Esto también lo sabe, pero no le importa, es para de El Juego.

La carta del Kremlin es la gran película olvidada de John Huston y una (¿la?) auténtica obra maestra del cine de espionaje. Carece de cualquier tipo de concesión, es amarga y cínica hasta lo insoportable y de una sordidez punzante, lúcida, muy por encima de cintas de mayor prestigio como la plomiza El espía que surgió del frío o El hombre de Mackintosh del mismo Huston. Una propuesta pero muy diferente a esta pero interesante,  cuyo carácter reflexivo y triste está más emparentado al universo LeCarre y en gran parte termina por diluirse al servicio del divismo autosuficiente de Paul Newman.

Al contrario que otros clásicos del espionaje La carta del Kremlin, basado en una novela de Noel Behm que por desgracia no he leído, es un film injusta aunque comprensiblemente maldito. Más que nada debido  a su catálogo de brutalidades, a su impúdica exhibición de atrocidades, parafraseando a J.G. Ballard. En su oscura misión los agentes protagonistas, todos carentes de cualquier escrúpulo se valdrán de todos los medios paralegales, alegales e ilegales a su alcance para completar sus fines. En el mundo del espionaje realista de La carta del Kremlin no hay sitio para el glamour, solo para lo cutre, el miserabilismo y la sordidez. En punto de ataque contra sus objetivos dentro del sistema soviético de contraespionaje y seguridad no serán las sofisticadas infiltraciones, sino las pasiones humanas más bajas, las debilidades relacionadas con la carencia, la sexualidad y las adicciones. El lesbianismo de la hija de un diplomático soviético será su puerta de entrada a la URSS y el abuso de drogas y las necesidades sexuales unidas a una notable pulsión autodestructiva de la esposa (Bibi Andersson) de un gélido oficial al mando de la seguridad interna soviética (Max Von Sydow) la convertirán en el eslabón a quebrar para completar la misión.

El objetivo de la misma es una carta que compromete a los gobiernos norteamericano y ruso con respecto a China pero en realidad se trata de una mascarada para que Ward pueda cumplir un vieja venganza contra el oficial soviético interpretado por Von Sydow y de paso negociar con su némesis rusa, el no menos implacable político Bresnavich incorporado pro un soberbio Orson Welles, volver a colocarse en posición ventajosa en un mundo del espionaje de la Guerra Fría que, como expone La dulce Alice, ha sustituido el individualismo de los operadores independientes por la burocracia del sistema y las organizaciones gubernamentales.

Todo se reduce a una desoladora y entomológica exhibición de la maldad humana: un universo sórdido donde la traición, la manipulación y el engaño son un modo de vida natural en el cual solo el más adaptado prevalece. Para ello Ward sacrificará para garantizarse su continuidad en El Juego todas las piezas necesarias.

Este es y no otro el tema último de la película, un tratado sobre la manipulación, a lo que se suma que los americanos sean presentados en plena guerra fría como despiadados matarifes amorales que no tienen miramientos en eliminar tanto a propios como ajenos, todos fabricados del mismo material desechable.

Aupada a un guión de hierro, denso pero hilado con toda claridad, una narrativa minuciosa y un reparto perfecto, lujosísimo pero antiestelar, que se pone al servicio de un serie de personajes a cada cual más desagradable, amoral y repulsivo. Dura como el pedernal, muy violenta (la escena de Boone reduciendo a Bibi Andersson resulta de una frialdad aterradora), orgullosamente desagradable y anticomercial, prescinde miramiento alguno para con el espectador. No es una película agradable ni espectacular, no es un entretenimiento de suspense digerible, sino más bien un pozo negro sin ninguna luz al final.