Revista Cultura y Ocio

Eulalia Rodríguez: “La distopía no está en el futuro, ya la estamos viviendo”

Publicado el 16 abril 2026 por Delecturaobligada @DelecturaOblig

Desigualdad, crisis ecológica y dependencia tecnológica llevadas al límite para obligar al lector a cuestionar el mundo actual.

Por: Alberto Berenguer / Instagram: @tukoberenguer; @delecturaobligada

Eulalia Rodríguez: “La distopía no está en el futuro, ya la estamos viviendo”

Su novela plantea un mundo donde la humanidad realiza fotosíntesis y vive bajo una corteza artificial. ¿Cree que la ficción distópica ya nos está alcanzando en la vida real?
La pregunta que plantea es muy sugerente, porque toca ese punto donde la ficción especulativa deja de ser solo un entretenimiento y empieza a incomodar en nuestro presente. El mundo que presento en la novela es una metáfora sobre la dependencia tecnológica, la pérdida de control sobre nuestro entorno, la sensación de que vivimos en mundos cada vez más artificiales. Y ahí es donde la distopía literaria conecta con la realidad, no porque estemos a punto de convertirnos en organismos fotosintéticos, sino porque ya estamos rodeados de cambios que hace unos años habrían sonado a ciencia ficción. 
Diría que más que alcanzarnos, la distopía funciona como un radar que señala tendencias como la dependencia de las tecnologías o las tensiones ecológicas que provocan la crisis climática.
De todas formas, conviene no caer en la tentación de ver el futuro solo a través del filtro distópico. La ficción exagera para hacernos pensar, no para predecir. Mi intención es provocar preguntas al lector, que se plantee qué tipo de mundo estamos construyendo y qué podemos hacer para evitar que las peores versiones se materialicen.

Kristala y Lamia representan dos sociedades extremas. ¿Hasta qué punto su historia es un espejo exagerado de la desigualdad que vemos hoy?
La verdad, bastante. Obviamente en el libro todo está llevado al límite —si no, no sería tan divertido escribirlo ni tan impactante leerlo—, pero la base es muy reconocible. No vivimos bajo una corteza artificial ni nos peleamos por sobrevivir como en Lamia, pero sí convivimos con diferencias enormes entre unos y otros.
Hay gente que vive en una especie de Kristala real: con estabilidad y comodidad. Y luego hay muchas personas que están más cerca de Lamia: sobreviviendo como pueden, con menos oportunidades y menos margen de elección. Esa brecha existe y en la novela la empujo hasta el extremo para que se vea sin filtros. Así que sí, es un espejo exagerado, pero no inventado. Es como subir el volumen de algo que ya está sonando de fondo en nuestra sociedad.

¿Qué sensación quería provocar al hacer que el acceso a la luz solar, algo tan básico, se convierta en un privilegio para unos pocos?
Quería que impactara al lector. La luz del sol es tan cotidiana que ni pensamos en ella, y justo por eso me interesaba convertirla en un lujo. Cuando algo tan esencial se vuelve exclusivo, de repente entiendes las diferencias de otra manera: ya no es solo el dinero o el estatus, es la diferencia entre vivir en plenitud o vivir a medias, una vida plenamente iluminada o una vida en la penumbra.
También buscaba generar una sensación de incomodidad, de injusticia. Quería que el lector pensara en la posibilidad de que llegue a pasar si seguimos ciertos caminos. Cuando quitas algo tan básico, la distinción deja de ser un concepto abstracto y se vuelve algo que se siente en la piel.

En El latido de los tambores mezcla acción trepidante y reflexión social. ¿Cómo evita que la crítica política se vuelva superficial y siga siendo entretenida?
La clave, para mí, es no soltar la reflexión como si fuera un discurso. Si la historia se para para dar una lección, el lector desconecta al instante. Así que intento que la crítica salga de forma natural: de las decisiones de los personajes, de lo que viven, de lo que les duele. Si ellos están metidos en un lío, la acción fluye; y si ese lío tiene raíces políticas o sociales, la reflexión aparece sola.

La trilogía que inicia aborda el cambio climático y la desigualdad con elementos futuristas y ciencia ficción. ¿Se atrevería a decir que esta historia es también una advertencia para el presente?
Diría que sí, aunque no en plan profecía apocalíptica. Más bien es una forma de decir que si seguimos tirando por aquí, igual no nos gusta mucho dónde acabamos. La ficción me permite exagerar, jugar con escenarios extremos y llevar las cosas al límite, pero las semillas de los mundos que he creado están plantadas en el presente.
Los temas que he tratado no son del futuro, son de ahora mismo. Lo que hago con ellos es agrandarlos, retorcerlos un poco a ver qué pasa. Es una advertencia, pero también una invitación a pensar. No quiero asustar a nadie; lo que quiero es que el lector acabe el libro con la sensación de que es ficción, pero que algo de esto ya lo está viviendo a su alrededor.

Sus personajes principales provienen de mundos opuestos y chocan de manera inevitable. ¿Cuál fue el mayor desafío a la hora de construir sus motivaciones y emociones en un contexto tan extremo?
Lo más difícil cuando trabajas con dos personajes que vienen de realidades distintas es no caer en el cliché: el privilegiado frío y distante, o el que viene de la escasez siempre enfadado con el mundo. Yo no quería eso. Quería que, incluso en un entorno tan extremo, sus emociones fueran reconocibles, humanas.
El reto fue encontrar qué les dolía de verdad, qué deseaban, qué temían… y que esas cosas no dependieran solo del lugar del que venían, sino de quiénes eran. Al final, por muy distintos que fueran sus mundos, las motivaciones profundas —la necesidad de pertenecer, de sentirse vivos, de proteger lo que aman— son bastantes universales. Y cuando encontré eso, todo empezó a encajar. También fue desafiante equilibrar sus choques, que fueran inevitables, pero no gratuitos. Que cada conflicto dijera algo de ellos y sobre las sociedades que representaban.

¿Ha recibido alguna crítica o comentario incómodo por la forma en que aborda problemas sociales y políticos a través de una ficción distópica?
Alguno que otro, sí. Siempre que tocas temas sociales o políticos, aunque sea desde la ficción, hay quien se siente interpelado o piensa que estás señalando a su bando. Pero lo curioso es que las críticas suelen venir más por lo que la gente interpreta que por lo que realmente está en el libro. A veces dicen que exagero, otras que me quedo corta… así que supongo que eso significa que el equilibrio funciona.
En cualquier caso, prefiero un comentario incómodo a la indiferencia. Si una historia provoca conversación, significa que algo ha tocado.

Si pudiera señalar un libro capaz de abrir los ojos de los lectores sobre el futuro de la humanidad y las profundas heridas de la desigualdad, ¿cuál sería y por qué cree que todos deberían leerlo?
Si tengo que elegir uno, me quedo con 1984 de Orwell. No porque sea el típico “clásico obligatorio”, sino porque sigue siendo incómodamente actual. Orwell tenía esa capacidad de ver hacia dónde podían ir ciertas dinámicas de poder y exagerarlas lo justo para que resultaran inquietantes, pero sin perder la credibilidad. Lo interesante es que 1984 no solo habla de vigilancia o control político; también habla de cómo se manipula la información, cómo se moldean las emociones colectivas y cómo la desigualdad se convierte en una herramienta para mantener a la gente en su sitio.
Creo que todo el mundo debería leerlo porque te obliga a hacerte preguntas incómodas sobre el presente. No te da respuestas, pero te deja con esa sensación de “ojo, esto no es tan imposible como parece”. Y cuando un libro consigue eso, ya ha cumplido su misión.


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