Soy la primera en ilusionarme, o puede que hermanísima se ilusione antes que yo. Eso me hace disfrutar con anticipación de las cosas y, aunque luego no siempre salgan como pensaba, al menos siempre me queda el regusto del buen sabor de boca previo. Soy optimista y cuando algo se tuerce prefiero pensar que se enderezará de algún modo, en ocasiones incluso mágicamente. Sí, sé que esa no es la postura más razonable pero es lo que tiene la ilusión, nace sin necesidad de análisis, o a pesar del mismo. ¿Acaso no hay sorpresas, casualidades, coincidencias que cambian todo?
He aprendido de la Señora a procurar mantener una mentalidad positiva y a intentar fijarme en el lado bueno de las cosas. Cierto que el éxito depende casi por completo del estado de ánimo del momento. Para mantenerlo hay algo básico: no alterarse por nimiedades, sólo lo verdaderamente importante merece ser luchado (esta lección es de House y hay que aplicarse en ella cada día porque, en la práctica, las nimiedades se esmeran en taladrar tu coraza).
La ilusión no es autoengañarse sino escoger el mejor prisma para mirar la realidad. No se puede vivir en un mundo enfocado en el futuro, con eso sólo se consigue no fijarse en los detalles de lo que nos rodea. Hay que mirar alrededor, ejercitarse en apreciarlo todo y descubrir lo que se tiene a mano a cada momento, aunque parezca pequeño, para ilusionarse con ello y disfrutarlo. El presente es el que forjará los recuerdos del futuro y muchas veces son los eventos más cotidianos los que se rememoran con más gusto.