Hoy me voy a poner una medalla

Por Belen
Hoy me voy a poner una medalla, una medalla por el trabajo bien hecho, una medalla por estar recogiendo los frutos de lo sembrado. Estoy contenta, hoy estoy contenta y orgullosa. Yo no suelo echarme flores a menudo, soy muy crítica conmigo misma, quizá en demasía. Mi marido y mi hermana me lo dicen muchas no, muchísimas veces. Quizá por eso siempre busco las vueltas a todo, porque soy muy perfeccionista. Pero hoy sí, hoy me voy a poner una medalla.
Muchas veces he dicho que mi hijo ha sido muy demandante, de personalidad firme y decidida, pero también muy exigente, no tenemos término medio. Para lo bueno y para lo malo nos vamos a los extremos. Para lo bueno, es el niño más cariñoso, sensible y apasionado que he visto nunca, os lo aseguro. Pero también es terco, exigente, rabioso y enfadica. Desde el día que nació ha sido así, ya me lo advirtió una enfermera de neonatos, qué ojo tuvo con él. No se equivocó. Y desde entonces he trabajado muchísimo, me he esforzado por entenderle, por aceptarle tal como es. Como definirle con una sola palabra ..... intenso, así es mi hijo.
Mi trabajo es por tanto hacerle encontrar la virtud del término medio, pero sin despreciar sus cualidades, que son muchas. Pero trabajo para que su personalidad arrolladora no le arrastre, para que toda la energía que lleva dentro (que según mi hermana, ni le cabe dentro) la sepa canalizar, para que su sensibilidad no le desborde.
Sé que puedo parecer exagerada, es posible. Quizás mis palabras lo sean, o mi manera de darme cuenta de cómo es mi pequeño. Otras madres se limitarían a dejarlo en manos del colegio y asumir que tienen un niño rebelde. Yo no, yo asumo enteramente mi papel no solo de madre, sino de educadora, de cuidadora, de todo. Porque mi niño es mi vida y no sería capaz de mirar hacia otro lado.
Las clases de música las empezamos este año, y después de varias semanas de no saber si se adaptaría o no (como el resto de sus compañeros) empezó a cogerle el gusto. Él siempre es desconfiado pero cuando conoce a una persona, la quiere hasta el aburrimiento. Y así sucedió con su primera profesora de música. Aprendió mucho con ella, yo estaba contentísima. Pero de repente, tras las vacaciones de Navidad, ella dejó el centro. La directorá me dijo que una nueva profesora la supliría, y ahí empezó mi temor. Los cambios, con lo mal que lo lleva. Y no me equivoqué, le costó muchísimo, incluso se negó a ir a las clases. Otra vez a empezar. Se sentía como engañado, él quería a su profe. De nuevo nuestras charlas, nuestros tratos, recompensas, todo de nuevo poco a poco. Pasamos unas semanas algo duras. Incluso la directora preocupada me dijo si podía hacer algo, son todas maravillosas. Y después de mucho trabajo hoy puedo decir que mi niño se queda con la boca abierta escuchando como su profesora toca la flauta travesera, la mira extasiado, la lleva cada semana un coche nuevo para contarle como se llama, habla de ella a cada momento. La mira con tanto cariño que hoy la pobre no ha podido contener la risa mientras tocaba, hasta la ha puesto nerviosa.
Estoy feliz, no lo puedo negar. Pronto deberemos elegir un instrumento, porque quiero que continúe con las clases de música, le gustan y me apetece darle la oportunidad de aprender, hasta donde él quiera. Y creo que será la flauta lo que elegirá.
Así que hoy me voy a poner una medalla, porque con mucha paciencia, constancia, y muchísimo amor mi niño está alcanzando ese punto medio, está consiguiendo saber dominar toda esa energía que le debe brotar de lo más profundo de su alma y la está aprendiendo a canalizar.
Cuando hemos salido de clase me ha visto tan contenta, y tan sonriente que se ha parado a mi lado y me ha dicho "mamá te quiero mucho". Aunque no me debería sorprender, porque me lo dice como unas treinta veces al día, pero cada vez que me lo dice me derrito.