Sé lo que voy a encontrarme cuando reabro las páginas de Ficciones, de Jorge Luis Borges (creo que es mi tercera visita), pero esa convicción no rebaja el placer de la lectura, que realizo esta vez con un lápiz rojo en la mano. Como quien señala mariposas mientras pasea por el campo, voy subrayando, sobre todo, algunos verbos, que me fascinan por su condición áurea (ese espejo que “inquietaba el fondo de un corredor”; ese hombre que “interrogó el volumen XLVI” de una enciclopedia; esos periódicos que, al hablar de un libro, “dispensaron su ditirambo”; esos alumnos que “fatigaban las gradas”; o ese museo y esa enorme biblioteca que “usurpaban la planta baja”). Como el propio Borges dijo, al hablar de las kenningar, yo también he experimentado un placer casi filatélico al identificar y alinear esos vocablos.
Por supuesto, también he recuperado la embriaguez de recordar los volúmenes (que pronto serán cien) que impondrán el mundo de Tlön sobre el mundo actual; los sinuosos y estimulantes acercamientos del narrador a cierta novela del abogado Mir Bahadur Alí; la experiencia casi metafísica de Pierre Menard, que se concentra en la escritura literal y necesaria del Quijote; los sueños del soñador que vertebra “Las ruinas circulares”; la inquietante lotería babilónica, que impregna o impugna la sociedad entera (acaso la vida entera) con sus azares ramificados e interminables; el pasmoso juego delirante de la biblioteca de Babel; la memoria sofocantemente angustiosa de Funes; la herida que publica la ignominia en la cara de Vincent Moon; el milagro secreto con el que Dios quiso galardonar o torturar a Jaromir Hladík; la elaborada revisión de la divinidad de Judas; el deleitoso secreto que envuelve a los integrantes de la Secta del Fénix; o ese cuchillo sobre el que se cierra la mano de Dahlmann en una llanura del sur, en el relato que Borges califica como su, posiblemente, mejor cuento.
Jorge Luis Borges y Antonio Muñoz Molina son los dos únicos autores, si la memoria no me traiciona, que jamás me han aburrido o defraudado con ninguno de sus libros. Es un espléndido balance, que me genera una enorme gratitud.