Isabel I de Castilla

Publicado el 06 marzo 2022 por Anuska @Msicadesiempre1

Isabel I de Castilla (Madrigal de las Altas Torres22 de abril de 1451Medina del Campo26 de noviembre de 1504) fue reina de Castilla desde 1474 hasta 1504, reina consorte de Sicilia desde 1469 y de Aragón desde 1479, por su matrimonio con Fernando de Aragón. También ejerció como señora de Vizcaya. Se conoce también como Isabel la Católica, título que le fue otorgado a ella y a su marido por el papa Alejandro VI mediante la bula Si convenit, el 19 de diciembre de 1496.​ Es por lo que se conoce a la pareja real con el nombre de Reyes Católicos, título que usarían en adelante prácticamente todos los reyes de España.

Se casó el 19 de octubre de 1469 con el príncipe Fernando de Aragón. Por el hecho de ser primos segundos necesitaban una bula papal de dispensa que solo consiguieron de Sixto IV a través de su enviado el cardenal Rodrigo Borgia en 1472. Ella y su esposo Fernando conquistaron el Reino nazarí de Granada y participaron en una red de alianzas matrimoniales que hicieron que su nieto, Carlos, heredase las coronas de Castilla y de Aragón, así como otros territorios europeos, y se convirtiese en emperador del Sacro Imperio Romano.​

Isabel y Fernando se hicieron con el trono tras una larga lucha, primero contra el rey Enrique IV (véase Conflicto por la sucesión de Enrique IV de Castilla) y de 1475 a 1479 en la guerra de Sucesión castellana contra los partidarios de la otra pretendiente al trono, Juana.​ Isabel reorganizó el sistema de gobierno y la administración, centralizando competencias que antes ostentaban los nobles; reformó el sistema de seguridad ciudadana y llevó a cabo una reforma económica para reducir la deuda que el reino había heredado de su hermanastro y predecesor en el trono, Enrique IV. Tras ganar la guerra de Granada los Reyes Católicos expulsaron a los judíos de sus reinos.​

Concedió apoyo a Cristóbal Colón en la búsqueda de las Indias Occidentales, lo que llevó al descubrimiento de América. Dicho acontecimiento tendría como consecuencia la conquista de las tierras descubiertas y la creación del Imperio español.

Vivió cincuenta y tres años, de los cuales gobernó treinta como reina de Castilla y veintiséis como reina consorte de Aragón al lado de Fernando II. Desde 1974 es considerada sierva de Dios por la Iglesia católica, y su causa de beatificación está abierta.


Infanta de Castilla

Nacimiento

Isabel de Castilla nació á las 4.30 después del mediodía, del 22 de abril de 1451, día de Jueves Santo. Era hija del rey Juan II de Castilla y de su segunda esposa, Isabel de Portugal.

La demencia de la madre de Isabel resurgirá luego en su hija Juana (La Loca). Demencia de Isabel de Portugal. Isabel y su hermano Alfonso junto a su madre enferma. Museo San Carlos, México (Oleo de Pelegri Clave Roque, 1855)


Sus abuelos paternos eran los reyes de Castilla, Enrique III y Catalina de Lancaster, y los maternos, el infante Juan de Portugal, hijo a su vez de Juan I de Portugal, y de Isabel de Barcelos (de la casa de Braganza).

La fuente más importante que se conserva sobre el nacimiento es la carta que Juan II envió a la ciudad de Segovia anunciando el nacimiento:

«Os hago saber que por la gracia de Nuestro Señor este jueves próximo pasado la reina doña Isabel, mi muy querida y muy amada mujer, escaeció de una infanta, lo cual os hago saber para que deis muchas gracias a Dios«.​

La infanta nació en Madrigal de las Altas Torres, donde la reina Isabel de Portugal residía circunstancialmente, en el palacio que hoy ocupa el monasterio de Nuestra Señora de Gracia. Se trataba por entonces de una pequeña villa amurallada de realengo, dote de la reina, perteneciente a la jurisdicción de la tierra de la villa de Arévalo.

Actual monasterio de Nuestra Señora de Gracia, lugar de nacimiento de Isabel la Católica, en la localidad de Madrigal de las Altas Torres.

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Actual monasterio de Nuestra Señora de Gracia, lugar de nacimiento de Isabel la Católica, en la localidad de Madrigal de las Altas Torres.

Fue bautizada en la iglesia de San Nicolás de la misma Madrigal de las Altas Torres, recibiendo el nombre de su madre, que por entonces no era frecuente en Castilla. El lugar y la fecha de nacimiento han sido históricamente discutidos, teniendo en cuenta que cuando nació, nadie era consciente de la importancia que esa niña iba a tener en el futuro.


Primeros año

Isabel nació como infanta, pues el título de heredero y príncipe de Asturias correspondía a su hermano de padre, don Enrique, nacido veintiséis años antes, en 1425, del primer matrimonio del rey con su prima María de Aragón y que sucedería a Juan II como monarca. Dos años después del nacimiento de Isabel, el 15 o 17​ de noviembre de 1453, la reina volvió a dar a luz en Tordesillas un varón, el infante Alfonso, con lo que Isabel quedó relegada a un tercer lugar en la línea de sucesión.

El nacimiento de ambos infantes fue muy celebrada, especialmente la del infante, pues aseguraba la sucesión en el trono. El príncipe de Asturias estaba por entonces casado con Blanca de Navarra, pero carecían de hijos, y según los rumores, la princesa seguía «tan doncella como el día en que nació».


