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La boda de Perón e Isabel, de las excusas para no casarse a las lágrimas por sentirse solo y la presión de la Iglesia

Publicado el 26 septiembre 2022 por Adribosch @AdriBoschMarti

Sucedió en 1961. El general era renuente a la boda y esgrimía pretextos que incluían el cadáver secuestrado de Evita. Pero al ambiente católico y franquista que frecuentaban lo perturbaba que Perón presentara a Isabel como su novia. "¿Cómo explica usted a un hombre que vive con una mujer durante tantos años cuando no es su esposa?", le requirió su padre confesor. Cómo el casamiento le posibilitó la pax con El Vaticano

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La boda de Perón e Isabel, de las excusas para no casarse a las lágrimas por sentirse solo y la presión de la Iglesia

Recién llegado a España, en 1960, luego de un trasegar durante casi cinco años por Panamá, Venezuela y República Dominicana, Juan Domingo Perón recogió las simpatías de los falangistas, quienes lo consideraban un líder nacionalista, continuador de las ideas de José Antonio Primo de Rivera.

Aún así, el Generalísimo Francisco Franco ordenó a los suyos que no se le diera a Perón más trascendencia de la que -obligada cortesía- se merecía por haber enviado trigo y carne cuando el pueblo español lo había necesitado, en el año 1947, cuando el franquismo estaba aislado de la comunidad internacional.

Luego de hacerlo pasar tres meses en el agreste retiro en Torremolinos, en la Costa del Sol, a orillas del mar Mediterráneo, Franco aceptó que Perón residiera en una modesta casa del norte de Madrid, en el barrio El Plantío, que el empresario argentino Jorge Antonio se ocupó de alquilar y amoblar.

Para este caso, las condiciones de Franco fueron dos: que se abstuviera de intervenir en la política argentina, y que no hiciera mención alguna a la coyuntura española. Como Perón ignoró en forma sistemática la primera de las prohibiciones, el Generalísimo lo enviaría "a veranear" en media docena de oportunidades a Galicia o a la costa del Mediterráneo.

El primero de esos obligados viajes de placer sucedió el 7 de julio de 1960, cuando el presidente Arturo Frondizi fue recibido por el Generalísimo y Perón debió alejarse de Madrid, como ya había sucedido en 1956, cuando el gobierno de Panamá le recomendó que abandonara el país por unos días, ante la visita del general Pedro Aramburu.

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Desde su nuevo hogar en la capital española, el Perón estrechó su contacto con Emilio Romero, director del diario Pueblo, y por su intermedio accedió a algunas relaciones culturales e intelectuales del ambiente falangista. También continuó su amistad con el teniente coronel Enrique Herrera Marín, ya vuelto de su misión en la República Dominicana. Fue precisamente el militar español quien acercó a Perón a su vecino, el teniente coronel médico endocrinólogo Francisco Florez Tascón, director del Hospital Militar, un médico de culto que escribía libros de historia y estaba muy bien considerado dentro del franquismo, al igual que su esposa María Dolores Sixto Sanz de Florez Tascón, que oficiaba de secretaria del obispo de Madrid y patriarca de las Indias, monseñor Leopoldo Eijo Garay, cerrado defensor del régimen de Franco.

Si se tiene en cuenta que desde hacía algunos años Perón intentaba dilucidar si había sido excomulgado o no por el papa Pío XII -por violar el canon 2334 de la ley canónica al expulsar de la Argentina a los obispos auxiliares Manuel Tato y Manuel Novoa en junio de 1955-, y, también, que enviaba emisarios para apaciguar los rencores de la Iglesia Católica, se puede deducir que ese núcleo de relaciones sociales le interesaba.

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Perón también debía entregar algo a cambio para ser aceptado: Florez Tascón podía presentarlo entre su círculo de amistades como un ex presidente en desgracia, pero lo incomodaba aceptar que convivía con su secretaria -tal como la presentaba a Isabel Martínez- sin legalizar la relación.

Naturalmente, esto era "un pecado", y el devoto militar médico no dejaba de recordárselo.

