Humbert Humbert todavía

Por Calvodemora

El librero dijo que trata de una niña pequeña justo de la edad de Susie, cuenta entusiasmada la madre a un padre que aparenta saber algo más. Yo creo que una de las funciones del buen librero es precisamente ésa: la de jugar con el lector, la de ofrecer una parte de la trama, escamoteando quizá lo relevante, evitando que el comprador se distraiga con información secundaria o incluso que no caiga en la cuenta de que el propósito del libro (todos tienen uno) es otro, distinto al evidente, más subversivo y temerario. A mí siempre me gustaron los libreros que dejaban caer una confidencia personal, pero también he conocido alguno que te destripaba la historia o te torpedeaba la compra con anécdotas sobre las circunstancias en que lo leyó o de cómo le marcó. Sé dónde compré Lolita. Era una pequeña librería/papelería de barrio que ya no existe, ocupada por los universitarios de la facultad de Magisterio, que tampoco está ya, aunque el edificio, uno alto, de un minimalismo atroz, sigue ahí, erguido como un símbolo de algo que irremediablemente sucumbió a la atracción de la periferia, como los cines de barrio y las pequeñas tiendas de comerciantes modestos. Ahora, treinta años más tarde, solo perdura Humbert Humbert, mi Lolita, la aventura equinoccial de un señor muy culto que de pronto se siente perturbado y decide inmolarse (a los ojos de la justicia y de la sociedad biempensante) por el amor de su nínfula, Lo-li-ta, "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta."
El amor hacia el libro de Nabokov es un poco como el amor que H.H. profesa hacia su pequeña diosa. La vida adulta tiende a convertir en pecado lo que en la juventud solo alcanza el rango de juego. Leí Lolita hacia los dieciocho y después, en varias ocasiones, normalmene en verano, apurándola en tragos de muchas páginas, en seis o en siete sentadas. No sé si Susie buscará la partes húmedas, las que el narrador se confiesa en más de una ocasión herido, vulnerado, secretamente rozado por el numen de la belleza. Yo creo que esa es la enseñanza máxima de Lolita: que la única religión posible es la belleza, que ella gobierna el caos del mundo y lo vuelve a centrar de nuevo, que el género humano solo ha intentado acercarse a ella y ha librado batallas enormes (con los demás y dentro de su propia alma) para venerarla y dejar que su presencia administre los días en este enfangado y triste mundo que nos rodea. Por eso Susie, la del estupendo dibujo que me regaló Isabel Huete, mi apreciada y más antigua amiga en este Espejo, lee con los ojos muy abiertos, recreándose en los párrafos turbios, que hay muchos, tozudamente abrazando la sensación de estar ocupando un recinto prohibido, alejado de las leyes de los hombres, cuidado por un selecto grupo de iniciados, que velan para que la belleza (la de Lolita, la del amor fou, la de todas las perversiones privadas del mundo) no sucumba al peso de la rutina y el amor (aunque sea el amor imposible) resplandezca, restituya la luz que alguna vez le robaron y arrojaron al olvido, como las librerías de barrio y las facultades universitarias, antes de que Wert las moliera a palos, claro.