En sus primeros años de vida, Isabel acompañó a sus padres en sus continuos desplazamientos con la corte. Eran tiempos problemáticos donde la nobleza acaparaba una buena parte de la autoridad, apareciendo claramente separada en dos bandos: el del valido del rey, Álvaro de Luna, condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago y el del príncipe Enrique, alrededor del cual se aunaban un conjunto de aristócratas recelosos de la posición de don Álvaro. La reina Isabel, consciente de la posición secundaria en la que había quedado su esposo y sabedora de los abusos cometidos, usó su influencia y consejo sobre el rey, logrando finalmente minar la confianza que este tenía sobre don Álvaro, que fue arrestado, juzgado y degollado en la Plaza Mayor de Valladolid en 1453. Quedó victoriosa la otra facción, la que secundaba al príncipe de Asturias.

El rey Juan II murió el 22 de julio de 1454, cuando Isabel tenía solo tres años. En su testamento, redactado poco antes de su fallecimiento,​ el monarca regulaba su propia sucesión, pues en el siglo XV, los testamentos reales eran ley fundamental en estos asuntos.​ La corona recaía en su primogénito, don Enrique, que en caso de no dejar descendencia legítima, pasaría al infante Alfonso. En caso de fallecimiento de ambos sin descendencia legítima, ​«en tal caso aya e herede los dichos mis regnos la dicha infanta doña Isabel e sus descendientes legitimos.»


También se preocupó Juan II de dejar bien situados a sus dos hijos menores en su testamento. Se asignaba a Isabel la villa de Cuéllar y, muerta su madre, recibiría la villa de Madrigal, que volverían a la Corona una vez la infanta estuviera dotada y casada; y a partir de los diez años, una renta supletoria hasta que sus ingresos alcanzasen el millón de maravedíes. Sin embargo, por su condición de mujer, la herencia de Isabel quedó muy desigual con respecto a la de su hermano Alfonso, que recibía el maestrazgo de Santiago, con sus suculentas rentas, además de las localidades de HueteEscalonaMaquedaPortillo y Sepúlveda, a las que se añadirían Soria y Arévalo a la muerte de su madre. Este rico legado para su hijo menor podría dejar entrever las dudas del monarca difunto por la falta de descendencia del mayor tras muchos años de matrimonio. Pensando que así estaba colocando en una muy buena posición al futuro heredero del trono.

Otra de las disposiciones del rey fue establecer que la educación de ambos infantes recayera en dos notables religiosos, Lope de BarrientosCanciller mayor de Castilla y obispo de Cuenca, y Gonzalo de Illescas, prior de Guadalupe. La reina Isabel seguía siendo su tutora y la administradora de sus bienes, pero con el acuerdo de estas personalidades. Es posible que esta limitación de los derechos de la madre sobre los hijos se debiera a que la reina ya venía presentando síntomas de desequilibrio, y las crónicas de la época relatan que la muerte del rey la afectó tanto que su pérdida derivó en una enajenación mental.

Con el ascenso al trono de su hijastro, Enrique IV, la reina Isabel se instaló de forma definitiva en Arévalo, cuyo señorío le pertenecía como parte de sus arras matrimoniales. Allí, en el modesto palacio de Juan II, quedaron recluidos los infantes junto a su madre, como testigos de sus problemas mentales. Esta es una época de dificultades, incluso económicas, pues son muchos los cronistas que hablan de las carestías que tuvo que sufrir la futura reina en Arévalo, pues nunca se hicieron efectivas las disposiciones testamentarias del rey Juan. Sin embargo, a pesar de toda esta situación, parece que la reina se preocupó de dotar a sus hijos de una formación cultural y religiosa apropiadas.

Se creó en torno a las tres figuras reales una pequeña corte en la que entraron personalidades que después tendrían mucho peso en la vida de la joven Isabel. Especialmente destacable fue la figura de Gonzalo Chacón, que perteneció al círculo de Álvaro de Luna, y que se convirtió en preceptor de los infantes y una figura paterna. Estaba casado con Clara Álvarez de Alvarnáez, dama de origen portugués y camarera de la reina Isabel. Posiblemente en aquella época conoció a Beatriz de Bobadilla, hija del guardián del castillo de Arévalo, y que se convertiría en lo más parecido que Isabel la Católica tuvo a una amiga.

Otros importantes personajes fueron Gutierre de Cárdenas, su esposa Teresa Enríquez y el agustino fray Martín Alonso de Córdoba, que le dedicó su obra El Jardín de nobles doncellas para que le sirviera de orientación en su vida futura. También estaba allí Beatriz de Silva, dama portuguesa que llegó con el cortejo matrimonial de la reina Isabel, y a la que luego ayudaría en la fundación de la Orden de la Inmaculada Concepción y a la que donó el palacio de Galiana en Toledo.


Traslado a la corte

Entre 1461 y 1462, Isabel y su hermano Alfonso fueron trasladados a la Corte, que por aquel entonces se emplazaba entre Segovia y Madrid, debido, parece ser, a la inminente paternidad del rey Enrique. Allí la joven Isabel conocería desde un primer momento las intrigas palaciegas de una nobleza levantisca ansiosa de poder y retribuciones, dispuesta a retar la autoridad real. Por esa circunstancia, era primordial para el rey Enrique tener cerca a sus hermanos y herederos ahora que la sucesión del trono iba a cambiar, para controlarlos ante el temor de que fueran utilizados en su contra por sus enemigos.

