El edificio que me sale al paso es el Palacio Municipal, sobrio, oscuro. Antiguamente se utilizaba para el comercio con los vikingos que provenían de Birka. Pero me interesa mucho más, tan pronto como la veo, la bonita estación central. A diferencia de la funesta tristeza del anterior edificio, esta construcción blanca es renacentista del año 1871. Tienen mucho encanto los rincones de la ciudad que voy descubriendo: animación y muchas tiendas en Vasagatan y Kungsgatan o calle del rey.
Si eres menos de cultura y más de emociones fuertes, el tranvía número 7 llega hasta aquí para apearte en el Parque de atracciones Gröna Lund.
Otro parque, el de Humlegarden, es de dimensiones extensas, repoblado de arbolado y jardines. Este es un buen lugar para practicar deporte, pasear o contemplar cómo la tarde se va desvaneciendo sin prisa. Antes de retornar a la febril actividad turística de Riddarholmen, dejo atrás la exclusividad prepotente de la zona de Birger Jarlsgattan. Casi sin pretenderlo he retornado a las inmediaciones del Palacio Real para plantarme ante la torre gótica dé Riddarholmen, la única del medievo que pervive hogaño (hoy en día).
Parece que es día de fiesta para las gaviotas que revolotean sobre el lago Mälaren. Esta estampa es innegablemente estival. Bicicletas, barcos, terrazas llenas, turistas que se han puesto de acuerdo para "convocarse" en la zona de Götgatan y Küngstradgardgstan.
Callejeando he llegado hasta el ayuntamiento tomando la calle Stortorget. En esta plaza diáfana me espera el Museo Nobel. No me acaba de convencer la demoníaca fuente central, tan poco hospitalaria, casi como elemento decorativo de una novela de Stephen King. Nos atiende un chico la mar de simpático procedente de Zaragoza. Y con sus amables explicaciones me adentro en este museo que repasa de manera cronológica los premios Nobel concedidos en las diferentes materias. El edificio en sí es amplio, enormes pilares blancos como "columnas vertebrales", información prolija sobre la figura de los eximios ganadores de tan preeminente distinción. Tal vez, sin embargo, una de las joyas de Estocolmo sea el imprescindible museo Vasa, uno de los más visitados del país por méritos propios.
MUSEO VASA
Pero lo que te deja pánfilo perdido, y acaso espeluznado, es la reconstrucción magnífica de los rostros de algunos de los marineros que perdieron la vida. Más tétrico es el bagaje de huesos recopilados. Más amable es la recopilación de enseres rescatados. Te hará falta un buen rato para visitar las seis plantas. Las visitas guiadas, en varios idiomas, son esenciales, así como el vídeo documental explicativo.