Mueren las aguas del Nilo desparramándose en un extenso delta, abanico de vida y civilización. Antiguas ciudades de renombre con ecos de pasado esplendor. Alejandría, ¿dónde están las bibliotecas, los palacios, los jardines?, construcciones abandonadas, algunas hechas escombros, otras han dado paso a grandes edificios blancos, a monótonas plazas, bulevares y casinos; ciudad (a los ojos del viajero) pesada, fastidiosa, vulgar, insalubre y fea, nada queda de su antiguo apogeo que la situaba, junto a Atenas y Roma, como centro del lujo, las letras y el comercio del Mediterráneo. De distinta manera se ve El Cairo, puerta del Delta, capital histórica, administrativa y política; ciudad colorida y luminosa que estimula la imaginación; los barrios, las calles, las casas, el ambiente son descritos con un vago aspecto a como lo vemos en los viejos grabados o en las ilustraciones fantásticas de Gustave Doré: bazares, rincones, plazuelas, callejones, muchedumbres de túnicas y velos, damas de harén, gordos eunucos negros, encantadores de serpientes, viejos comerciantes, fumadores de opio, derviches, pachás, etc. Al viajero occidental se le oculta la verdad de la vida cotidiana bajo una malla de agasajos, cumplidos, rutas guiadas y sobornos; el soborno es una costumbre arraigada en la sociedad egipcia, está en su ADN, mueve la voluntad del más poderoso hasta el más insignificante, del rico y del mendigo, del noble y del campesino; sin el soborno nada funcionaría: todo se allana, todo se simplifica, todo se concede, todo se cumple con el soborno; denuncia el narrador.
Egipto es un territorio de paso hacia África y Persia codiciado por las grandes potencias europeas. Aprovechando las contradicciones de la política interior egipcia, los europeos se han ido infiltrando en todos los rincones de la administración; en la economía, en la industria, en el comercio se defienden intereses extranjeros con dinero egipcio. Aunque pertenezcan a las clases altas y cultas, el eurocentrismo considera a los egipcios una raza inferior, fuerza de trabajo barata; y los egipcios miran a los europeos como una plaga dispuesta a devorar sus riquezas. La apertura del Canal de Suez supone un camino directo hacia la India, circunstancia que desata las ambiciones del colonialismo inglés. Justificando un motivo pueril, con el apoyo de una prensa británica sensacionalista y manipuladora que exacerba la insolencia nacionalista, y ante la pasividad del derecho internacional, se interviene militarmente un país, se le convierte en un protectorado y a sus habitantes en súbditos. El colonialismo inglés -escribe el autor- se parece mucho a la política primitiva de los emperadores persas: ser fuerte, caer sobre el débil, destruir su vida y arrebatarle sus bienes. Algo que por desgracia suena a plena actualidad.