La Corte de Enrique IV había estado dominada en un principio por sus principales consejeros y hombres de confianza, Juan Pachecomarqués de VillenaAlfonso Carrilloarzobispo de Toledo; y Pedro Girón, maestre de la Orden de Calatrava y hermano de Villena. Ellos habían estado a su lado desde que era príncipe de Asturias y estaba enfrentado a su padre, liderando un partido que pretendía mantener el poder de la nobleza. Obtuvieron beneficios económicos de su apoyo y dirigieron la política real. Sin embargo, posteriormente Enrique siguió una política de promoción de «hombres nuevos», como Miguel Lucas de Iranzo y Beltrán de la Cueva, a los que ascenderá bruscamente, otorgándoles importantes cargos honoríficos. Hombres como Pacheco y Carrillo opinaban que esta política les arrebataba algo que era suyo y lo calificaron como «mal gobierno».​

La cuestión de la incapacidad del rey para engendrar un heredero había sido un problema acuciante desde antes de comenzar su reinado, motivo por el que la historia lo ha llamado el impotente.

Después de 13 años de matrimonio, el rey decidió anular su enlace con Blanca de Navarra, a causa de la falta de descendientes. La situación era controvertida,​ pues el monarca aceptaba su impotencia, pero solo con su esposa, pues se incluyó en la sentencia la declaración de unas prostitutas que afirmaban haber mantenido relaciones con el rey. La conclusión fue entonces, que la impotencia del rey en ese matrimonio se debía a la reina, ya que a ella estaba «ligado» y no a otras.​

En Córdoba en 1455, en aras de una alianza con Portugal, Enrique volvió a contraer matrimonio con la hermana de Alfonso VJuana de Portugal.

Desde su matrimonio con Enrique IV, la reina Juana de Portugal fue consciente de la inestabilidad y las pretensiones de algunos nobles, así como de la debilidad de su esposo. Temiendo la influencia que esos aristócratas pudieran tener sobre los infantes y recelando de ellos por lo que consideraba el bien de su propia hija, mantuvo control sobre Isabel y Alfonso, haciendo que la acompañaran en todos sus desplazamientos. Mientras, el rey incumplía el testamento de Juan II y concedió Cuéllar, que debía haber sido de la infanta Isabel, a don Beltrán de la Cueva, a quien también otorgó el maestrazgo de Santiago, concedido al infante Alfonso. A la misma reina Isabel se le arrebató el señorío de Arévalo, para convertirlo en un ducado para Álvaro de Stúñiga.

A principios de 1462, la reina dio a luz una hija en Madrid, llamada como su madre, pero que ha pasado a la historia como Juana la Beltraneja. Fueron muchos los que dudaron de la paternidad del rey después de sumados los veinte años de sus dos matrimonios sin ninguna descendencia​. La rumorología la convirtió en hija del valido del rey, Beltrán de la Cueva, quien contaba con gran confianza del rey y que fue promovido al poco del nacimiento como conde de Ledesma, suponiéndose que se trataba del pago a un «favor».

Isabel ejerció como madrina de bautismo de la niña, que al poco fue jurada heredera por las Cortes, pasando la infanta a ser tercera en el orden sucesorio. Sin embargo, el marqués de Villena firmó un acta ante notario en la que declaraba que mediante engaños y amenazas había reconocido como heredera a quien «de derecho no le pertenecía». Al marqués se sumaron otros aristócratas que vieron la jura de la nueva heredera como algo ilícito. Este documento sería una arma que permaneció en secreto durante unos años, hasta que al marqués le interesó hacerlo público.


Revuelta de los nobles

En noviembre de 1464 se reunieron en Burgos un conjunto de nobles, entre los que están Pacheco, Carrillo y Alonso de Fonsecaarzobispo de Sevilla, y firmaron el Manifiesto de Quejas y Agravios. En ella acusaban al rey de menospreciar al clero católico, proteger a los infieles y alterar la moneda. Además decían defender los derechos del hermanastro del rey, el príncipe Alfonso, frente a las pretensiones de Enrique IV de hacer heredera a Juana, a la que, por vez primera, tachaban públicamente como ilegítima. Los consejeros del rey le recomendaron recurrir a las armas, pero él se avino a negociar y consiguió llegar a un acuerdo intermedio con los sublevados en el Pacto de Cigales o de Cabezón: se reconocería a Alfonso como heredero al trono y se le comprometía con su sobrina Juana, que era postergada como legítima reina sin que se precisase los motivos de su ilegitimidad. El que no se mencionase podría dar por hecho la preferencia del varón sobre la mujer. Además entregó la custodia de Alfonso a Pacheco, que de esta manera se hizo con un importante rehén. También se expulsaba a Beltrán de la Cueva de la Corte y se le hacía entregar el maestrazgo de Santiago, que sería devuelto a Alfonso.

Una vez solucionada la cuestión hereditaria, los nobles dictaron la Sentencia de Medina del Campo, para atender a sus reivindicaciones políticas. Entre ellas, se permitió a la infanta Isabel salir de la Corte y formar casa propia, mejorando su situación económica al entregársele las rentas de la villa de Casarrubios del Monte. Pero además incluían cláusulas que afectaban directamente al poder de la Corona, como la creación de un Consejo Real sin cuya aprobación no podría tomar ninguna decisión. Se trataba de un auténtico programa político que situaba a los grandes magnates del reino al mismo nivel que el rey.​

Enrique IV se mantuvo dispuesto a encontrar una solución negociada a la sucesión al trono, aunque personalmente se trataba de una humillación para él.​ Sin embargo se vio obligado a rechazar lo referente a las concesiones políticas, pues aquello dañaba claramente las prerrogativas de la Corona.