Durante casi dos años del exilio en España, Perón intentó escapar al compromiso matrimonial con Isabel. Siempre ponía como obstáculo el cadáver de Evita. Le explicaba a Florez Tascón que, mientras el cuerpo de su esposa continuara desaparecido, no le haría un favor a su memoria contraer un nuevo matrimonio. Pero el médico se mantenía firme en su creencia:

-Tú te tienes que casar con Isabelita y Evita aparecerá cuando llegue el momento.

Perón creía que la Iglesia Católica no le concedería el sacramento luego de cinco años de convivencia Isabel Perón, a la que había conocido en los primeros meses de su forzado exilio en Panamá en los últimos días de 1955. No obstante, a pesar de todos los impedimentos y las argucias, deseaba recomponer las relaciones porque creía que jamás podría volver al poder si no lograba saldar los rencores con Roma.

"Quien come curas, come veneno", dice el refrán. Durante su exilio, Perón siempre lo recordaba. Quizá la posibilidad de ser absuelto por el Vaticano era lo que más lo inclinaba en la dirección del matrimonio.

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En España, Perón retomó su vinculación con la Orden de la Merced.

A fines de la década del treinta, cuando era agregado militar en Roma, había frecuentado a los frailes para mitigar sus desfallecimientos espirituales, y los mercedarios le brindaron protección y paz. La relación continuó hasta el punto de que el padre Moya fue asesor religioso durante su gobierno, aunque llegado el momento nada pudo hacer para evitar el enfrentamiento de Perón con la Iglesia.

El hombre que retomó la confesión en Madrid en 1960 estaba menos animado por las turbulencias políticas que por las sentimentales. Cuando Perón visitó la parroquia mercedaria de la calle Silva, le confió al fraile prior Elías Gómez y Domínguez que se sentía muy solo. No encontraba su lugar ni a nadie que lo comprendiera.

-He tenido muchas mujeres, pero de ninguna he recibido el cariño que esperaba. ¡De ninguna! -le dijo.

El fraile vio en ese hombre público genial a un ser desangelado, sumido en una profunda soledad. Un Quijote perdido, sin voluntad ni carácter, que siempre era mandado por quien estuviera a su lado. Perón vivía desengañado.

En entrevista con el autor de este artículo, Gómez y Domínguez recordó haberle dicho a Perón lo que ningún obispo hasta entonces se había animado: si no se casaba con Isabel, tendría a cualquier orden para servirlo, pero no a la de los mercedarios.

-Usted vive junto a esa mujer en concubinato, y como sacerdote no puedo admitírselo.
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El fraile intuía que Perón no quería a Isabel, y tampoco ella a él. Pero si no había un compromiso emocional entre ambos y no deseaban casarse, tampoco podían seguir viviendo juntos. La orden no podía aceptarlo en esa condición.

-Yo soy su confesor, y no puedo adularlo como lo hicieron tantos otros. A usted le faltaron asesores que le dijeran la verdad. El problema de ser una montaña es que hasta la cima no llega más que el humo. ¿Cómo explica usted a un hombre que vive con una mujer durante tantos años cuando no es su esposa? -preguntó.

Perón comenzó a llorar:

-Usted es el único que me ha puesto de rodillas, padre -le dijo.

Impulsada por la amistad y la religiosidad de Lola Florez Tascón, y acompañada por ella misma en el convento, Isabel ofrendó a la Virgen de la Merced un manto que le habían enviado mujeres peronistas de La Rioja, la tierra donde había nacido. La publicación de la foto de ese sencillo acto en la revista interna de la orden desató el escándalo. ¿Cómo una revista religiosa podía dar publicidad a una mujer que hacíavida marital con un hombre excomulgado?

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El nuncio Antoniutti, que estaba convencido de la vigencia de la excomunión de Perón y se irritaba al verlo en los oficios religiosos desempeñándose como padrino de bautismo, puso el grito en el cielo. El canon 2263 prohíbe a los excomulgados participar en actos eclesiásticos. A pesar de ello, Perón fue padrino de Juan Cernuda, hijo del poeta Amancio Cernuda, en un oficio celebrado en la iglesia Nuestra Señora de las Angustias de Madrid. También apadrinó a la hija de Héctor Villalón, quien por entonces financiaba a grupos juveniles de la izquierda peronista.

