El virtuosismo se da por supuesto desde unas ornamentaciones ricas y bellas que nunca oscurecieron la melodía, pero también la honestidad y respeto por lo escrito, las duraciones exactas que enriquecen unas partituras llenas de guiños y dificultades casi para iniciados felizmente traducidas a la música del clave.
No faltaron más tocatas como la de Mathias Weckman (1616-1674) o Johann Philipp Krieger (1649-1725), el Aria & 3 Variazioni en la menor BuxWV 249 de Buxtehude, referente para la generación de Bach, o las Passacaglias de Johann Kaspar Kerll (1627-1693) o Georg Muffat (1653-1704) que cerraba concierto de forma magistral.
En todas ellas Jorge López-Escribano hizo gala no ya de un enorme trabajo para organizar obras y autores dentro de las dualidades antes comentadas caos-orden o libertad-estructura sino de una ejecución impoluta, llena de agilidades limpias jugando con ornamentos en ambas manos, armonías claras en acordes que evolucionan y modulan con personalidad propia más allá de las melodías específicas, inflexiones en la pulsación que hoy parecen románticas y surgen doscientos años antes, así como las distintas formas de variar líneas melódicas tanto populares como propias de unos compositores que hacen propio un lenguaje transalpino que deseaba imponerse en toda Europa aunque resultase más universal de lo que las fronteras pareciesen buscar. También quiero resaltar de las notas al programa la detallada información de autores y formas musicales así como de los recursos utilizados, que en los dedos de López-Escribano fueron complemento sonoro de una teoría muy documentada, variedades de estados anímicos hechos música, cascadas de semicorcheas dibujando colores interrumpidos bruscamente (abruptio) usando todos los recursos al alcance de un instrumento que en la distancia corta del museo llenó y completó un entorno histórico.