El rey declaró nulo el Pacto de Cabezón y se mostró dispuesto a ir a las armas. Buscó entonces una alianza con Portugal, tramitando el matrimonio de la infanta Isabel con el rey Alfonso V, esperando conseguir apoyo militar del monarca luso.​ El rey portugués era primo en segundo grado de Isabel y casi veinte años mayor que ella. Enrique logró reunirlos en el monasterio de Guadalupe, pero ella le rechazó, alegando la diferencia de edad entre ambos.

Muralla de Ávila, junto a la que tuvo lugar la farsa de Ávila


Mientras tanto, la liga de nobles declaró «tirano» al rey y decidieron sustituirlo por el que consideraban su heredero: el infante Alfonso.​ Así, el 5 de junio de 1465, tuvo lugar la llamada «farsa de Ávila». Se construyó una plataforma de madera en el exterior de las murallas de Ávila, donde sentaron a un muñeco que representaba al rey. Allí estaban el arzobispo Carrillo, el marqués de Villena, el maestre de la orden de Calatrava, el conde de Paredes, el conde de Plasencia, el conde de Miranda del Castañar, el conde de Benavente y otros nobles menores, rodeados de numeroso público.

Tras celebrarse una misa, se leyó una lista de acusaciones que a su juicio lo hacían indigno del trono. Entre otras cosas, se lo acusaba de mostrar simpatía hacia los musulmanes, de ser homosexual, cobarde, pacífico y de no ser el verdadero padre de la infanta Juana, afirmando así que no tenía derecho a sucederlo como reina de Castilla. Se procedió entonces a despojar al muñeco de los atributos de la realeza y comenzaron a lincharlo mientras lo insultaban, hasta que lo tiraron al suelo. A continuación subieron al tablado al infante Alfonso, un niño de doce años, y lo proclamaron rey como Alfonso XII, al grito de «¡Castilla por el rey don Alfonso!».

Tratando el tema de la sucesión, la postura del papa podría ser vital, de manera que ambos bandos enviaron emisarios a Paulo II, quien se inclinó por Enrique IV y mandó como nuncio a Antonio de Véneris. Además la mayoría de las ciudades y de la nobleza se colocan del lado del rey Enrique. Dándose cuenta de su inferioridad, una parte de los conjurados, encabezados por Fonseca y Pacheco, acuerdan un acercamiento con el rey, sumando sus fuerzas para acabar con cualquier conato de resistencia. Pero a cambio se exige el matrimonio de la infanta Isabel con el hermano de Pacheco, Pedro Girón, que abandona el maestrazgo de Calatrava, al que había sustraído importantes feudos en favor de sus hijos ilegítimos. De esta manera, Girón se colocaba en la línea de sucesión al trono. Se trataba de un caballero bastante mayor que ella y con fama de ambicioso y violento, tanto que según algunos rumores fue acusado de «profanar el retiro de la reina viuda, doña Isabel, con proposiciones de la más degradante naturaleza». 

El papa permite a Girón abandonar los votos y concede la bula de matrimonio, renunciando al maestrazgo en favor de otro de sus hijos, de ocho años. Siendo el enlace inminente, marchó desde Almagro hasta Madrid, donde se encontraba la infanta, con un ejército de 3000 hombres. Sin embargo, don Pedro enfermó de forma súbita y tuvieron que parar en Villarrubia de los Ojos, donde murió, al parecer de un repentino ataque de apendicitis. En 1468, Alfonso murió en Cardeñosa, quizás envenenado.

A pesar de las presiones de los nobles, Isabel rechazó proclamarse reina mientras Enrique IV estuviera vivo. Por el contrario, consiguió que su hermanastro le otorgase el título de princesa de Asturias en una discutida ceremonia que tuvo lugar en los Toros de Guisando, el 19 de septiembre de 1468, conocida como la Concordia de Guisando. Isabel se constituyó así como heredera a la corona, por delante de Juana, su sobrina y ahijada de bautismo, a quien parte de la nobleza no consideraba legitimada para ocupar el trono por las dudas que había sobre su paternidad. A partir de este momento, Isabel pasa a residir en Ocaña, villa perteneciente a don Juan Pacheco, marqués de Villena. El rey inicia contactos diplomáticos con otras casas reales para lograr un acuerdo matrimonial que le reporte beneficios.


Acuerdos matrimoniales

Armas combinadas de los Reyes Católicos

El soporte del águila de San Juan con nimbo fue usado ya en 1473 en el escudo de armas de Isabel siendo aún princesa. El lema o mote «Tanto monta…» explicaba la divisa personal de Fernando II de Aragón, que adoptó un yugo con un nudo cortado en alusión al nudo gordiano, que tanto daba (tanto montaba) desatarlo como tajarlo. La divisa propia de la reina era el haz de flechas.

Tras la unión de coronas, estos dos elementos pasaron al blasón común, que tomó elementos heráldicos de los dos consortes.​ Ya desde los tres años, Isabel había estado comprometida con Fernando, hijo de Juan II de Aragón.

Sin embargo, Enrique IV rompió este acuerdo, seis años más tarde, para comprometerla con Carlos, príncipe de Viana. El matrimonio no llegó a consolidarse, por la férrea oposición de Juan II de Aragón. También fueron infructuosos los intentos de Enrique IV por desposarla con el rey Alfonso V de Portugal, primo en segundo grado de Isabel y casi veinte años mayor que ella.

