La inestabilidad en la relación de los padres cuando los niños tenían 9 meses predecía las dificultades para quedarse dormidos y dormir bien cuando los niños tenían 18 años.
El estudio se basó, en parte, en la posibilidad de cambios en los sistemas cerebrales implicados en cómo los niños desarrollan y regulan sus patrones de sueño refleja el impacto del estrés de la familia sobre los niños.