Elías Kaminsky, descendiente de aquellos fugitivos devueltos a la muerte, contrata los servicios del ex policía para destapar algún tufo corrupto, mientras los años y la soledad provocan ciertas convulsiones en la personalidad del Conde. Pero Padura además indaga en el carácter de los hebreos cubanos, e incluso de los europeos, y en la segunda parte de la novela juega al viaje histórico para hurgar en la vida del maestro holandés y del discípulo que le sirvió como modelo para el cuadro ahora aparecido.
Tal vez esa segunda parte sea un poco más extensa de lo deseable, porque la trama del aprendiz de pintor, hereje y vetado por la Torá, podría haberse resuelto con unas decenas menos de páginas. Pero por otro lado eso hace que el lector agarre con más fuerza el nuevo caso de la tercera parte, la desaparición de una joven emo amiga de la última de los Kaminsky.
Con todo, en la novela encontramos la esencia de la narrativa de Padura: el Conde y Tamara, el grupo de amigos, los libros de viejo, la novela que nunca se escribe, los trasiegos de ron, el desencanto isleño, el ansia irredenta de justicia y una desconexión con las nuevas corrientes juveniles cubanas. ¿Quién es el hereje aquí, el que se esconde del futuro o el que se atreve a transitar por él?
Herejes. Leonardo Padura.Tusquets. Barcelona 2013. 516 páginas. 21 euros.