En 1464, logró reunirlos en el monasterio de Guadalupe, pero ella le rechazó, alegando la diferencia de edad entre ambos.


Más tarde, cuando contaba dieciséis años, Isabel fue comprometida con Pedro Girón, de cuarenta y tres años, maestre de Calatrava y hermano de Juan Pacheco; pero Girón murió por causas desconocidas mientras realizaba el trayecto para encontrarse con su prometida.

El 18 de septiembre de 1468, Isabel fue proclamada princesa de Asturias por medio de la Concordia de los Toros de Guisando, revocando Enrique IV de este modo el anterior nombramiento de su hija Juana. Tras la ceremonia, Isabel pasó a vivir en Ocaña, en contacto estrecho con la Corte. Enrique IV convino de nuevo el enlace entre Isabel y el duque de Braganza y rey de Portugal, Alfonso V, ya que en el Tratado de los Toros de Guisando se había acordado que el matrimonio de Isabel debía celebrarse con la aprobación del monarca castellano. La propuesta entrañaba también el proyecto de casar a su hija Juana con el príncipe heredero Juan, hijo de Alfonso V de Portugal. De esta manera, Isabel sería trasladada al reino vecino y, a la muerte de su esposo, los tronos de Portugal y de Castilla pasarían a Juan II de Portugal y su esposa, Juana. Isabel se negó.

Tras esto, el rey trató de que se desposara con el duque de Guyena, hermano de Luis XI de Francia; de nuevo Isabel se negó. El monarca francés pidió entonces la mano de Juana para su hermano, el duque de Guyena; Luis XI quería alejar al duque de su entorno por suponer una amenaza para él. Los esponsales se realizaron en 1470 en Medina del Campo, pero el duque murió en 1472 de tuberculosis, antes de conocer a la novia.

Mientras tanto, Juan II de Aragón trató de negociar en secreto con Isabel la boda con su hijo Fernando. Isabel y sus consejeros consideraron que era el mejor candidato para esposo, pero había un impedimento legal, ya que eran primos segundos (sus abuelos, Fernando de Antequera y Enrique III, eran hermanos). Necesitaban, por tanto, una bula papal que les exonerara de la consanguinidad. El papa, sin embargo, no llegó a firmar este documento, temeroso de las posibles consecuencias negativas que ese acto podría traerle al atraerse la enemistad de los reinos de Castilla, Portugal y Francia, todos ellos involucrados en negociaciones para desposar a la princesa Isabel con otro pretendiente.


Personas del entorno de Isabel falsificaron una supuesta bula emitida en junio de 1464 por el anterior papa, Pío II, a favor de Fernando, en la que se le permitía contraer matrimonio con cualquier princesa con la que le uniera un lazo de consanguinidad de hasta tercer grado. Isabel aceptó y se firmaron las capitulaciones matrimoniales de Cervera, el 5 de marzo de 1469.

Dispensa matrimonial otorgada por el papa Sixto IV a Fernando e Isabel en 1471, al ser primos segundos. Archivo General de Simancas.


Para los esponsales y ante el temor de que Enrique IV abortara sus planes, en mayo de 1469 y con la excusa de visitar la tumba de su hermano Alfonso, que reposaba en Ávila, Isabel escapó de Ocaña, donde era custodiada estrechamente por don Juan Pacheco. Por su parte, Fernando atravesó Castilla en secreto, disfrazado de mozo de mula de unos comerciantes. 

Finalmente, el 19 de octubre de 1469 contrajeron matrimonio en el Palacio de los Vivero de Valladolid.


El matrimonio costó a Isabel el enfrentamiento con su hermanastro el rey. En 1471 el papa Sixto IV envió al cardenal Rodrigo de Borja a España como legado papal para arreglar diversos asuntos políticos en la península, entre ellos este enlace. Con él trajo la Bula de Simancas, que dispensaba de consanguinidad a los príncipes Isabel y Fernando. ​Borja negoció con ellos: les daría la bula a cambio de que ellos le concedieran la ciudad de Gandía a su hijo Pedro Luis. Isabel y Fernando cumplirían su parte del trato en 1485.


Reinado

Proclamación de Isabel la Católica en Segovia, Francisco de Paula Van Halen.

Al morir Enrique IV, Isabel se proclamó reina de Castilla el 13 de diciembre de 1474 en Segovia, basando su legitimidad en el Tratado de los Toros de Guisando. Estalló entonces la guerra de Sucesión castellana (1475-1479) entre los partidarios de Isabel y los de su sobrina Juana. El Tratado de Alcaçovas puso fin a la contienda, reconociendo a Isabel y Fernando como reyes de Castilla a cambio de ciertas concesiones a Portugal. Tras la guerra Isabel mandó construir el monasterio de San Juan de los Reyes.​

Instruyó a sus hijos en que tenían unas obligaciones por su rango de hijos de reyes, y que debían sacrificarse mucho por ese motivo. Los llevó consigo durante las campañas militares, pero también veló siempre por su bienestar, como lo prueba su valor ante el motín que tuvo lugar en el alcázar de Segovia en 1476. Allí tenían instalada los reyes la Corte y allí vivía, en el alcázar, su primogénita Isabel bajo la protección y cuidado de su amiga Beatriz de Bobadilla y de su esposo, el alcaide Andrés Cabrera. Este era de origen judío, lo que en aquella época era fuente de tensiones raciales, y se le acusaba de querer aprovecharse de la confianza que los reyes le tenían, además de acusarle de malversación de fondos y de tiranía.

