Revista Cultura y Ocio

Fernando Ayala

Publicado el 28 mayo 2018 por El Poeta Ocasional
Fernando Ayala
Hay aroma de verano descontento de los ríos en crecida, del caldo  removido en las cunetas. Las moscas que acompañamos los gritos pululamos listas para gobernar las bocas. Entrelazadas al calor de los merenderos ésta la rabia de la leche hervida, del mate cocido sin pan y las manos esposadas. Los ojos derramados del peso argento de la angustia del derrame económico que miente con un cuatro de copas. Allí donde la dignidad son platos rotos que pagan los no sentados a la mesa. Donde los porfiados gobernantes clavan el tenedor y acuchillean el trabajo, en nombre de dios. Hay aromas que no se olvidan como el humo del caucho y las manchas del carbón. Allí donde se derramó sangre, no sólo crecen espinas, también el perfume secreto de lo que está por venir.



No soy del que me da de comer mi perro murió hace tiempo no muerdo lenguas aunque paguen más qué negativo, Don Julio ¿Qué ocultan esos noes? Qué no ha pasado por aquí  sinceramente. Disculpe doña: El “señor” se puso ahí x la basura, clavado en las comillas —ustedes sólo saben perderse— —y ustedes sólo se miran el ombligo— dijo la beldad verdadera se tiñe los ojos y es q ver es tan risueño q pierde verdad parece; las maneras que dicen son santas; se puede tocar todo lo que se dice con mística capital, pero no. Es no, lo dice Don Julio.. Quien dice es quien lee quien no lee, no dice. Yo ya te conozco a vos, sé que solo jugás   los partidos que podés perder. —Yo te conozco a vos, ya lo hiciste   en otro momento. No me hablés de modernidad,  de que los pibes se vuelven locos con lo nuevo. Son así porque traen la posta de que las cosas nunca van a cambiar en realidad, se obsesionan con eso, por amor al deporte,  amor a la vida. —No concebís la vida de otra manera,  yo ya te conozco. —No concebís la muerte, ¿para qué la muerte, para qué un fin absurdo? De qué vale pensarlo, para qué medirse con la muerte,  si te podés medir con la vida. Y sabelo: la vida siempre mide menos que la muerte. #10
Qué tren, qué tren.

No hay abismo, el tren existe en su ruta callejera
insiste el acero en dejarla rodar,
hay huella marcada en realidad.
Cuentan las estaciones que hubo una vez
y habrá tantas como sean necesarias
hasta que entienda el ganador:
que lo humano se pierde, pero no se olvida.
No hay abismo, hay soledades
como trenes sin estación
dentro de nadie, todo, es algo
ahí donde la sangre está seca
se unen músculos, huesos y piel.
Pero no hay abismo, eso es religión
hay historia en treinta mil pedazos
hay cercos que romper, por los trenes
que aún no salen, por la estación
amanecer.
Texto de la columna (lado derecho)
De: "Conurbano, mano de obra", Barnacle, 2018

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