Interregno (ix)

Por Ceci
¿A que lo veían venir Vds.? Casi dos semanas sin venir a molestarles por aquí y termino apareciendo no con la reseña de rigor sino con uno de estos Interregnos cada vez, me temo, más habituales. El caso es que en el margen de unos pocos meses he pasado de vivir en familia, con lo que ello supone, a hacerlo de manera independiente y a unas siete horas largas de autobuses y transbordos; de dar seis horas de clase a la semana a un total de diecinueve; de tener conexión permanente a Internet a verme inmersa en un delirante proceso kafkiano con las teleoperadoras de Moviestar; y, en fin, de tener una hora abundante de autobús que dedicarle a este vicio nuestro de la lectura a... unos pocos minutos que mendigo a las tareas domésticas de vez en cuando. No me malinterpreten. Estoy más que encantada de mi nueva vida y mis alumnos adolescentes y compañeros de ahora no tienen nada que envidiarles a los de entonces. Pero tengo poco tiempo y muchas cosas por leer y, además, les echo a Vds. de menos.

No crean, sin embargo, que he estado de brazos cruzados en lo que a lectura se refiere. Hoy mismo he terminado, de hecho, la nouvelle epónima de El río de la vida de Norman Maclean, en otro tiempo adaptada mejor que bien a la gran pantalla por Robert Reford y editada con exquisito gusto por, cómo no, los amigos de Libros del Asteroide. Aún me toca dar cuenta de los otros dos relatos que completan el volumen pero hay en el intitulado El río de la vida, además de un cierto exceso de epifánicas vivencias, un manojo de perlas que no quería dejar de traerles por aquí. Que Vds. las disfruten. En cuanto a mí... tengan paciencia y, por favor, no me olviden.

“Una de las discretas emociones de la vida consiste en situarte a cierta distancia de ti mismo y verte convertido poco a poco en autor de algo hermoso, aunque se trate tan sólo de ceniza flotante.”

El río de la vida

Norman Maclean

“Estaba claro que era uno de eso días en que el mundo no te deja hacer lo que en realidad te gustaría, en mi caso pescar una gran trucha común y ayudar de alguna forma a mi hermano. En su lugar, sólo había un arbusto sin pez y estaba a punto de llover.”

(Ibid.)

“- A ti te gusta contar historias verídicas, ¿verdad?- dijo.

- Sí, me gusta contar historias que sean ciertas.

Entonces me preguntó:

- Algún día, cuando termines tus historias verídicas, ¿por qué no te inventas una, incluidos los personajes? Sólo entonces comprenderás lo que pasó y el porqué. Los que se nos escapan son siempre aquellos con quienes vivimos, a los que queremos y a quienes deberíamos conocer.”

(Ibid.)