Honoré de Balzac: "La piel de zapa", Comedia Humana 1

Publicado el 09 febrero 2024 por Juancarlos53

«Pensó de pronto en que la posesión del poder, por inmenso que éste pueda ser, no proporciona la ciencia de utilizarle. El cetro es un juguete en manos de un niño, una hacha en las de Richelieu, y en las de Napoleón una palanca que hace vacilar al mundo. El poder nos deja tal cual somos y no engrandece más que a los grandes. Rafael pudo hacerlo todo y no hizo nada.»

Los motivos que llevan a los lectores a leer un libro u otro son variados por demás. Fijándome en mí diré que, en ocasiones, la elección de los títulos obedece a alguna de las causas siguientes: he visto una serie televisiva basada en una obra narrativa y quiero conocerla de primera mano; la novela de un autor, que me satisfizo en su momento, me impulsa a probar con otra realizada por el mismo; tras la lectura de una buena reseña en un blog literario de toda mi confianza de un libro, me entran unas irresistibles ganas de ponerme con él; un artículo, incluso publicitario, leído en una revista o suplemento cultural de un diario hace que lo recuerde en una librería o biblioteca y lo compro o lo saco en préstamo; e incluso, como en esta ocasión, la referencia a una obra, aunque sea de soslayo o de manera metafórica, realizada, como apoyo argumentativo, en un artículo periodístico sobre política actual de aquí o de otro lugar. Así, esta última motivación me llevó a buscar en la biblioteca de mi barrio, la novela inaugural de La Comedia Humana de Honoré de Balzac, "La piel de zapa".
Por acabar con la justificación de mi elección, diré que el artículo periodístico de marras lo firmaba en el diario digital El Confidencial el periodista Pablo Pombo bajo el título "La piel de Puigdemont". Es tal actualmente la profusión y acumulación de informaciones sobre la proyectada primera ley de esta legislatura que ver en un artículo sobre la misma una referencia literaria, nada menos que a Balzac, me incitó a buscar la novela a la que, una vez hecha la lectura del artículo, entendí se refería. Así de curiosos son los caminos que nos dirigen o nos apartan de ciertos libros. Pero ya quiero entrar en harina, o sea, ya es hora de hablar de literatura y dejar de dar rodeos.
Honoré de Balzac (Tours, 1799 - París, 1850) es uno de los grandes escritores franceses de la escuela realista. Junto a Stendhal es precursor de este movimiento literario que encontró sus nombres culmen en Flaubert (1821-1880) y Victor Hugo (1802-1885), sin dejar en el olvido a los dos Alejandro Dumas (1802-1870, el padre; 1824-1895, el hijo). Jugador, pendenciero, endeudado hasta las cejas en muchas ocasiones, mujeriego (sólo se casó próximo ya a su fallecimiento. pero fue pareja de múltiples mujeres), escritor prolífico al que la enfermedad persiguió durante toda su vida por sus excesos de todo tipo: amatorios, festivos, pendencieros, y, sobre todo, sus largas jornadas de trabajo literario que minaron mortalmente su salud.
En La piel de zapa, novela publicada primero en cinco entregas, pero no completa, en la Revue de París, encontramos a Rafael, joven poeta que con una última moneda en su poder entra en un salón de juego a apostarla. Tras perderla deambula por los muelles del Sena con la determinación tomada de poner fin a sus días. En su errático vagar ve una tienda de antigüedades en la que decide entrar. Las obras de arte allí exhibidas le hacen entrar en divagaciones filosóficas de todo tipo. El anticuario le invita a visitar un departamento de la tienda con piezas de mayor valor. Allí el anciano vendedor, tras hablar con él y conocer sus graves problemas económicos y vitales, le ofrece un viejo pedazo de cuero, una piel de zapa (pez) o de onagro (asno salvaje), de gran aspereza, pero con una enorme cualidad: es capaz de satisfacer cualquier deseo de su poseedor; sin embargo, por cada deseo realizado la piel se adelgazará y encogerá consumiendo la energía vital del propietario hasta llegar a su consumación. Es por esto que el anciano le insta a no aceptarla, pero Rafael de Valentin, desesperado, no le hace caso y tras tomarla expresa un primer deseo: ojalá pudiese asistir a un pantagruélico banquete con buenos vinos, hermosas mujeres y buenos amigos. Abandona la tienda y al poco topa con unos amigos suyos, que están de francachela, que  le invitan a unirse a ellos y acompañarlos a la casa de un burgués millonario donde piensan culminar la noche con una orgía por todo lo alto. Todo esto ocurre en 'El talismán', la primera parte de la novela.