La presión conjunta de su círculo de amistades y de la orden de los mercedarios fue torciendo la voluntad de Perón. Y tanto los Florez Tascón como el mismo padre Gómez impulsaron al obispo de Madrid, Eijo Garay, a buscar un resquicio en la interpretación de las leyes canónicas que permitieraredimir al cautivo y llevar adelante la boda. Era el único que podía subsanar el problema, y el que mayor respaldo eclesiástico y político tenía para asumir las consecuencias.

Eijo Garay recomendó la única solución que consideraba posible: un casamiento en secreto. La ceremonia debía celebrarse con la mayor reserva, lo que permitiría a la pareja llevar ante la sociedad la idea de que se había celebrado años atrás. En adelante se debía informar que Perón e Isabel estaban casados. Ni una palabra más. El dato de que antes de la boda vivían en concubinato los desprestigiaba a todos.

En términos eclesiásticos, el matrimonio no sería inscripto en ningún registro parroquial de Madrid, pero sería canónicamente válido. Y además tendría plena efectividad, por lo que la novia no perdería los derechos sucesorios de su marido.

La boda de Perón e Isabel, de las excusas para no casarse a las lágrimas por sentirse solo y la presión de la Iglesia

El 15 de noviembre de 1961, Perón e Isabel se casaron en la casa de Florez Tascón, en Cea Bermúdez 55, en una ceremonia oficiada por el cura Elías Gómez y Domínguez.

A partir de ese día, Perón fue legitimado socialmente por su círculo de relaciones e Isabel le pidió a Rosario Álvarez Espinosa, la mucama que había traído del hotel de Torremolinos, y también a Amparo, la cocinera, que la llamaran "Señora". Para esa misma Navidad, los cónyuges enviaron con orgullo a sus más íntimas amistades una tarjeta de salutación firmada con los nombres de Juan D . Perón y María Estela Martínez Cartas de Perón.

La pax con la Iglesia era un tema de real interés para Perón. Ya había enviado sucesivamente al empresario Jorge Antonio y al dirigente peronista Raúl Matera a Roma, en 1962, como portadores de una carta al papa Juan XIII, que decía: "Beatísimo Padre, el que suscribe, Juan Domingo Perón, temiendo haber incurrido en la excomunión speciali modi, reservada, conforme a la declaración de la Santa Congregación Consistorial, del 16 de junio de 1955, sinceramente arrepentido, pide ad cautelam la absolución".

El obispo de La Plata monseñor Antonio Plaza intentó también indagar sobre la excomunión de Perón cuando participó de las sesiones del Concilio Vaticano II en Roma.

Finalmente, a fines de 1962, Eijo Garay le entregó a Perón un documento que indicaba que si había incurrido en la excomunión latae sententiae, la Santa Sede se había dignado absolverlo de dicha censura.

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El 13 de febrero de 1963, el mismo obispo de Madrid, revestido con los ornamentos, le dio la absolución. En un relato posterior Eijo Garay indicó que " Perón, de rodillas, manifestó sus dolorosos sentimientos por los sucesos ocurridos; repitió su creencia de que no le había alcanzado a él la censura de referencia pero que tenía el temor de que pudiese haber incurrido en ella: expresó su agradecimiento sin límites a la Santa Sede por la gracia paternalmente concedida que le devolvía la deseada tranquilidad de conciencia y proclamó sus sentimientos cristianos" .

De este modo, Perón lograría la absolución del Vaticano y quedaría en paz con la Iglesia. Para lograrlo, había sido imprescindible su matrimonio secreto con Isabel.

Pero el secreto duraría poco: el periodista Armando Puente, de la agencia France Press de Madrid, revelaría pocas semanas más tarde los detalles de la boda, y lograría desquiciar al arzobispo de Madrid Eijo Garay, quien había realizado colosales esfuerzos para que el sacramento entre Perón e Isabel permaneciera en la nebulosa.

Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "La Guerra Invisible. El último secreto de Malvinas". Ed. Sudamericana
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