Esta vez y literalmente desde su título, lo intentó Sucksdorff con todas sus fuerzas: estar lo más deslocalizado posible de los tiempos que le tocaban vivir en cada momento. Ahí fuera se estrenaban películas que parecían venir de un planeta distinto: "Husbands", "Two-lane blacktop", "Tokyo senso sengo hiwa", "O passado e o presente", "Dolgie provodi", "Scener ur ett äktenskap", "The new centurions", "Ice", "Céline et Julie vont en bateau", "Tout va bien", "Alice in den städten"...
Pero no lo consiguió.
El hombre de la cámara, fascinado con la riqueza biológica que le rodea hasta el punto de que se presenta el 50% del film como fotógrafo que prepara una película, tal vez para ser aún menos intervencionista si cabe, no está interesado en captar lo esperable, el ciclo natural, cruel y bello, para sus compatriotas cómodamente repanchigados en los sofás del primer mundo.
Despliega en cambio, mientras él mismo es protagonista del film, la antigua y trabajosa virtud de la armonía, que tanto cuesta, cada vez más, poner a funcionar y ahí le encontramos feliz entre las incomodidades y la austeridad, sin filmar ni un conflicto primario para dejar satisfechos a sus evolucionadísimos espectadores, tratando de mirar a su alrededor como uno más de los supervivientes diarios que ni saben que han obtenido u triunfo cada vez que vuelven a ver el sol salir por la mañana. Bonita utopía.
Enmienda en buena medida esta primera parte del film un error que Sucksdorff cometió, tal vez confundido o entusiasmado por un experimento que no calibró como mezquino en el 65, cuando filmó "Mitt hem är Copacabana". Es más complejo que esto que diré y hasta existe un libro que apunta en otra dirección que me interesa menos, pero no eran personajes que interpretar lo que necesitaban aquellos chicos de las favelas. Todo el ímpetu preciosista y la dedicación de Sucksdorff a lo que más deseó preservar, la naturaleza - es asombrosa la belleza plástica de muchas de sus obras, sin opulencias -, culmina en ese compendio de vivencias en primera persona impresionadas sin embargo con la ganga multicolor de unos parajes que debieron abrumarle.
Desde que aparecen ganaderos y el cineasta se hace a un lado para no volver a aparecer delante dela cámara, es decir, desde que esa concordia en que había probado vivir ya no es posible, emerge un elemento nuevo, el dinero y todo cambia.
Por varios minutos el film parece abocado a terminar con resignación donde ya estaba en realidad cuando Sucksdorff llegó y donde se quedaría al marcharse: los rebaños de animales domésticos contemplados en oblicuo por loros desde los árboles o por hieráticos yacarés desde el agua, el hombre, cual metáfora rosselliniana, campando a sus anchas y quebrando, sin reparar en ello, los equilibrios de un escenario que no le pertenecía.
Encuentra entonces a un enjuto maestro en que apoyarse y retoma fuerzas para volver a mirar como un habitante de las profundidades de la selva. Son los mejores momentos del film y tal vez de su obra, porque es el cine, el montaje de planos, los encuadres, los cortes, los que proporcionan el punto de vista.