Con estos amigos asiste al banquete que el creador de un periódico, el capitalista Taillefer, da en su casa. Quizás Taillefer le sirva para salir de su indigencia ofreciéndole un puesto en su periódico. Su amigo Emilio, periodista, será su valedor ante Taillefer. En este banquete ambos amigos divagan sobre temas de lo más filosófico mientras disfrutan de la compañía y placeres que les dispensan dos bellas cortesanas (prostitutas), Aquilina y Eufrasia. La libertad y liberalidad con que actúan ambas le sirven a Rafael de contrapunto con la continencia de otras como Paulina, hija de la dueña de la pensión donde ha habitado durante tres años consumiendo el dinero que su padre le dejó al morir. Rafael se siente atraído por Paulina, joven virtuosa y contenida que lo atiende con enorme dedicación
«—¿Pero no es odiosa una mujer sin virtud? —preguntó Emilio a Rafael.Eufrasia les lanzó una mirada viperina y contestó con inimitable acento de ironía:—¡La virtud! Eso queda para las feas y contrahechas. ¿Qué sería, sin ella, de esas infelices?—¡Calla! ¡Calla! —exclamó Emilio—, no hables de lo que no sabes.—¿No he de saberlo? —replicó Eufrasia—. Entregarse durante toda la vida a un ser odiado, saber criar hijos que nos abandonen, y haber de darles las gracias cuando desgarren nuestro corazón. Ésas son las virtudes que exigen ustedes a la mujer; y aun para recompensar su abnegación, acaban por imponerla sufrimientos, tratando de seducirla, y si resiste la comprometen. ¡Bonita vida! Vale más conservar la libertad, amar a quien se quiera y morir jóvenes.»
En el curso de este orgiástico banquete que dura hasta el día siguiente, el poeta desesperado topa con Rastignac, antiguo amigo, vividor donde los haya, que le insta a visitar los salones de la alta sociedad para salir de su penoso estado. Es así como Rafael conocerá a la condesa Fedora, bellísima mujer, de la que quedará prendado pero a la que no logrará seducir al ser ésta, como reza el título de esta segunda parte, una «mujer sin corazón». Pese a esto, Rafael la visita una y otra vez hasta que decide abandonar sus salones por la imposibilidad de conseguirla y haber perdido con ella los pocos dineros logrados siguiendo los consejos del pícaro Rastignac, cuya consigna vital es la de que pues hemos de morir, mejor hacerlo a través del exceso que no de la morigeración. De esta manera, Rafael de Valentin concluye diciéndole a Emilio casi al final de esta segunda parte, que acababa de gastar su último napoleón en la casa de juego. 
La tercera parte de La piel de zapa, "La agonía", sucede varios años después del orgiástico banquete que finalizó con la comunicación a Rafael por parte de un notario de ser el único heredero de una enorme fortuna, evaluada en unos seis millones de francos, dejada por «el mayor O`Flaharty, fallecido en agosto de 1828 en Calcuta». Al ver Rafael cómo la piel de zapa había encogido nada más conocer la noticia, decidió procurar desear las menos cosas posibles a fin de preservar su vida. Y así lo encontramos en esta última parte de la novela de la que más ya no puedo desvelar para no destrozar el deleite lector.
 La lectura me ha resultado satisfactoria, aunque he de reconocer la enorme evolución del gusto literario experimentada por el lector de hoy respecto al de hace casi doscientos años. Actualmente el exceso descriptivo, la enorme acumulación de adjetivos, las digresiones filosóficas o de otro tipo, la patente búsqueda de finalidad moralizante, etc. de esa literatura no casa bien con la velocidad, escasa profundidad conceptual, el ritmo adictivo, etc. que los lectores actuales buscan -o mejor exigen- en los relatos que toman en sus manos. De ahí que los planteamientos de orden filosófico que especialmente en la primera parte acumula Honoré de Balzac hayan hecho que esas páginas me resultasen por momentos algo tediosas. Sin embargo, la segunda gana en viveza por los diálogos y el dinamismo mostrado por los personajes. Y ya en la tercera el lector se hace cómplice del autor deseando ver en qué acaba la historia, cómo se resolverá el peliagudo asunto de Rafael con esa piel que satisface todos sus deseos aunque sea a costa de su propia existencia, etc.
Junto a la historia propiamente dicha, una historia realista situada en un contexto histórico contemporáneo al momento de escritura, la Revolución de julio del año 1830, que supuso la caída del absolutista Carlos X y el ascenso de Luis Felipe de Orleans, esta primera novela de la obra que Honoré de Balzac pretendía que fuera un retrato de la sociedad francesa de su tiempo, La Comedia Humana, ha sido de mi interés por varias cosas: la primera porque se ve en ella con claridad el tránsito desde el Romanticismo de un Goethe, un Chateaubriand o un Lamartine, a un declarado realismo que luego eclosionaría definitivamente con Gustave Flaubert y Emilio Zola; la segunda, por la cantidad de elementos autobiográficos contenidos en La piel de zapa
✔«La curiosidad filosófica, el exceso de trabajo, la afición a la lectura, que han ocupado constantemente mi vida, desde la edad de siete años hasta mi entrada en el mundo, ¿no me habrán dotado de esa facilidad, que todos me atribuís, para expresar mis pensamientos y seguir avanzando por el vasto campo de los conocimientos humanos?» 