El tumulto se convirtió en motín cuando unos provocadores, disfrazados de campesinos y con armas ocultas, arengaron a la población para destituir al alcaide. Hacia el alcázar se dirigió una masa de gente furiosa, armada con herramientas de campesinos, palos y piedras. La reina se encontraba con el cardenal Mendoza cuando se enteró de lo ocurrido, pero ni uno ni otro tenían tropas suficientes para defender la plaza. Temerosa del riesgo que podía correr su hija, la reina subió a su caballo y, acompañada por tres guardias, cabalgó 60 kilómetros hasta Segovia. A la entrada, el obispo intentó detenerla por el gran peligro que corría, pero Isabel desoyó el consejo y avanzó hasta el alcázar. Entró y dejó las puertas abiertas para que entraran todos los amotinados para exponerle sus quejas. Tras estudiar las quejas, mantiene en el puesto a Andrés Cabrera. El pueblo de Segovia le guardó fidelidad a partir de ese momento.

Retrato anónimo de Isabel la Católica hacia 1490. Museo del Prado.


Durante las campañas militares de Fernando, la reina estuvo siempre en la retaguardia, acompañada de sus hijos y pendiente de proveer lo necesario. Su ayuda fue decisiva para la victoria castellano-aragonesa en la guerra de Granada,​ como lo demuestran los hechos de la rendición de Baza.

Sucedió que la ciudad llevaba cercada bastante tiempo, pero la población no quería rendirse y los soldados cristianos comenzaban a desmoralizarse por el largo asedio. El rey Fernando pide a su mujer que se presente en el campo de batalla para levantar la moral de las tropas. Así lo hace Isabel, haciéndose acompañar de varias damas y de su primogénita Isabel. El impacto de su presencia fue inmediato, no solo para las tropas cristianas, sino para la población asediada que inició su rendición, pero no ante el rey guerrero, sino ante la valerosa reina.​ Además, Isabel fue la precursora del hospital de campaña, al hacerse acompañar de personal médico y ayudantes para atender a los heridos en el campo de batalla.


Los Reyes Católicos en el acto de administrar justicia, de Víctor Manzano y Mejorada (1831-1865). Palacio Real de Madrid.


Creyó en los proyectos de Cristóbal Colón, a pesar de las muchas críticas y reacciones políticas adversas de la Corte y los científicos. Durante el reinado común con Fernando se produjeron hechos de gran trascendencia para el futuro del reino, como el establecimiento de la Santa Inquisición (1480), la creación de la Santa Hermandad, la incorporación del Reino nazarí de Granada, así como la unificación religiosa de la Corona hispánica, basada en la conversión obligada de los judíos, so pena de muerte o expulsión (Edicto de Granada, 1492) y más tarde de los musulmanes.

Carta de Cristóbal Colón a los Reyes Católicos, en que da su parecer sobre población y negociación de la isla Española y de las otras descubiertas y por descubrir. Sin fecha [Manuscrito]


Las Capitulaciones de Santa Fe fueron pactadas y firmadas por fray Juan Pérez, representante de Colón, y Juan de Coloma, secretario de Fernando el Católico.

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Las Capitulaciones de Santa Fe fueron pactadas y firmadas por fray Juan Pérez, representante de Colón, y Juan de Coloma, secretario de Fernando el Católico.



Tras el descubrimiento de América en 1492 comenzó el proceso de evangelización de los indígenas nativos, confiándole esta tarea a los monjes paulinos húngaros, que se marcharon a las nuevas tierras en los próximos viajes de Colón.​

Los reyes se preocuparon por la conversión y el trato justo de los amerindios. Limitaron la esclavización de los indígenas, iniciada por Colón a los casos previstos en las leyes castellanas de la época, y prohibieron, con poco éxito, el repartimiento de indios entre los españoles asentados en el Caribe.

Tras el fallecimiento el gobernador Ovando aprovechó el vacío de poder para instaurar la institución de la encomienda en la isla Española.​ Isabel y Fernando firmaron con Portugal el Tratado de Tordesillas (1494) que delimitó sus esferas de influencia en el océano Atlántico. Por deseo de los comerciantes urbanos creó la Santa Hermandad, cuerpo de policía para la represión del bandidaje, creando unas condiciones mucho más seguras para el comercio y la economía.

Documento firmado por los Reyes Católicos.


Para sus campañas militares contó con el servicio de Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán), que intervino en la conquista de Granada (1492), en las dos primeras guerras de Italia y en la toma de Cefalonia (1500).

La obra representa el momento en que Boabdil, que fue el último rey nazarí de Granada, rindió la ciudad de Granada en 1492 y entregó las llaves de la misma a los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón.

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La obra representa el momento en que Boabdil, que fue el último rey nazarí de Granada, rindió la ciudad de Granada en 1492 y entregó las llaves de la misma a los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón.

Dada la histórica implicación de la Corona de Aragón en Italia y por otra serie de razones​ (sus virtudes cristianas, la conquista de Granada, la expulsión de los judíos y la cruzada contra los musulmanes), Fernando e Isabel recibieron el título de Reyes Católicos, otorgado por el papa Alejandro VI, mediante la bula Si convenit, de 19 de diciembre de 1496. Dicho título fue heredado por los descendientes en el trono (tanto austrias como borbones), poseyéndolo actualmente el rey Felipe VI de España. El papa Alejandro VI le concedió la distinción honorífica de Rosa de Oro de la Cristiandad en 1500.

