Juan palafox y mendoza

Por Joseantoniobenito

VIRREY, ARZOBISPO Y SANTO: Juan Palafox y Mendoza

Este cinco de junio se ha proclamado beato a una de las personalidades más polifacéticas de los españoles en América: asceta, pastor, jurista, político, escritor, defensor del indio y del clero secular, promotor del arte sacro, bibliófilo, santo. También extraña: hijo natural de una viuda que después será carmelita, se ganó la animadversión de los jesuitas que le acusaron al propio Vaticano y lograron que le depusieran del gran arzobispado de Puebla al pequeño de Burgo de Osma. Lo fue todo en México, y al mismo tiempo: virrey, arzobispo, gobernador, capitán general, juez…Nunca pensó que le aplicarían su consejo que "las personas se han de buscar para los puestos y no los puestos para las personas, mirando qué sujeto conviene a aquel reino, no qué reino le conviene a aquel sujeto"; de hecho, en la Corte de Madrid, replicó a su primo el Marqués de las Torres: "Marqués mío, no te asombre/ ría y llore, cuando veo/ tantos hombres sin empleo, /tantos empleos sin hombre".

VIDA PLENA

Juan de Palafox y Mendoza fue hijo natural, fruto de una relación ocasional del marqués Jaime de Palafox y Rebolledo (1560-1625 con Ana de Casanate y Espés. (1570-1638), una viuda noble con dos hijas v que desde 1602 sería carmelita descalza ejemplar en Tarazona y Zaragoza.

Nació un 24 de junio de 1600 en el pueblo navarro de Fitero. Y, como nuevo Moisés, fue abandonado de inmediato al aire libre en una cesta, ya de anochecida una criada tomó al niño y se dirigió al río, con intención de arrojarlo al agua. Pedro Navarro paseaba providencialmente por allí, sospechó  y al ver al bebé vivo, se lo llevó a su casa y lo crió durante nueve años. Pasado el tiempo, tanto la madre como el padre del pequeño acudirán en su ayuda, con discretos socorros. En 1609, el padre reconoció al hijo. Trasladado Juan a Ariza, ese mismo año el Obispo de Tarazona –Don Diego de Yepes, confesor de Santa Teresa de Jesús y de Felipe II– le confirió la prima tonsura. De 1610 a 1615 residirá en el seminario de San Gaudioso de Tarazona, mientras realiza estudios en el vecino colegio de la Compañía de Jesús. Frecuentará después las Universidades de Huesca, de Alcalá y, desde 1617, de Salamanca, donde en abril de 1620 alcanzará el grado de bachiller en Cánones.

Acabados los estudios, recibe de su padre el encargo de gobernar el marquesado de Ariza, y en 1625, muerto su padre, Juan de Palafox asume la tutoría de sus tres hermanastros. Meses después acude con Francisco –tercer Marqués de Ariza– a las Cortes de Aragón, convocadas por Felipe IV. Allí descubre su valía el Conde-Duque de Olivares y le propone irse a Madrid: será fiscal del Consejo de Guerra (y sus hermanos, meninos de la Reina). Afirma Palafox en sus Confesiones que, después de dejar Salamanca, «se dio a todo género de vicios, de entretenimientos y desenfrenamiento de pasiones... de suerte que llegó un año a no cumplir con la Iglesia». Llegado a Madrid, dejó los hábitos clericales y a punto estuvo de contraer matrimonio. Todo cambió en 1628. Una grave enfermedad de su hermana Lucrecia y la muerte sucesiva de dos grandes personajes le hicieron exclamar: «Mira en qué paran los deseos humanos, ambiciosos y mundanos». La conversión fue radical. Junto a la oración y a la frecuencia de sacramentos, se impuso una durísima Regla de penitencia voluntaria, que seguirá el resto de su vida: dormir en tabla, levantarse a las tres de la madrugada, ayunos rigurosos, ásperas disciplinas y varios cilicios diarios..., «todo con el consejo de su confesor –dice–, a quien estaba muy obediente y sujeto». Y todo mientras, con infatigable vigor, acometía su trabajo cotidiano. En abril de 1629 es ordenado sacerdote, tras recibir una a una las Órdenes previas. En 1633, Palafox obtiene en Sigüenza los grados de Licenciado y Doctor.

ARZOBISPO DE PUEBLA, VIRREY DE NUEVA ESPAÑA

Entre tanto, su carrera política prosigue brillantemente, con sucesivos honores y nombramientos, hasta ser preconizado Obispo de Puebla de los Ángeles y nombrado Visitador General de los reinos y tribunales de Nueva España, sin dejar por ello de pertenecer al Consejo de Indias. En México vivirá nueve años, en los que su ingente capacidad de trabajo y su prudencia de gobierno abordarán espinosos asuntos políticos y eclesiásticos.  Allí le tocará actuar como visitador y como Virrey durante medio año hasta la entrada de su deseado sucesor. En 1647 comenzó lo que Sor Cristina de la Cruz Arteaga –su gran biógrafa-califica como «la más grave contienda de las que sostuvo en Nueva España", la que tuvo con los Jesuitas, quienes al confesar y predicar sin pedir licencias, provocó un tortuoso litigio, que le llevó a ser excomulgado por unos jueces usurpadores y, ante el grave peligro para su vida, hubo de esconderse cinco meses en una casa de campo.

