Enrique Zumalabe.Gramática del desorden.Diputación de Huelva, 2026.
La marginalidad de los apuntes, el inestable tinte de la idea diluyendo su anclaje entre la prisa, el afán fetichista de unos años que van coleccionando cuerpos muertos y llenan sus catálogos de orgullo, del desvanecimiento de los rostros. Sin olvidar el miedo que esos meses vertieron como líneas caudalosas, sus largas prescripciones que anegaban de encierro carreteras y distritos.
Pero también la anécdota y la tarde, la plenitud que alcanza lo ordinario, todo lo que se aprende aunque se hallara inscrito previamente y asumido como evidencia unánime que sufre la falta de relieve y deserciones.
Una raíz emocional (sistémica), una facción que impone jerarquías y hace de los colores un precepto, promulga plataformas, mecanismos, sella de dignidad las oquedades, inyecta agotamiento en los ocasos.
Se os da la bienvenida. Hay un refugio bajo la superficie del desorden.
Como una obertura que vertebra los temas del libro, ese poema inicial de Gramática del desorden, de Enrique Zumalabe, anuncia al lector las claves que ordenan sus poemas, articulados en cuatro partes: Geología hipodérmica, Asíntota, Plástico quemado y Ensimismada sangre.
La voz que recorre los textos de Gramática del desorden, que mereció el XLVI Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, es la de una segunda persona confesional y reflexiva, autorreferencial en las tres primeras partes del libro y proyectada en la figura de su hija en Ensimismada sangre.
En todo caso, su coherencia poética la aseguran la continuidad existencial de su mirada, la tonalidad emocional homogénea y una cuidada dicción, afincada en una voluntad rítmica que ya era una seña de identidad lírica en sus dos libros anteriores, Además del llanto y La lluvia o la mañana.
Atravesada por la melancolía y la conciencia de la fugacidad, Gramática del desorden se sostiene sobre una honda y constante meditación existencial, en un ejercicio de memoria y construcción de la identidad, pero sobre todo en un esfuerzo de reconstrucción de la realidad, de reordenación del mundo para establecer una gramática que fije las reglas del desorden.
Con una admirable contención expresiva y emocional, hay en el fondo de estos poemas un doble equilibrio: entre el mundo interior y el exterior y entre la celebración y la elegía ante el paso del tiempo que estaba ya muy presente en sus dos libros anteriores y que aquí se instala desde el poema inicial de la primera parte, que cifra las claves temáticas, tonales y rítmicas del libro:
Crisis de los cuarenta
Estás en ese punto en que la vida, como una piedra que lanzaste al aire, ha visto refrenado ya su ascenso y, en un instante que es casi un delirio, parece estar flotando en las alturas antes de su descenso inevitable.
Y a partir de ahí se van sucediendo orgánicamente textos en los que conviven la culpa y la fe en las palabras, el miedo, los errores y el amor. Y una suma de decepciones y esperanzas que recorre el libro y es el eje de poemas como este de la parte final, dedicada a su hija:
Inevitablemente
Has de crecer. Inevitablemente, has de entender la prisa y el hastío.
Te desmoronarás de abatimiento. Sabrás que casi todo se resume en finitud, desprendimiento y trauma.
Ya sé que eres muy niña, que no puedes imaginar el mundo que te espera escondido detrás del parapeto de dibujos y cursos escolares.
Pero también comprendo que algo intuyes cuando te hacen llorar los telediarios, cuando en tardes difíciles o amargas me dices que tú y yo sólo queremos llegar a casa y reciclar el mundo.
Santos Domínguez