Al final de sus días, las desgracias familiares se cebaron con ella. La muerte de su madre Isabel, su único hijo varón y el aborto de la esposa de este, la muerte de su primogénita y de su nieto Miguel (que iba a unificar los reinos de los Reyes Católicos con el de Portugal); la presunta «locura» de su hija Juana (que desafió abiertamente a su madre en Medina del Campo) y los desaires de Felipe el Hermoso; la marcha de su hija María a Portugal tras casarse con Manuel I de Portugal y la incertidumbre de su hija Catalina tras la muerte de su esposo inglés, la sumieron en una profunda depresión que hizo que vistiera de riguroso luto el resto de su vida.


Muerte

Estaba la corte en Medina del Campo, cuando se declaró la grave enfermedad, una hidropesía, dijo como testigo Pedro Mártir. Consciente del desenlace, mandó que las misas por su salud se tornaran por su alma, pidió la extremaunción y el Santísimo Sacramento.

Doña Isabel la Católica dictando su testamento, por Eduardo Rosales, 1864, Museo del Prado.

Habiendo otorgado testamento a 12 de octubre, falleció poco antes del mediodía del 26 de noviembre de 1504, en el Palacio Real:

Isabel I de Castilla también dejó escrito en su testamento ser enterrada en el Convento de San Francisco, que estaba en la Alhambra de Granada. En el caso de que no pudiera concretarse así, la Reina señaló a San Juan de los Reyes en Toledo como el lugar donde descansar, y si tampoco fuera posible, en el Monasterio de San Antonio de Segovia.

“Y QUIERO y mando que mi cuerpo sea sepultado en el monasterio de San Francisco, que está en la Alhambra de la ciudad de Granada, rodeada de religiosos y religiosas de la dicha orden, vestida con el hábito del bienaventurado pobre de Jesucristo San Francisco, en una sepultura baja sin adorno, salvo una losa baja en el suelo, llana, con sus letras esculpidas en ella. Pero quiero y mando que si el rey mi señor eligiera sepultura en otra iglesia o monasterio de cualquier otra parte o lugar de mis reinos, que mi cuerpo sea allí trasladado y sepultado junto con el cuerpo de su señoría, porque el ayuntamiento que tuvimos en vida y que nuestras almas espero en la misericordia de Dios alcancen en el cielo, lo tengan y representen nuestros cuerpos en el suelo”.

Cuando el rey Fernando falleció el 23 de enero de 1516, su cuerpo fue enterrado también en el Convento de San Francisco en la Alhambra a la espera de que se finalizara la Capilla Real en la Catedral de Granada, mandada construir por la reina católica Isabel. Así se hizo el 10 de noviembre de 1521, cuando el emperador y rey Carlos, nieto de los Reyes Católicos, ordenó trasladar los restos de sus abuelos a la Capilla Real de Granada.

Allí descansan los restos de los Reyes Católicos Isabel y Fernando, a quienes el título de “católicos” les fue dado por el papa Alejandro VI en el año 1496 en razón de sus “egregias virtudes de señalado celo de la fe católica y devoción a la Iglesia Romana”.


“Se digan por mi alma veinte mil misas”

La Reina dejó otra disposición llamativa en su testimonio. Dejó escrito su deseo de que por su alma se dijeran “en iglesias y monasterios observantes de mis reinos y señoríos, veinte mil misas, donde a mis testamentarios pareciese que devotamente se dirán, y que les sea dado en limosna lo que a mis testamentarios bien visto fuere”.

En el sepulcro de los Reyes Católicos se puede leer el siguiente epitafio: “En este sepulcro de mármol descansan los dos esposo unánimes, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, derrocadores de la secta de Mahoma, aniquiladores de la herética pravedad, apellidados los Católicos”.


Primeramente fue inhumada en el monasterio de San Francisco de la Alhambra, el 18 de diciembre de 1504, en una sencilla sepultura, según su deseo. Poco después, sus restos mortales, junto con los de su esposo Fernando el Católico, fueron trasladados a la Capilla Real de GranadaSu hija Juana I y el marido de esta, Felipe el Hermoso, también reposan allí. Asimismo se enterró en este lugar a su nieto Miguel de la Paz, hijo del rey Manuel I de Portugal y a la infanta Isabel de Aragón, quien falleció poco antes de cumplir los dos años de edad. En el museo de la Capilla Real se encuentran la corona y el cetro de la reina, quien además dotó a la Capilla de un importante grupo de cuadros (aún in situ), de Sandro BotticelliDirk BoutsRogier van der Weyden y Hans Memling, entre otros, y muchas de sus pertenencias personales.


Testamento y sucesión

Testamento y codicilo de Isabel la Católica. La Reina dictó su testamento el 12 de octubre de 1504 y tres días antes de morir, el 23 de noviembre, firmó autógrafamente sus últimas voluntades en Medina del Campo. Biblioteca Nacional de España.

En su testamento la reina estipuló que, si bien la heredera del trono era su hija Juana, el rey Fernando administraría y gobernaría Castilla en su nombre al menos hasta que el infante Carlos, primer hijo varón de Juana, cumpliera veinte años.​ Después de los hijos de Juana, la línea sucesoria pasaría a María, la hija menor de Isabel, y solo después a Catalina.​

Sin embargo, la nobleza castellana no apoyó a Fernando y este optó por retirarse a Aragón. El gobierno de Castilla quedó entonces para el rey Felipe I, esposo de Juana, pero a los pocos meses murió repentinamente, y ello llevó a que Fernando fuese nombrado de nuevo regente. 

Juana fue encerrada en Tordesillas por su padre, que gobernó Castilla hasta su muerte en 1516. Le sucedió Carlos, hijo de Juana y nieto de Isabel y Fernando.

