Costará cambiar el imaginario heroico de los niños, pero el camino es el correcto. A los mayores se nos enturbia más el criterio que elige a unos héroes y desecha a otros. Conforme gana uno en edad, desoye esa llamada de la épica y se deja embrutecer por la realidad. En cierto modo, si no se ha malogrado demasiado la memoria, seguimos recurriendo a todos esos héroes que nos escoltaron en la infancia y que, en mayor o menor medida, no se han desvanecido del todo. A mí me sigue fascinando el Capitán Trueno o el Jabato. Hay vida fuera de la Marvel. Se agigantan los héroes a medida que nos separamos de ese patrón bastardo. Tan pronto uno se percata de la heroicidad instalada en la rutina diaria, descree de la ficción majestuosa de las espadas o de las capas. Mejor Luisa, la vecina del segundo, enfermera, que Batman, el de Gotham. Mejor Andrés, médico de la casa de enfrente, que Spiderman acorralando al Doctor Octopus en una azotea. El niño que ha pintado Banksy ha elegido a la enfermera. Ella tiene los poderes de los que carece el Capitán América o cualquier otro ciudadano embutido en unas mallas y facultado por la genética o por los dioses para combatir al mal. Banksy ha dejado de lado su lado áspero (su vena ácida) y ha dibujado el ideal metafórico, la posibilidad de que tengamos un nuevo dispensario de superhéroes. Es una señal. Vendrán otras. Al menos, una generación crecerá con otro patrón incrustado en su visión del mundo. No sabemos si la realidad hará que se arruine esta preciosa imagen y los años arrumben a la muñeca de la enfermera al sótano o al olvido, que es el peor sótano, el más oscuro.
Costará cambiar el imaginario heroico de los niños, pero el camino es el correcto. A los mayores se nos enturbia más el criterio que elige a unos héroes y desecha a otros. Conforme gana uno en edad, desoye esa llamada de la épica y se deja embrutecer por la realidad. En cierto modo, si no se ha malogrado demasiado la memoria, seguimos recurriendo a todos esos héroes que nos escoltaron en la infancia y que, en mayor o menor medida, no se han desvanecido del todo. A mí me sigue fascinando el Capitán Trueno o el Jabato. Hay vida fuera de la Marvel. Se agigantan los héroes a medida que nos separamos de ese patrón bastardo. Tan pronto uno se percata de la heroicidad instalada en la rutina diaria, descree de la ficción majestuosa de las espadas o de las capas. Mejor Luisa, la vecina del segundo, enfermera, que Batman, el de Gotham. Mejor Andrés, médico de la casa de enfrente, que Spiderman acorralando al Doctor Octopus en una azotea. El niño que ha pintado Banksy ha elegido a la enfermera. Ella tiene los poderes de los que carece el Capitán América o cualquier otro ciudadano embutido en unas mallas y facultado por la genética o por los dioses para combatir al mal. Banksy ha dejado de lado su lado áspero (su vena ácida) y ha dibujado el ideal metafórico, la posibilidad de que tengamos un nuevo dispensario de superhéroes. Es una señal. Vendrán otras. Al menos, una generación crecerá con otro patrón incrustado en su visión del mundo. No sabemos si la realidad hará que se arruine esta preciosa imagen y los años arrumben a la muñeca de la enfermera al sótano o al olvido, que es el peor sótano, el más oscuro.