Angela Carter (Eastbourne, 1940 – Londres, 1992) fue mucho más que una escritora de género, mucho más que una escritora feminista, mucho más que una estudiosa diligente. En los diez relatos magistrales que conforman La cámara sangrienta (1979) se conjuga todo eso —la fantasía de los cuentos de hadas, la perspectiva de género, el conocimiento exhaustivo del folclore europeo—, pero, además, denotan una riqueza, un genio literario y una potencia estilística de un valor incalculable; más que suficiente para no encasillar a su autora en las siempre limitadoras etiquetas. Por estas páginas desfilan sus versiones de Caperucita Roja, La Bella y la Bestia, Drácula y El gato con botas, entre otros; unas versiones posmodernas que conservan, sin embargo, esa atmósfera asfixiante y oscura de los originales, los que recopilaron los Hermanos Grimm y Charles Perrault, antes de que se dulcificaran para no corromper a los niños. Las ilustraciones de Alejandra Acosta para esta edición captan a la perfección su poderosa (y macabra) imaginería.
Angela Carter
Quien más, quien menos, conoce los cuentos en los que se basan estas revisiones; no hace falta recordarlos, no hace falta desvelar más de la cuenta (de alguno, por cierto, se incluyen dos versiones, como La Bella y la Bestia). Sí conviene, no obstante, advertir que la experiencia no se parece a nada que se haya leído antes, porque esta autora es de las que marcan un antes y un después en la vida del lector, una voz personalísima y espléndida, que trasciende cualquier catalogación de género (por favor, que nadie deje de leerla «porque es de fantasía…»). Ante semejante excelencia, solo cabe preguntarse cómo es posible que no sea más reconocida por estas latitudes, cómo es posible que no tenga más público, cómo es posible que sus novelas (publicadas por Minotauro en los años noventa) estén descatalogadas. Al menos queda la esperanza de que Sexto Piso está trabajando para recuperarla en condiciones: además de La cámara sangrienta, acaba de publicar Quemar las naves, sus relatos completos. Ojalá no sea lo último.