Journey to nowhere. Memento mori.

Por Zogoibi @pabloacalvino

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Poysdorf es sólo un pueblo de frontera, pero con un tráfico considerable, por estar sobre la ruta principal entre Viena y Brno (estas cuatro letras no son una abreviatura de Barcelona, sino una ciudad checa que se llama así, Brno, por tonto que parezca). Tráfico por el cual la Unión Europea lo ha compensado con unos caramelitos, es decir subvencionando un parquecillo y -desde luego- costeando el asfaltado de la carretera. Pero si logramos darle la espalda al continuo pasar de vehículos y olvidarnos de ellos, resulta un pueblo con cierta gracia.

Salí de Viena por la mañana, tras mi breve estancia logística allí, y he decidido hacer noche antes de la frontera (aunque sólo he recorrido sesenta y cinco quilómetros hoy) porque tengo pensado cruzar mañana Chequia de un tirón sin detenerme a tomar ni un café. Nada en contra de los checos, pero para sólo un día no me vale la pena cambiar moneda ni intentar familiarizarme con otro país.

El hotel que he buscado en Poysdorf por internet, Eisenhuthaus, me complace desde el primer momento: una casa renovada con habitaciones grandes e impecables pero no suntuosas, un luminoso y tranquilo patio-terraza interior de aspecto mediterráneo, y unas empleadas simpáticas y serviciales. Como he llegado pronto y tengo toda la tarde por delante me doy un largo paseo por el campo, sembrado de viñedos. Esta región de Austria es vinícola, y en Poysdorf hay un par de bodegas cuyos caldos probaré después.

Al regresar de la caminata vengo a dar de bruces al cementerio del pueblo y se me antoja hacerle una visita. No soy un necrófilo, pero me gusta entrar en los camposantos de vez en cuando porque me ayuda a centrarme, a relativizar las cosas y tomar perspectiva de la vida; me imbuye cierta calma, pese al dolor emocional con el que contemplo siempre la idea de la muerte.  Me resulta útil -creo- este memento mori, recordar que vamos a morir, y que todas nuestras ambiciones y luchas, esfuerzos y esperanzas, cuitas y alegrías, todos nuestros amores, amistades y familia, las metas, los éxitos y también los fracasos, el conocimiento y sabiduría atesorados a lo largo de fatigosas décadas, el placer y el dolor… recordar que todo eso se lo tragará la nada en un instante infinitesimal, el último suspiro tras el que ni siquiera quedará el absurdo de todo ello, ni un recuerdo -a la larga- en la memoria de nadie. ¡Y triste consuelo sería aunque este recuerdo quedase!

Humilde cruz de hierro en el cementerio, junto a la Iglesia.

Memento mori. Una lápida cualquiera en el cementerio de Poysdorf.

Mas, pasado este instante sombrío, digamos: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Puesto que aún estamos aquí, ¡vengan esos vinos austriacos! Pido en el restaurante un par de ellos al azar, blancos, seco y semi-seco, que encuentro de muy buen paladar. No es que entienda yo mucho de vinos; más bien sólo sé, como dice aquel, si me gustan o no me gustan. Pero tengo ya probados varios cientos y, desde luego, estos de Poysdorf no han desmerecido en absoluto. Me apunto la región en la memoria.

Al día siguiente subo a lomos de Rosaura y, como he dicho, nos lanzamos a cruzar Chequia de un tirón. Justo al salir de Austria el marcador me indica que ya he dejado atrás, bajo las ruedas de la moto, cuatro mil quilómetros en este viaje a ninguna parte. No habiendo fijado un destino, ¿cuántos me quedarán por delante?

En cuanto llego a Polonia me siento como en casa. No es mi primera vez aquí, desde luego. Polonia es mi patria chica, un país que me ha visto gozar y sufrir casi como ningún otro, que me ha regalado sin medida glorias y sinsabores. Y es al entrar de nuevo cuando me doy cuenta de que, sin saberlo, lo había escogido como primera meta en este viaje. Por otra parte, también “ayuda” a sentirse en casa el hecho de que este, como España, es un Estado policial: aquí vuelve uno a encontrarse con la vigilante burocracia administrativa, la presencia de la policía en las calles (aunque por suerte no en las carreteras, de modo que los españoles seguimos en cabeza) y el control de la documentación al registrarse en los hoteles.

Poczta Polska, el servicio postal polaco.

Apenas a ocho quilómetros de la frontera encuentro un pequeño pueblo llamdado Międzylesie, y en él un desfasado hotel llamado Zamek, que significa castillo, o palacio en este caso. Su decadencia me cautiva al primer golpe de vista, con esos grandes salones y oscuros pasillos, el mobiliario anticuado, la música de los 70, enormes habitaciones de altas ventanas, todo en madera vieja. Un lugar silencioso es, que más parece monasterio que hotel. Mi cuarto mira justo sobre la terraza del restaurante en el gran recinto interior, donde unas mujeres se afanan en labores caseras de restauración y unos hombres queman, en mitad del césped, algunas maderas. Pero las voces y los ruidos parecen venir de muy lejos, como si el aire estuviese enrarecido y el sonido viajase más despacio aquí.

El hotel Zamek Miedzylesie.

El sitio está casi vacío, y en los tres días que paso aquí, porque me siento la mar de a gusto, no me cruzo con otros clientes que un matrimonio de mi edad y su hija, una jovencita muy mona y con buen tipo que se pasea delante de mí, como quien no quiere la cosa, para que yo la mire. Y yo la miro, sí, pero con el rabillo del ojo; finjo ignorarla para no alimentar su vanidad.

En la primera tarde, mientras reconozco el pueblo, tomo únicamente dos fotos; y al revisarlas después me doy cuenta de que casualmente encierran, ellas solas, una gran parte de la realidad social polaca. Si tuviera que resumir este país en sólo un par de imágenes, esta combinación podría ser idónea.

La primera refleja la veneración de la nación polaca al beatificado papa Juan Pablo II: no hay prácticamente una sola localidad que no tenga como mínimo una imagen o estatua suya.

Polonia venera a Juan Pablo II.

La segunda capta una escena repetida hasta el hartazgo en las calles y parques de este agridulce país: un grupito de hombres bebiendo cerveza, desafiantes, a menudo descamisados y siempre, siempre con la palabra kurwa (puta) en la boca, casi el único contenido de sus mensajes.

A esto lo he acuñado yo como “kurwing around”.

A la mañana del tercer día preparo las maletas y me despido del hotel. El matrimonio y su hija se fueron ayer, dejando una mayor sensación de soledad aún. Y yo me dirijo hacia el norte, a Breslavia, y después más allá, hacia la tediosa llanura polaca.

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