Por otra parte en su testamento Isabel les pidió a sus sucesores que se esforzasen en conquistar para el cristianismo el Norte de África continuando la reconquista peninsular ​ y que se convirtiese al cristianismo a los habitantes de América («las yslas y Tierra Firme del Mar Oçéano») y se les tratase justamente.​

El testamento original de la reina se conserva en el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe. Una copia se envió al monasterio de Santa Isabel de la Alhambra de Granada. Y otra, a la catedral de Toledo, aunque desde 1575 pasó al Archivo General de Simancas.​

En 1864 Eduardo Rosales representó el momento en el que la reina dicta su testamento en el cuadro Doña Isabel la Católica dictando su testamento.


Posteridad

Durante los siglos XVI y XVII la figura de Isabel fue relativamente eclipsada en la memoria histórica por la de su marido, el rey Fernando,​ al que los cronistas de aquellos tiempos pintaban de magnánimo, afable, templado y dispuesto a negociar, en contraste con el rigor e inflexibilidad que se proyectaba en los retratos de Isabel.​

A principios del siglo xix Diego Clemencín escribió un Elogio de la Reina Católica, que por primera vez se centró en la figura de la reina, a la que colmó de virtudes, relegando a su marido a un segundo plano. Esta obra influyó en todos los historiadores siguientes hasta al menos mediados del siglo xx.​

En 1815 el rey Fernando VII, tras regresar a España y restaurar el absolutismo, creó la Orden de Isabel la Católica, alta condecoración que sigue otorgando en la actualidad el Gobierno español. Más tarde, los liberales y románticos españoles del siglo xix tendieron a tener una imagen positiva de los Reyes Católicos, a los que consideraban los últimos monarcas nacionales.​

A partir de 1938, la dictadura de Francisco Franco utilizó profusamente en su propaganda la figura y los símbolos de Isabel la Católica.


En 1952 fue publicado por vez primera el texto de la bula Si convenit, que otorgaba a Isabel y Fernando el título de «católicos».​

En 1958 José García y Goldarazarzobispo de Valladolid, inició el proceso para la beatificación de Isabel. Creó un equipo de historiadores españoles a los que encargó escribir sobre los puntos más conflictivos de la biografía de la reina. Luis Suárez Fernández se encargó de la expulsión de los judíos y como resultado de su trabajo publicó varios libros. Otros miembros del equipo fueron Antonio Rumeu de Armas y Miguel Ángel Ladero Quesada.​

El historiador István Szászdi ha denunciado que los partidarios de la beatificación o algunos nacionalistas españoles han hecho desaparecer documentos históricos de los archivos que podían comprometer la legitimidad de Isabel como reina.​

El proceso de beatificación sigue su curso en la actualidad, sostenido por el apoyo económico de los herederos del empresario español radicado y fallecido en México Pablo Díez.​ Los partidarios de Isabel achacan que la Santa Sede no la haya beatificado a la oposición de un «grupo de presión judío».


Corona de Isabel y espada de Fernando de Aragón en Capilla Real, Granada


Pintura mural que representa la coronación de Isabel la Católica en la iglesia de San Miguel, plaza mayor de Segovia. Alcázar de Segovia.


Estatua ecuestre en el paseo de la Castellana de Madrid


Descendencia

Isabel tuvo al menos siete hijos con Fernando (el cual tuvo otros hijos antes, durante y después de su matrimonio con Isabel):


  • Juan (30 de junio de 1478-1497), príncipe de Asturias (1480-1497). En 1497, contrajo matrimonio con Margarita de Austria (hija del emperador germánico Maximiliano I de Habsburgo); murió de tuberculosis poco después. Tuvo una hija póstuma que nació muerta. Margarita se fue de España y se encargó por un tiempo de su sobrino Carlos, futuro emperador Carlos V.

Cortejo del bautizo del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, por las calles de Sevilla. Óleo de Francisco Pradilla (1910). Museo del Prado (Madrid).



  • Juana I de Castilla (6 de noviembre de 1479-1555), princesa de Asturias (1502-1504), reina de Castilla (1504-1555) con el nombre de Juana I, y popularmente conocida como Juana la Loca. En 1496, contrajo matrimonio con Felipe el Hermoso de Habsburgo (también hijo del emperador Maximiliano I). Con él entró una nueva dinastía en España, la de los Habsburgo, que formaban la Casa de Austria. Su primogénita fue Leonor de Austria (1498-1558). En 1500 Juana fue por segunda vez madre, esta vez de su primer hijo varón, el futuro Carlos I, quien la sucedería y sería también emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V. En 1503, dio a luz a Fernando, sucesor de Carlos en el Sacro Imperio como Fernando I, y restauró la rama austríaca imperial de la Casa de los Austrias. Mentalmente afectada por la muerte de su marido, fue recluida por su padre Fernando en Tordesillas, donde murió.



  • Catalina(16 de diciembre de 1485-1536), contrajo matrimonio con el príncipe Arturo de Gales en 1502, que murió pocos meses después de la boda. En 1509 se desposó con el hermano de su difunto marido, que sería Enrique VIII. Por lo tanto se convirtió en reina de Inglaterra; fue madre de la reina María I de Inglaterra, María Tudor.


Además tuvo un aborto, de un varón, el 31 de mayo de 1475, en la localidad de Cebreros y un bebé mortinato (29 de junio de 1482), gemelo o mellizo de María; las fuentes no son unánimes con respecto a su sexo.