La labor en Puebla del Obispo Palafox resulta colosal. Visitó en mula el inmenso territorio, del Atlántico al Pacífico, hasta el último rincón. Ordenó por completo la diócesis, estableciendo prefecturas para su mejor gobierno. Logró la reformación del clero secular y regular y de los conventos de monjas. Escribió numerosas pastorales, extensas y didácticas, aparte de muchos libros, entre ellos El pastor de Nochebuena. Se volcó en tareas educativas, para la elevación cultural y social de todos. Entre otros, erigió los Colegios de San Pedro –para indios– y de San Pablo –para jóvenes sacerdotes– que, junto con el de San Juan, conformaron el Seminario Palafoxiano, al que legó la espléndida Biblioteca Palafoxiana, admirable todavía hoy. Levantó en la diócesis al menos 44 templos, muchas ermitas y más de cien retablos, además de notables edificios en la ciudad de Puebla (que también le debe parte del trazado de su casco histórico). Y todo ello mientras afrontaba importantes cargos civiles, proseguía su intensa vida de oración y de penitencia, y empeñaba hasta el último céntimo en los necesitados. Obra emblemática de su paso por Puebla es la magnífica catedral de cinco naves. Trazada por Juan de Herrera hacia 1550, en 1640 llevaba veinte años abandonada y sus muros apenas llegaban a la mitad de los sillares. Palafox reanudó las obras, dando trabajo a más de 1.500 obreros. Para ello, aportó dinero de su peculio, recabó ayuda económica y dejó en buenas manos la administración. Se esmeró también, con gran sentido artístico, en el ornato del templo. El 18 de abril de 1649 pudo al fin consagrarlo.

Una campaña en su contra le llevó a ser destituido del arzobispado. Sin embargo, le tenían tal devoción que en 1653, para evitar el peligro de un culto indebido por parte de los indios, la Inquisición mandó retirar los retratos de Palafox, ¡sólo en Puebla se recogieron más de seis mil!

El Rey Felipe IV le recibió en Madrid «con agrado más que ordinario», aunque pasó casi cuatro años relegado en la Corte. Aprovecha el tiempo escribiendo grandes libros como De la naturaleza y virtudes de los indios. En junio de 1653, el Rey lo preconiza por sorpresa Obispo de Osma, en la que toma posesión el 7 de marzo de 1654. En los cinco años de vida que le quedan dejará un rastro imperecedero: elevará notablemente el nivel espiritual de la diócesis –comenzando por el cabildo, donde instauró con tacto el rezo diario del Rosario–; dará ejemplo constante de ascetismo; será generoso hasta el extremo con los pobres, y escribirá numerosas pastorales y varios libros más, entre ellos sus Confesiones autobiográficas. También redactará valiosos informes: uno de ellos, a propósito de un litigio sobre la inmunidad eclesiástica, servirá de pauta de actuación a todos los obispos españoles. En 1653 escribe el prólogo a la primera biografía de Santo Toribio, la escrita por A. León Pinelo del que destacará su "excelente celo del bien de las almas; su fervor, para seguirlas, buscarlas y llevarlas a Dios, heroicos; la pureza de su vida y costumbre, admirable; la grandeza de ánimo y la paciencia en las mortificaciones y persecuciones, que acompaña frecuentemente nuestro estado, rarísima el tenor de su constante virtud y ejemplo, desde el principio al fin de la vida, igualísimo" En junio de 1659, a poco de terminar su tercera visita pastoral a la diócesis, Palafox cae enfermo. Austero y penitente hasta el fin, no consiente en mudarse a mejor cama. Fallecerá santamente el 1 de octubre en El Burgo de Osma, sin poder legar a sus deudos más que los pocos objetos imprescindibles que le quedaban.
La fama de santidad, de la que Palafox gozó ya en vida, se tradujo a su muerte en una pronta solicitud popular de beatificación. Tan insistente que sólo siete años después, en 1666, se inició el proceso canónico en Osuna, y en 1688 en Puebla de los Ángeles.

La capilla del Venerable Palafox, erigida a fines del siglo XVIII, es una de las reliquias de la catedral de El Burgo de Osma. Data de 1772, cuando su beatificación parecía inminente, puesto que el propio Papa Clemente XIV había sido ponente en la Congregación antepreparatoria sobre la heroicidad de las virtudes del Venerable. Para los gastos de construcción, Carlos III aportó de su peculio mil doblones de oro. El mismo Rey regaló la gran estatua de mármol de Carrara de la Inmaculada Concepción –devoción predilecta de Don Juan de Palafox–, que preside la capilla y a quien finalmente se dedicó. A los pies de esa imagen reposan desde 1973, casi anónimamente, los restos del Venerable.