Viene todo esto a cuento, entre otros motivos, porque he leído al respecto un pasaje, no exento de ironía, de Saliendo de la estación de Atocha, novela de Ben Lerner. Porque me parece clarificador, quisiera compartirlo. Cuenta el protagonista, un aspirante a poeta, que para él el cigarrillo “era una tecnología indispensable, un sustituto del habla en situaciones sociales, un modo de ocupar la boca y las manos cuando estaba solo, una técnica de respiración profunda que convertía en material la exhalación, un modo de medir o de pasar el rato." Continúa diciendo: "Era una motivación y una transición prefabricadas, un modo de acercarme a o de alejarme de un grupo de gente o tema, de entrar o salir de una habitación, de unir o puntuar una frase. Lo más difícil de dejarlo era perder la función narrativa; sería como quitar los teléfonos o los periódicos de las películas de la época dorada de Hollywood; no quedaría nexo posible entre las escenas, ningún modo de hacer circular la información o salvar las distancias”.
El cigarro es un amigo, un motivo, un pretexto, una plataforma, un encubridor de insatisfacciones, un paréntesis. Todo eso y más, pero también, ay, un puente hacia la muerte.FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINICIA-DIARIO DE LAS PALMAS