Revista Opinión

Gira por Rusia y Asia: Meditaciones a orillas del Mekong

Publicado el 13 noviembre 2018 por Santamambisa1
Haga click para ver el pase de diapositivas. Por Arleen Rodríguez Derivet

¿Qué cosa peor que apretar una tecla y descartar, es decir, desaparecer, un trabajo escrito durante días sin sueño, bajo el efecto de impresiones y emociones que no se repetirán? ¿Cómo hacer para salvarse de la peor de las culpas, la culpa propia y de la sequía creativa que sobreviene a ese tipo de pérdidas?

Reconstruirlo, dice alguien que ya pasó por eso. No lo creo. Siempre saldrá otra cosa, ajena a las sensaciones únicas de la crónica larga, indagadora, sentimental casi, que empecé a escribir al salir de China, en un borrador de mi correo y estaba a punto de ponerle fin al llegar a Laos.

Todo estaba ahí: el impacto de Shanghai, esa suerte de Manhattan asiático que hace 30 años no tenía ni un solo rascacielos y hoy despierta admiración y preguntas sobre el modelo chino; la inesperada claridad del cielo de Beijing, gracias a las medidas  descontaminantes del gobierno; la Ciudad Prohibida de los emperadores chinos en cuyos portones sólo está la imagen de un líder comunista, Mao Zedong, mirando a Tianamen; el mausoleo y la historia de ese líder que vestía austeros trajes con decenas de parches, como prueba de la inmensa pobreza material del  pueblo de un país que ahora lidera el progreso mundial. El socialismo y el mercado. Xi Jinping y la Franja y la Ruta de la Seda, a la que Cuba se incorpora.

Estaba Vietnam con los acuerdos de ventaja mutua, la memoria de visitas históricas y los impresionantes túneles de Cu Chi, donde los yanquis perdieron la guerra de Vietnam antes de perderla. Y finalmente Laos, el país más bombardeado del planeta, el de las tres toneladas de bombas por persona, el que perdió a un millón de habitantes y prácticamente todas sus edificaciones bajo la furia de los B-52 norteamericanos en los años 70.

En Laos están las cuevas de Viengxay, donde se fundó el 11 de noviembre de 1968 –exactamente 50 años antes de la llegada de Díaz Canel al país-, el Frente para la liberación  nacional. Allí se habla todavía del trabajo de los médicos cubanos en los hospitales de campaña donados por Vietnam y se afirma que ellos hicieron inquebrantable la amistad con este pueblo que ahora nos ve pasar y se inclina con las manos como en rezo, conmovedora señal de respeto.

No, ya no podré escribir lo mismo. Como no volverán a pasar las mismas aguas del Mekong por delante de la terraza del hotel Landmark de Vientiane, la capital de Laos, donde tuvimos el primer descanso tras 12 días con sus noches y sus madrugadas, siguiendo la ruta del Presidente cubano por Rusia, la RPDC, China, Vietnam y la propia Laos.

El largo Mekong, rio de seis países, que salva a Laos de su falta de litoral,  tiene mucho que ver también con su crecimiento económico por encima del seis por ciento anual, con el que va emergiendo este país olvidado del sudeste asiático de su ancestral pobreza. De sus aguas represadas y sus hidroeléctricas se alimentan sus arrozales y sale la energía que venden a la vecina Tailandia.

A veces también, asusta y castiga su poder. En julio pasado, reventó una represa causando pérdidas humanas y materiales fuertes y lo que es aún peor e inesperado: los deslaves movieron cientos de bombas, vestigios de la guerra, que ya estaban localizadas para el posterior proceso de limpieza de uno de los territorios más minados de la tierra.

Pero, junto a Vientiane corre serenamente el poderoso Mekong y alivia  mirarlo para olvidar todas las líneas que se esfumaron de un teclazo. El rio sereno, que atraviesa de norte a sur el país, como una bendición de la que brota su crecimiento,  la calidez de las personas y del tiempo (31 grados celsios a la sombra), invitan a meditar.

Ya habrá tiempo de retomar las notas de viaje y el análisis perdido. La gira llega a su fin en un país de profunda espiritualidad, cuyos principales dirigentes –el Presidente Bounnhang Vorachith y el Primer Ministro Thongloun Sisoulith- lucían tan emocionados como Díaz Canel, al decirle ambos, en encuentros diferentes, que su visita es histórica.

Era la primera vez de un Presidente cubano en tierra lao. El General de Ejército Raúl Castro estuvo en el 2005, cuando aún no era Jefe de estado. El propio Díaz Canel  los visitó en 2013. Pero la solidaridad cubana, impulsada por Fidel, ha estado siempre.

También la de ellos con Cuba. Para agradecerlo se hizo esta gira sin pausas, donde las primeras palabras siempre fueron para transmitir el saludo del General de Ejército y las  gracias por el apoyo invariable en la batalla contra el bloqueo.

Continuidad era el mensaje siguiente. Los “amigos en las buenas y en las malas”, como calificó la relación el Primer Ministro vietnamita, tienen todo el derecho a saber de boca del nuevo Presidente, que los cambios generacionales en la dirección del país no significan ruptura. Cuba sigue siendo Cuba. La de Fidel, la de Raúl y la generación histórica que anduvo por estas tierras cuando eran muy pobres y muy castigadas por atreverse a soñar el mundo diferente que ahora están levantando generaciones nuevas.

Si se analiza así, en conjunto, el significado y la trascendencia de este viaje que debe tener récord de kilometrajes, reuniones oficiales y acuerdos beneficiosos para el país, no hay que esperar que el tiempo  declare histórica la gira de Díaz Canel por Rusia y naciones hermanas de Asia. La sola coincidencia en el respeto a un legado de ambas partes y los acuerdos concertados, podrían estar cambiando nuestro ritmo en el avance hacia la prosperidad que nos debemos.

Basta con mirar las modernas construcciones que hoy se levantan sobre el polvo de las viejas aldeas que vimos en los museos visitados. Colonialismo, guerras, bloqueos, hambrunas y escaseces, fueron la constante durante siglos en esta región. Y fue con socialismo, a la manera de cada uno, como salieron del  pantano. Quizás lo más histórico de esta visita sean las lecciones que nos dan sus procesos renovadores, desde Rusia hasta el sudeste asiático.


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