✔«—Ha debido usted cometer muchos excesos, entregándose a una vida disipada, y, a la vez, desarrollar un intenso trabajo mental —dijo a Rafael uno de los tres afamado doctores, cuya cabeza cuadrada , ancho rostro y vigorosa complexión parecían denotar un genio superior al de sus dos antagonistas.
—He querido matarme haciendo una vida desordenada, después de pasar tres años escribiendo una extensa obra, en la que quizá se ocupen ustedes algún día —contestó Rafael.
»
Otro punto que me ha interesado mucho de esta novela es conocer de primera mano qué personalidades del pensamiento, la literatura y del mundo científico eran en el momento de escritura importantes para un iniciador de la escuela realista como era Honoré de Balzac. En las páginas de La piel de zapa aparecen citados el inglés Sterne, Charles Perrault («Era Ariel deslizándose como un silfo bajo techo y proveyendo a mis necesidades. Una noche, Paulina me contó su historia, con emocionante ingenuidad.»), Rabelais («Entre las acerbas chuscadas dedicadas por aquellos hijos de la Revolución al nacimiento de un periódico y las ocurrencias prodigadas por alegres bebedores al nacimiento de Gargantúa, mediaba todo el abismo que separa al siglo décimonono del decimosexto. Éste preparaba una destrucción, riendo; aquél, reía entre las ruinas.»), Immanuel Kant, John Milton («La contemplación de los salones, en aquel momento, constituía una vista anticipada del Pandemonio de Milton.»), y otros tantos autores más.
Por lo demás, la novela es típica del realismo del XIX. Muestra la realidad de un modo que va un paso más allá del pintoresquismo propio del costumbrismo romántico. Ahora se pone el acento en la crítica de la ascendente clase burguesa con una evidente intención moralizadora. Es una gente que gasta su dinero con evidente mal gusto (no son aristócratas) sin importarles que la clase baja lo esté pasando mal: 
«¡Ah! Nunca nos falta dinero para nuestros caprichos: sólo regateamos el precio de las cosas útiles o necesarias. Tiramos el oro indiferentemente con una bailarina, y escatimamos una moneda en el salario de un obrero, cuya famélica familia espera el jornal para pagar sus atrasos.» 
E igualmente, en la narración, y en varios momentos, la crítica a la doblez e hipocresía de los miembros de esta clase es patente:
  •  «Fedora, a pesar de su sagacidad, no había desechado todos los vestigios de su origen plebeyo; su olvido de sí misma era falsía; sus modales, en lugar de ser ingénitos, revelaban un laborioso estudio; su cortesía, en fin, trascendía a servilismo. Y, sin embargo, sus melosas palabras eran para sus favoritos la expresión de la bondad, su pretenciosa exageración, noble entusiasmo. Sólo yo había estudiado sus muecas; había descubierto su interior, despojándola de la tenue corteza exigida por la sociedad; yo era el único a quien no podía embaucar con sus arterías, porque conocía a fondo su alma felina.»
  • «¿Que uno de nuestros amigos carece de talento? Se habla de su probidad, de su franqueza. ¿Que la obra de otro resulta pesada? Se la presenta como un trabajo concienzudo. Si el libro está mal escrito, se elogian las ideas. ¿Qué Fulano es un descreído, un inconstante, un tarambana? ¡Bah! En cambio, es un hombre seductor, original, divertidísimo. Pero ¿se trata de un enemigo? ¡Ah! Entonces se le achacan todas las culpas, se invierten con él los términos del lenguaje, y se muestra tanta perspicacia en descubrir sus defectos, como habilidad se puso para hacer resaltar las virtudes de los amigos.»
Cualquiera puede ver, sólo ya con la última cita, la enorme actualidad que tiene La piel de zapa. El manejo del lenguaje, el cambio de términos y significación si es de los nuestros o no, se evidencia en esta novela. Es por ello que, al llegar al final de su lectura y regresar al mundo de la realidad en que habito, encuentro pertinente por demás la metáfora que el periodista Pablo Pombo, citado al inicio de esta reseña, realizaba en su artículo de temática política. Quizás la cita con la que quiero cerrar la reseña sea aún más clarificadora: 
«—¡Son ustedes unos majaderos! —replicó el ferviente republicano—. ¿Acaso pretenden ustedes limpiar una nación con mondadientes? A su juicio, la justicia es más peligrosa que los ladrones.»
Permitan que me ría y que me quite el sombrero ante el genial Honoré de Balzac (¡Chapeau!, dirían sus compatriotas) y esta novela con la que el novelista se dio a conocer, que le dotó de enorme prestigio literario y que, hasta el mismísimo Goethe, muy anciano ya en 1831, alabó. La verdad es que el asunto de venderse por conseguir lo deseado recuerda bastante a Fausto, del alemán ilustre.