Durante el otoño avanzado, el invierno y la inicial primavera, la ciudad donde vivo me permite escribir y corregir a mis anchas, meterme en nuevos proyectos, atender muchos frentes. Atrincherada en mi despacho, tan a gusto mientras observo por instantes cómo transcurre el día, sea luminoso o nublado, con lluvia o con viento, soy feliz en mis cosas. En el mes de enero de este año, incluso, nevó durante dos horas largas, cosa que no ocurría en Murcia desde hacía treinta y cuatro años.Fuera del tiempo indicado, este lugar se convierte en puro fuego, lo que me afecta mucho, ya que la cabeza se me embota, las ideas se me enturbian, el sueño me gana la partida en las largas siestas y, en general, me entra una desgana que solo me sacudo cuando voy al reclamo del mar, a darme larguísimos paseos (de hasta 10 kilómetros) por su orilla y a bañarme cada poco.
Pero estamos en invierno, un invierno insólitamente frío en mi tierra, y voy a mil por hora sin ponerme metas ni estresarme. Lo último que he concluido estos días ha sido preparar los documentos, batallar con las portadas y subir a Amazon las versiones digitales de mi libro de relatos Linaje oscuro y de mi poemario El nervio de la piedra.
En fin, que hay que aprovechar el invierno y aquí sigo con mucha ilusión en otras cosas.